Pendejadas que me dicen (4)

Nota aclaratoria: Véase la primera entrada de esta serie, y aún mejor: el tercer libro de mis Hojas susurrantes.


El idiota de Gerardo Tort (II)

Es una pena que, por cuestiones de privacidad, ya no sea posible ver los videos que había subido a YouTube. El caso es que, en uno de ellos, había puesto a mi primo Gerardo como campeón.

Dado que me quedé sin profesión y, por ende, sin un trabajo decentemente remunerado a raíz del martirio que me infligieron mis padres, cierta vez, hace muchos años, fui a ver a Gerardo a su oficina a ver si, de casualidad, podía haber chamba para mí.

Reléanse los puntos 2 y 3 en mi anterior entrada y veamos cómo el idiota de mi primo los ejemplifica perfectamente…

En ese video, ahora invisible para la mayoría de los visitantes a mi canal de YouTube, había dicho, en 2009, que Gerardo me había salido con un consejo auténticamente psicótico cuando me vio sin trabajo. ¡Me dijo que por qué no me iba a luchar en la guerrilla de Chiapas!

Gerardo, como muchos criollos mexicanos de su generación, está completamente loco.

Júzguenlo ustedes mis lectores: En mi video había dicho que un cardiólogo jamás le aconsejaría a uno de sus pacientes con, digamos, un soplo en el corazón… que se fuera a la guerrilla chiapaneca ¡como la solución de su problema! Eso jamás de los jamases ha sucedido en la profesión médica. ¿Por qué entonces sucede a diario cuando uno trae a colación los problemas familiares con amigos, parientes y cercanos? Precisamente porque, como no me canso de reiterar, la gente se vuelve loca con este tema como con ningún otro (una vez más: léase la entrada inicial de esta serie y aquel libro de mis Hojas).

Pero muy independientemente de la palabra escrita, en el video (ahora sólo accesible a un grupo selecto) se aprecia la víscera de mi alma. En el video me reí por la locura que, años antes, me había dicho Gerardo—quien, por cierto, ha sido productor de cine de varias películas y director de algunos episodios televisivos sobre el bicentenario de la independencia de México.

En pocas palabras, en el video le dije a mi primo (foto) que era un pendejo.







Nota:

Sobre mis diferencias ideológicas y políticas con Gerardo no debo hablar acá. Baste decir que el haber aceptado empleos sobre la propaganda seudohistórica con la que la Secretaría de Educación Pública le ha lavado el cerebro a varias generaciones de criollos, así como haber producido un documental de propio cuño idealizando a un guerrillero mexicano, ubica a mi primo como un perfecto Body-Snatched Pod por usar una metáfora cinematográfica precisamente. (Esa liga está en inglés. Quienes no sepan ese idioma pueden leer otro de mis blogs, Nacionalismo criollo.)

Publicado en on enero 27, 2012 at 2:49 pm  Dejar un comentario  

Pendejadas que me dicen (3)

Nota aclaratoria: Véase la primera entrada de esta serie, y aún mejor: el tercer libro de mis Hojas susurrantes.

El idiota de Gerardo Tort (I)

Si recordamos lo que dije en la entrada inicial de esta serie—:

(2) que los familiares, parientes, cercanos y lejanos no tienen categorías mentales para sospechar, y mucho menos entender, lo que sucede en estas familias; por lo que

(3) hieren constantemente a la víctima de esos padres a través de su ceguera y/o negación de lo ocurrido

—se entenderá perfectamente qué quiero decir al llamarle idiota a uno de mis primos.

*   *   *

Como siempre, escribo estas apostillas suponiendo que mis lectores han leído Hojas susurrantes.

Mi primer desencuentro con Gerardo ocurrió, si no me falla la memoria, en enero de 1978.

En el segundo libro de mis Hojas constaté que mi madre, aconsejada por un médico brujo, se consiguió una de esas drogas que se usaban en la antigua Unión Soviética para atormentar a los disidentes políticos, y que me las ponía secretamente en los desayunos sin que yo me diera por enterado.

Las consecuencias fueron desastrosas.

No voy a hablar aquí sobre los infiernos de la acatisia: el efecto de la maldita droga que mi demente madre me ponía aconsejada por un monstruo. A lo que voy es poner un ejemplo sobre cómo, en tanto que “los familiares, parientes, cercanos y lejanos no tienen categorías mentales para entender lo que sucede en estas familias”, cuando hacen o dicen algo sólo hieren a la víctima.

