Un sitio apenas visitado

Casi nadie visita este sitio, Hojas eliminadas. Es curioso, porque es en esta área—el daño psicológico que causan los padres abusivos en los hijos—donde más fuerte me siento comparado con mi sitio más visitado, uno en que escribo en inglés sobre cuestiones raciales.

La manera idónea de revivir este sitio sería que tuviera fans de los libros que aparecen en la barra lateral, y que estuvieran deseosos de discutir lo que ahí digo.

Pero no tengo fans. Y eso es una desgracia porque, después de la muerte de Alice Miller (véase lo que en inglés he dicho sobre ella), además de mí nadie ha recogido su antorcha para entrar hasta el fondo en el mundo cuya puerta ella abrió.

El tema del modelo del trauma de los trastornos mentales es fundamental (así como su corolario: la seudociencia llamada siquiatría que vuelve a victimizar a los niños maltratados en casa). Sería idóneo que la gente leyera al menos el primer libro de mi trilogía, Hojas susurrantes. Sólo después de ello se entendería la importancia de los otros dos libros de la trilogía, que también aparecen en la barra lateral.
 

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Posdata de un par de días después:

Me acabo de percatar que la imprenta Lulu, que publicaba mis libros, ha cancelado mi cuenta por incorrección política. Tendré que buscar otra imprenta. Por el momento, el interesado puede contactarme vía: cesartort@yahoo.com

En caso de urgencia podría imprimir uno de mis libros, mandarlo a encuadernar por un encuadernador tradicional, y mandárselo al interesado por correo registrado; aunque naturalmente eso saldría más caro que el costo que había acordado con las copias que me imprimía Lulu.

Published in: on 11 enero, 2022 at 4:43 pm  Deja un comentario  

Mis transformaciones

El presente artículo aparece en
versiones obsoletas de
El Grial:

 
Cuando, alarmado por el suicidio de Occidente comencé a escribir en internet, Brad Griffin, el administrador de la webzine Occidental Dissent que usa el seudónimo Hunter Wallace, inició su artículo “Los judíos y el nacionalismo blanco” con una frase refiriéndose a mí:

Surfeando la blogosfera, me topé con The west’s darkest hour, un blog de un lector de TOQ Online [The Occidental Quarterly] y entusiasta de Lawrence Auster que está preocupado sobre la presencia del antisemitismo en el movimiento del nacionalismo blanco. Al igual que Tanstaafl [seudónimo de un tal Paul en la blogosfera], parece que Chechar [mi antiguo seudónimo de internet, sacado de cómo me decía Cristóbal con cariño a sus seis años] aprendió sobre nosotros a través de sus nexos con el movimiento anti-yijad. En la previa entrada sobre el nacionalismo blanco, Chechar describe su odisea del liberalismo a espectador del marginal mundo racialista como un despertar de “Matrix”. Cada revelación es la cresta de un iceberg mucho más grande.

El siguiente año en que se publicó ese artículo eliminé el par de artículos a los que se refiere el autor porque allí yo hablaba cuando aún mantenía puntos de vista políticamente correctos sobre los judíos y el judaísmo. En este apartado quisiera confesar cómo fue que, después de una serie de revelaciones, comencé a ver un muro.

Mis Hojas son una suerte de duelo para enfrentar el dolor causado por la traición de mis padres y la sordera social sobre el tema. Lo que crucé desde mi adolescencia hasta mis veintes me permitió ver a través de las negaciones de la sociedad. Y fue precisamente el largo duelo y el consecuente ennoblecimiento de un alma arada (término de Vincent van Gogh) lo que me permitió, en 2010, ver la desnuda realidad sobre la cuestión judía. Quizá sólo aquellas almas que hayan sido aradas a través del sufrimiento podrían entender lo que quiero decir. Hemos visto que en “El alma y la alambrada de púas” de El Archipiélago Gulag, Solyenitsin escribió algunos clarividentes pasajes sobre cómo el alma humana que se pudre en confinamiento solitario encuentra salvación a través de una metamorfosis que le permite convertir su abismal dolor en sabiduría. Al igual que muchos niños y adolescentes maltratados, la alambrada de púas de las islas del Gulag volvió locos a muchos rusos. Solyenitsin se las ingenió para librar la psicosis a través de despertar su alma.

Desarrollar el alma interior a través de asimilar el pasado no es fácil, en lo absoluto. Pero cada vez que pienso en esas páginas del Gulag me veo a través de todos esos años de ermitaño al tratar de entender cómo fue posible que semejante tragedia cayera sobre mi familia. Sin embargo, lo que Solyenitsin llama el ascenso del alma es un tema enorme