Eso fue exactamente lo que hizo Gerardo Tort cuando lo conocí.

Mis padres habían estado distanciados de la familia de mi tío Fernando Tort desde que nací hasta mi adolescencia en los años setenta. Pues bien, cuando después del deshielo mis padres invitaron a Fernando, su esposa e hijos a nuestra casa de la Narvarte en la Ciudad de México, yo me encontraba en pleno suplicio de acatisia.

La monstruosidad que mis padres me hacían de chico era, en cierto sentido, peor que la del disidente soviético: en tanto que yo nada sabía de las drogas de mi madre. Pues bien, en ese estado, sudando por la agonía de la acatisia, traté de comunicarle a Gerardo, a quien acababa de conocer, que padecía de una “ansia física” terrible. Cierto que, al igual que yo, Gerardo ignoraba la monstruosidad que me hacía mi madre y su médico-brujo. Sin embargo, esa ignorancia no justifica lo que, en tono de arrogancia, el muy idiota me dijo enfrente de todos. No recuerdo el inicio de su frase, que era un consejo sobre algo que supuestamente yo debía hacer, pero sí la segunda parte de su frase:

“[Si haces tal cosa] se te olvidarían tus calenturas”.

Imagínense ustedes, mis queridos lectores, cómo se habría sentido el disidente ruso en estado de tormento si uno de sus familiares le dijera, digamos, “Si volvieras a tus estudios, se te olvidarían tus calenturas”.

Eso, claro, habría sido una ofensa mortal para nuestro hipotético disidente político mientras era torturado por drogas que inducen acatisia: no sólo por ignorar que estaba siendo atormentado por un régimen totalitario, sino porque el consejo/regaño se ha dirigido así a la víctima, no al perpetrador.

Eso fue lo que me sucedió con Gerardo no sólo ese día que lo conocí, sino el resto de los años, e incluso décadas. Y sucedió incluso cuando le di a Gerardo, en forma de manuscrito, los primeros dos libros de mis Hojas

Mi iniciativa de llamarles idiotas in psychologicis a criaturas como Gerardo se justifica si, una vez más, tomamos en cuenta el tercer punto de esta serie. Los idiotas en cuestiones psicológicas “hieren constantemente a la víctima de esos padres a través de su ceguera y/o negación de lo ocurrido”.

En la siguiente entrada continuaré esta miniserie sobre Gerardo dentro de esta serie sobre las pendejadas que los neardentales me han dicho a lo largo de la vida.

Publicado en on enero 25, 2012 at 4:05 pm  Dejar un comentario  

Pendejadas que me dicen (2)

Nota aclaratoria: Véase la primera entrada de esta serie, y aún mejor: el tercer libro de mis Hojas susurrantes.


Una brevísima anécdota sobre mi tío Javier Tort. Habrá sido en los años ochenta cuando, en el trayecto de la Ciudad de México a Tehuacán, Puebla, viajaba con mi tío Javier y primo Fernando Tort en automóvil. El propósito de mi viaje era ver si el tío podía ayudarme ante la marginación económica total a la que el maltrato de mis padres me había orillado.

Cuando, tímidamente, comencé a hablar de lo que mis padres me habían hecho, tío Javier dijo con infinito cariño:

“Yo lo que recuerdo de tu mamá son puras lindezas…”

Hasta allí llegó mi intento de comunicación.

Es obvio que es imposible intentar comunicarse cuando, equivocadamente pero de manera absoluta, los parientes suponen que el trato que X familiar les proporcionó de chicos es idéntico al trato que le proporcionan a sus hijos.

Publicado en on enero 24, 2012 at 7:21 pm  Dejar un comentario  

Pendejadas que me dicen (1)

El mensaje de Hojas susurrantes es que:

(1) Hay padres que atormentan a uno de sus hijos a niveles que exceden, con mucho, el sufrimiento de, digamos, los reos adultos en un campo de concentración nazi.

Pero eso no es lo que destruye la mente. Lo que destruye la mente es

(2) que los familiares, parientes, cercanos y lejanos no tienen categorías mentales para sospechar, y mucho menos entender, lo que sucede en estas familias; por lo que

(3) hieren constantemente a la víctima de esos padres a través de su ceguera y/o negación de lo ocurrido.

Ahora bien, y esto es lo que justifica esta nueva serie de entradas en Hojas eliminadas, las constantes heridas infligidas por todos los cercanos a la víctima de vapuleo en el hogar es lo que impide el proceso de sanación.

Todo eso me pasó a mí a lo largo no sólo de los años, sino de las décadas; así que sé de qué hablo.

Cierto que nadie compra mi libro, y que casi nadie lee este blog. Pero aún así, en esta soledad absoluta (confiéranse mis previas entradas) puedo acumular más anécdotas en línea a lo que escribí en la segunda parte de La india chingada, el tercer libro de Hojas susurrantes. Allí hablo de cómo nadie quiso escucharme a lo largo de veintidós años de mi vida: desde que mis padres me atormentaban en casa a mis dieciséis y diecisiete años hasta mis treinta y siete, cuando una amiga leyó el primer libro de mis Hojas y se compadeció.

Sobra decir que, sin haber leído mis Hojas susurrantes, estas apostillas a mis Hojas, que comenzaré a reunir a partir de mañana, no se entenderían adecuadamente.

Publicado en on enero 23, 2012 at 7:19 pm  Dejar un comentario  

Zweig, la antítesis del idiota

En este blog he dicho, por ejemplo en la serie “El último idiota”, que la sicoterapia es un fraude; que así como la prostituta jamás nos dará genuino amor, un terapeuta jamás nos dará amistad genuina.

Pero mi obra es más positiva que negativa, en cuanto que abre las puertas del alma como ningún terapeuta puede hacerlo.

En esta entrada quisiera citar algunas frases de mi vieja copia de La confusión de los sentimientos de Stefan Zweig (México, DF: Editorial Época, 1979). El caso es que es más fuerte, más importante, la confesión autobiográfica que la literatura, incluyendo el teatro, la novela, y la poesía.

Zweig parece haber iniciado su vocación de biógrafo profundo precisamente a partir de una tamaña confesión autobiográfica: la antítesis a lo que en la vida real sucede en las terapias, en tanto que aquí no había dinero de por medio, sino una genuina amistad entre maestro y pupilo.

La confusión de los sentimientos es un gran libro, quizá el mejor libro de Zweig, y ratifica mi misión de que el género de la autobiografía total debe nacer como un nuevo género literario, como lo intenté en Hojas susurrantes.

Zweig escribió:

Y de ese modo, yo que dediqué una vida entera a describir a los hombres de acuerdo a sus obras, y a objetivar la estructura intelectual de su universo, comprobé, precisamente por mi propio ejemplo, hasta qué punto permanece impenetrable en cada destino el núcleo verdadero del ser. (pág. 11)

No estaba doctoralmente sentado en una distante cátedra, sino sobre una de las mesas, con la pierna colgando ligeramente, casi como un estudiante… Breves minutos se necesitaron para que yo mismo, olvidando ya el carácter de intrusión de mi presencia, sintiese obrar magnéticamente la fascinadora dureza de su discurso; me acerqué un poco más, a pesar mío, a fin de ver, además de oír las palabras, los gestos notablemente rotundos y amplios de las manos… al gesto moderador de un director de orquesta. Y la arenga se iba haciendo siempre más ardiente…

Nunca, hasta ese momento, había oído a un ser humano hablar con tanto entusiasmo y de un modo tan realmente cautivador; asistía por vez primera a eso que los romanos llamaban raptus, es decir, al vuelo de un espíritu por encima de sí mismo…

Nunca había visto yo semejante cosa, un discurso que era todo éxtasis, una exposición apasionada como un fenómeno elemental… Me sentía arrastrado por el raudal del discurso, por su chorro, sin saber siquiera cuál era el origen del mismo… Con un amplio movimiento describía esa hora extraordinaria de Inglaterra, ese único segundo de éxtasis, tales como surgen de improviso en la vida de cada pueblo como en la de cada individuo. (págs. 32-34)

Mi curiosidad [por Shakespeare] había sido inflamada hasta la pasión por el discurso del profesor, y leí la obra del poeta inglés como nunca lo hiciera antes… Empecé a hojear esos folletos, con la ardiente esperanza de volver a oír en ellos la voz embriagadora y su impetuoso ritmo. (págs. 47 & 53)

Y, abandonado su encorvada postura de hombre al acecho, se lanzó en el discurso, como en raudal… hacía estallar el tabique que cubría su verdadero ser. (pág. 56)

Quien no es apasionado, se convierte en un pedagogo. Es siempre por el interior que es preciso ir hacia las cosas, siempre, partiendo de la pasión… Pasé las dos semanas siguientes en una apasionada furia de leer y aprender. Apenas si salía de mi cuarto… Formaba yo mi tesoro, como un avaro, con cada una de sus palabras y con cada uno de sus gestos… Aprendí más cosas sobre la esencia del arte que hasta ese momento en diecinueve años. (págs. 60 & 61 & 63 & 64)

Lo que sobre todo me aterraba, era el absoluto aislamiento del profesor. Ese hombre franco, de una naturaleza completamente expansiva, no tenía amigos; únicamente sus alumnos constituían su sociedad y consuelo… Con frecuencia permanecía días enteros sin salir de su casa. Acumulaba todo en sí mismo, silenciosamente, sin confiarse a los hombres ni al papel. Y también entonces comprendí el carácter eruptivo, el fanático chorro de sus discursos en medio de los estudiantes: era su ser que se confiaba de pronto, después de días y días de sujeción. (págs. 76-77)

La forma de vida de mi maestro—sombría, totalmente replegada sobre sí mismo… Él, que era el entusiasmo mismo… Me asaltaba la pena de que todo lo que así me daba la palabra fugitiva de ese hombre de labios torrenciales, se perdiese para todo el mundo. Porque ese hombre singular extraía todos sus pensamientos de la musicalidad del sentimiento: necesitaba siempre un cebo para poner en movimiento sus ideas… Su voz, que al principio se deslizaba como un murmullo, teniendo músculos y ligamentos sonoros, se convertía en un avión de brillante metal, que ascendía en los aires, siempre más libre y más alto. (págs. 79 & 86 & 91 & 94 & 98)

Cuarenta años hace de todo esto; y, sin embargo, todavía hoy, en medio de un discurso, cuando me siento arrastrado por el impulso de la palabra, advierto súbitamente que no soy yo mismo quien habla, sino otro, como si, para expresarse, utilizase mi boca. (pág. 100)

*   *   *

Desde la noche en que ese hombre al que yo reverenciaba entre todos, me abrió su destino, como se abre un recio caracol, desde esa noche todo lo que nuestros escritores y nuestros poetas nos refieren de extraordinario en sus libros, y lo que las obras teatrales ocultan entre bastidores, como si fuese demasiado trágico para la luz del proscenio, me parece infantil y sin importancia…

Existía una salvaje voluptuosidad en esa confesión, retenida durante años y años. Y en ese momento, yo, que era casi un niño todavía, vi, por vez primera, con trastornados ojos, las inconcebibles profanidades del sentimiento humano…

Un ser humano no podía hablar de esa manera más que una sola vez en su vida para callar luego para siempre, tal como se dice en la leyenda del cisne, que únicamente al morir puede, únicamente una vez, elevar hasta el canto la ronquera de su grito. (págs. 144 & 145 & 158s)

Publicado en on enero 21, 2012 at 8:53 pm  Dejar un comentario  

Por qué ya no subo entradas

Las primeras páginas del estudio de Stefan Zweig sobre Nietzsche en el ensayo psicobiográfico  La lucha contra el demón reflejan por qué ya no subo entradas a este blog:


La tragedia de Friedrich Nietzsche es un monodrama: el único actor en la corta escena de su vida es él mismo. En cada uno de los actos —rápidos como un alud— está Nietzsche como un luchador solitario bajo el tempestuo­so cielo de su destino; no tiene a nadie a su lado; nadie está enfrente de él; ninguna mujer, con su tierna presen­cia, suaviza esa tensión atmosférica.

Nietzsche habla, lucha y sufre siempre por su propia cuenta. No habla a nadie y nadie le habla a él. Y, lo que aún es más terrible: nadie lo escucha.

Uno después de otro, amigos y extraños se sienten intimidados por el heroico monólogo, asustados por las transformaciones cada vez más salvajes y por los éxtasis cada vez más ar­dientes del eterno solitario que fue Nietzsche, y por eso le abandonan, terriblemente solo, a su destino. Poco a poco, el solitario actor se va llenando de la inquietud de hablar siempre en el vacío; va alzando la voz, grita, gesti­cula, queriendo despertar así un eco o una voz contra­dictoria. Inventa una música para sus palabras: una mú­sica tempestuosa, embriagadora, dionisíaca, pero ya nadie lo escucha.

Nunca una plenitud de espíritu como la suya, ni una orgía semejante de los sentimientos, estuvieron rodeadas de un vacío tan enorme, de un silencio tan her­mético. Ni siquiera tuvo adversarios; así, la más podero­sa voluntad de pensar, «encerrada en sí misma y ente­rrándose a sí misma», se ve obligada a buscar dentro de su propio pecho, dentro de su alma trágica, la respuesta o la contradicción.

Publicado en on enero 15, 2012 at 6:09 pm  Dejar un comentario  

Dilema

Curiosamente, ahora que traduje al inglés algunas entradas de Hojas eliminadas (blog que también puedo llamar Hojas caídas) para Fallen Leaves, ¡más gente ha comentado allí en menos de un mes que en los años que he escrito aquí! La razón es simple: a pesar que el castellano es mi lengua materna, el mundo hispanohablante se encuentra mucho más dormido que el angloparlante.

El dilema en que me encuentro estriba en que es precisamente la autobiografía vindicativa el tema que más domino. No obstante, es otro de mis blogs, The West’s Darkest Hour, el que recibe la mayor cantidad de aplausos e incluso felicitaciones en Fallen Leaves por parte de la gente que conocí en blogs relacionados a los temas que toco en The West’s Darkest Hour.

¡Pero no soy experto en los temas raciales y nacionalistas que toco en The West’s Darkest Hour—lo soy en los temas de estas Hojas eliminadas!

Lo que más me molesta es que, en la versión de Hojas susurrantes que ahora está disponible a la venta, había prometido añadirle apostillas al libro a través de este blog. Pero ahora me percato que, psicológicamente hablando, es infinitamente más fácil escribir en el sitio que—como veo en mi página de estadísticas—es mucho más leído, frecuentado y a veces comentado.

Dicho de otra manera, es obvio que con el nuevo género literario que con Hojas susurrantes he querido inaugurar, me estoy adelantando a mi época. Así que, si en el futuro no cumplo a fondo mi promesa de añadirle montones de apostillas online a mi obra impresa (había tenido en mente muchas futuras entradas del tipo de esta o esta otra para Hojas eliminadas), es porque me encuentro ocupado en el foro donde, sin ser experto—oh ironía—, me encuentro recibiendo un eco mucho mayor.

Para angloparlantes

Esta semana inauguré un nuevo blog que se llama como éste, pero en inglés, Fallen leaves, donde estaré traduciendo las mejores entradas que aquí vaya escribiendo en español.

Publicado en on noviembre 5, 2011 at 3:35 pm  Dejar un comentario  

Apostilla al 5º libro



Hace poco me llegó la copia impresa de Hojas susurrantes (HS) que imprime la compañía norteamericana Lulu. Como el último de los cinco “libros” que componen HS era el menos releído por mí, tuve la satisfacción de leerme por vez primera no en cuartillas impresas en casa, sino en la primer copia de mi obra que ahora puede leerse en una impresión indistinguible del de las casas editoriales más renombradas.

Pues bien: esa lectura del quinto “libro”, o capítulo extenso, de mis HS—el cual había escrito en 2007 hace ya cuatro años—, me movió hace diez días a anotar un soliloquio para mi diario de puño y letra, parte del cual transcribo.

No obstante, debo decir que este diario será completamente incomprensible a aquellos que no hayan leído HS.

Palabra clave: psi.

20 octubre 2011

“Te mataré, Satanás…” (grité en un sueño contra mi metamorfoseado hermano, sueño explicado en mi libro). Estos días imaginaba eso contra Ger en la vida real por traidor, etc. Pero el quid de los quides es que precisamente esa necesidad vindicativa condujo al autodestructivo mecanismo de defensa (creer en psi y en la “Ley de la importunidad” de los escatólogos). Y esa creencia, la venganza a través de psi para el Omega, venía con la cola del temor a la condenación.

Era un paquete, y sólo la completa apostasía del cristianismo me salvaría, pero años después.

Al leer mi carta a Mónica [en el quinto libro] vi al joven que fui en lo que ayer y antier escribí en Counter-Currents discutiendo con Karsten sobre Nietzsche [en inglés, a partir de aquí]. Nietzsche fue casi idéntico al joven que fui conjuntamente con lo que dije sobre Modrow en mi libro.

No cabe duda que Bowlby tiene razón. Si la impronta con los padres se rompe, una catástrofe mayúscula deviene…

Como dije, no hay manera de entender lo que escribí en mi diario íntimo de no haber leído HS. Y no sólo me refiero a los soliloquios de arriba sino al temor a la condenación que padecí de 1985 a 1988, narrado en el libro.

Lo bueno de dejar de pensar en un tema algunos años y de golpe toparse, por cuestiones de revisión de sintaxis antes de mandárselo al editor, con una de las etapas más negras de la propia vida es que puede uno verla desde una perspectiva más despejada.

Sólo ahora lo veo todo claro. El mecanismo que a mis veintes elegí, vengarme del mundo que me crucificó a través de la “liberación de psi”, estaba íntimamente ligado a la secta Escatología, la cual (y aquí está el detalle) se encuentra íntimamente ligada a seguir creyendo los introyectos parentales sobre los milagros atribuidos a Jesús.

Toda la etapa en que creí ciegamente en la parasicología fue una etapa de seudoapostasía del cristianismo de mi padre, aunque de eso no me daría cuenta sino hasta leer, en 1997, la crítica de Nicholas Humphrey no sólo sobre la entidad llamada “psi”, sino sobre los supuestos milagros de Jesús —y cómo la fe en psi es causada por la fe en la realidad histórica de esos milagros en la gente que tuvo una educación cristiana, aunque aparentemente hayan “perdido la fe”.

Dicho de otra manera, si no me hubiera agarrado de la secta denominada Escatología, y luego de la parasicología y de la alegada “Ley de la importunidad” de los escatólogos para desarrollar esos alegados poderes, todo inspirado en los milagros de Jesús por supuesto, no habría jalado inadvertidamente la cola del mismo diablo dentro de mi ya lastimada mente. (Cuando viví en los Estados Unidos, la terrible etapa de 1985-87 también me recordaba el símbolo del escorpión precisamente porque, según mi madre, ese bicho iracundo a veces se pica a sí mismo.)

Fue un terrible mecanismo de “defensa”. Pero hasta ahora lo entiendo. Me empeñé con todo mi ser en destruir al mundo sin darme cuenta que ese empeño venía anexado al cristianismo de mi padre. A más empeño en liberar psi, más me traicionaría el inconsciente con temores de ese mismo cristianismo. Cierto que liberaría psi gracias a mi fe en los milagros neotestamentarios, interpretados ahora por los escatólogos sin necesidad de creer en la existencia de un Dios personal. No obstante, quería destruir con psi a ese mismo cristianismo debido al martirio teísta que me había infligido mi padre. Así, más obsesivo se volvía el temor a la condenación mientras más quería destruir la causa de mi desgracia, la religión paterna: la inspiración final de psi. Me encontraba en corto circuito psíquico, como el escorpión picándose a sí mismo en sus intentos de luchar en contra del Enemigo invisible enfrente de él…

No obstante, en vez de ahondar en el terrible tema, como ahondo en esa parte final de mis HS, aquí mejor contaré un sueño.

Cierta vez, durmiendo en la casa de Harte Avenue en San Rafael soñé que tenía al diablo a centímetros enfrente de mi. Parecía un hombre desollado, rojizo y me daba pavor. Parece que estaba acostado con él y entonces transformé mi pánico en ira y le grité: “¡Monstruo!” mientras le apretaba el pescuezo con mis dos manos para estrangularlo.

Entonces desperté porque ¡mis manos habían, en el mundo real, apretado fuertemente mis dos brazos a la altura de los bíceps! (donde las tenía mientras dormía). Interpreté que yo mismo era ese monstruo al que en el sueño quise matar.

Claro que desconocía la causa última de cómo fue que el temor al infierno cristiano se había apoderado de mí cuando vivía completamente solo en California. Además de lo que digo sobre mi padre en ese libro final de HS, mi martirio psíquico tuvo que ver con (1) la traición de mi familia y sociedad en años previos, (2) mi descarriada reacción ante tal traición, empeñarme en “liberar psi”, etc. (3) la ideología del desarrollo de los poderes mentales estaba, en última instancia, nutriéndose de introyectos parentales sobre Jesús. El martirio psíquico también tuvo que ver con (4) el temor a la retribución divina contra mí, el nuevo Prometeo: en tanto que esos poderes no estaban destinados a los mortales, y menos a alguien que con su panteísmo quería matar al “Dios” teísta (es decir: al dios de mi abusivo padre —a mi interiorizado Padre en última instancia).

Fue por ello por lo que sociedades de escépticos sobre “psi” como el CSICOP (pronunciado Psi-Cop, saicop en inglés) tanto me ayudaron para rematar mi apostasía; es decir, a socavar mi creencia en la realidad de psi. La puntilla, como dije, llegó en 1997 con el libro de Humphrey aunque ya desde 1995 había llegado a la conclusión de que los poderes paranormales probablemente no existían.

Así que hasta ahora entiendo la horripilante lucha esquizógena que en los Estados Unidos se desató en mi mente en mis veintes tardíos, resultado del maltrato de mi padre en México años antes. Es una pena que no pude salvar a ese joven con los conocimientos que ahora poseo.

Por otra parte, no acaba de sorprenderme lo laberíntica que es la propia mente, y cómo si uno se mete a fondo de sí mismo se llega al mismísimo infierno. (Aunque como dije, esta entrada será incomprensible a aquellos que no hayan leído el libro.)

Hoja caída

He aquí una nota aclaratoria que omití en mi último libro:

* * *

Ni una sola novela de algún escritor de mi lengua materna he leído ni leeré. Soy un arquitecto social, no un escritor. El único trabajo que haría con magnas energías sería tener un puesto en el gabinete de un estado mundial con un déspota ilustrado al mando: un Karellen como en la novela El fin de la infancia, del que hablaré en este libro.

Como eso no es posible, podría conformarme llevando esa u otra novela de Arthur Clarke a la pantalla grande.

Como ni siquiera eso es posible, escribo.

Originalmente tenía planeado que este quinto libro de mi serie fuera una larga epístola a mi padre. También quería, en un sexto volumen, recoger los hechos de mi soledad y celibato resultantes de cómo quedé emocionalmente después del trato que me propinaron en casa; y tenía en mente un séptimo libro crítico de mis hermanos por disociar la tragedia familiar, y aún un octavo desenmascarando a los charlatanes del alma: desde los fundadores de las grandes religiones hasta los creadores de sistemas filosóficos. En ese ambicioso esquema el presente habría sido el noveno, un culminante manifiesto de lo que pienso sobre mi especie. Incluso acaricié la idea de que este último libro, que resultó ser el quinto, incluyera todo eso; que fuera mucho más largo que mis previos cuatro.

Decidí quemar etapas. No más libros enteros para esta obra. En este libro final sólo hablaré de la parte medular de mi visión del mundo: la legitimidad de la raza humana. A fin de cuentas, si yo mismo ya no aguanto expandir más este pentateuco, menos lo querrán mis lectores.

Cierta ocasión me dijo papá que él se quedaba hasta con la octava sinfonía de Beethoven; que su novena desbarraba. Era un adolescente entonces y me quedé estupefacto. Como escribió Wagner en su autobiografía, yo creía que la novena de Ludwig van poseía “el secreto de los secretos”. Pero Wagner mismo desaprovechó sus enormes dotes de compositor de música pura en desbordantes tetralogías, y ahora creo que papá tenía razón. Aunque sigo manteniendo que el scherzo de la última sinfonía de Beethoven es magnífico si se escucha solo, en conjunto con los demás movimientos la intención de este compositor era “la grandilocuencia” (palabra que usó mi padre) que desbarra la obra maestra. Así que no tendré mis nueve libros bajo una sola cubierta. Demasiada pretensión creer que así sería leído alguien que, de antemano, se declara no un escritor sino un arquitecto social frustrado que ni siquiera pudo ser director de cine (una viñeta: como trasfondo de pantalla en la que escribo este libro contemplo las bellas imágenes que Eyvind Earle dibujó para La bella durmiente).

Tanto me repugna el mundo de las letras que sufro mucho al entrar a la inmensa mayoría de las librerías. Creo que gran parte del saber humano, aquello que no tiene que ver con las ciencias duras, son idioteces: y la prueba es el nivel de sufrimiento del mundo actual. Con la excepción de los excéntricos literatos ¿quién lee de cabo a rabo los gruesos volúmenes autobiográficos de Casanova o Proust? En sus últimos años Gore Vidal quiso alejarse de la escritura para acercarse al cine. Si hay algo que me agrada del séptimo arte son los recortes que se hacen por necesidad para que los espectadores no se muevan en la butaca: prueba de que la cinta ha rebasado los límites de cautivación. La analogía con la literatura y la filosofía, o la burla de ambas, serían admirables libritos como el Cándido de Voltaire: breve, compacto, contundente. Stefan Zweig escribió en sus memorias que le había sugerido a los editores que publicaran una serie completa de Homero hasta Balzac y Dostoievski abreviando todo lo superfluo en cada uno; y que nada gozaba más que meterle la tijera a sus propios manuscritos, aun cuando de uno de mil páginas sólo doscientas —lo esencial— sobrevivieran, dejando lo demás para el bote de la basura.

Hace cinco años de este día que escribo una pequeña editora mexicana aceptó mis primeros dos libros para publicarlos. Decliné y preferí enviar esos primitivos manuscritos a las grandes editoras, haciendo caso omiso del dicho “Más vale pájaro en mano…”

Cuando éstas me rechazaron me quedé, por años, sin editor; pero el revés me dio la oportunidad de madurar.

Por ejemplo, la versión original del segundo libro era un grueso tratado crítico de la siquiatría. Cuantitativamente había escrito cinco libros antisiquiátricos en uno solo porque nada sabía del potencial revolucionario de los descubrimientos de Alice Miller. Al percatarme de esta falta, y recordando la inmisericorde tijera de Zweig, eliminé cuatro quintas partes de ese libro, que relegué a una página web [la página que viene enlazada al margen de la derecha de este blog], quedándome con lo esencial para la imprenta.

Por si fuera poco, cuando aquella pequeña editora me aceptó a finales de 2002 nada sabía del modelo psicohistórico, central en mi actual visión del mundo, y menos de la más que preocupante islamización de Europa. En un excurso de mi libro anterior había criticado a Lloyd deMause, entre otras cosas por escamotear el abuso siquiátrico de niños y adolescentes. Originalmente, había planeado incluir al final de este libro una crítica a Alice Miller, en parte por la manera como trató a un par de sus admiradores. Es importante hacer la crítica para despejar dudas de que no he estado tomando a Miller como gurú. La prueba de ácido para discernir si uno está tomando a un pensador como espíritu tutelar, o como gurú, es la capacidad o incapacidad de criticarlo. No obstante, por las razones expuestas arriba he decidido compactar este último libro a lo estrictamente esencial, relegando a internet la crítica a Miller.

Desde 1984 había albergado la idea de una larga autobiografía. Una agonía de dos decenios me costó entender que es casi imposible trabajar sin quórum. Comparado con el escritor publicado, hasta el momento de escribir esta línea no he sido escritor: sólo un aspirante a escritor. Pocos artistas progresan en la soledad, y quienes lo hacen sufren tanto que a veces se matan como van Gogh. Arthur Clarke, quien murió mientras escribía este libro, manifestó que nada es más estimulante que el encuentro con mentes de intereses parecidos. Pero no hay nadie parecido a mí en la ciudad más grande del continente. Con veinte millones de humanos estoy como Diógenes y su lámpara a plena luz de mediodía. En términos de la afinidad más elemental, idear e implementar las más urgentes medidas de ingeniería social, mis conciudadanos no son entidades sino “nonentities”: como escribiría Clarke en otra de sus novelas que quisiera filmar, La ciudad y las estrellas.

Hace muchos años me imaginaba que, a fin de comunicar mi laberíntica mente, mi obra sería similar a las autobiografías que florecieron en el Romanticismo. Ahora sé que el objetivo de mis libros es más bien proveer un modelo teórico sobre el mal, así como detonar una bomba atómica emocional en la mente de unos cuantos de mis lectores: algo que mi más caro sueño es que desate una reacción en cadena que con el tiempo afecte al resto de la humanidad. Por eso he estado rompiendo la narrativa lineal, por más desaconsejable que sea desde un punto de vista novelesco o literario.

De hecho, en este libro habrá más cortes “cinematográficos” que en mis previos libros.

Publicado en on octubre 10, 2011 at 3:11 pm  Comentarios (1)  
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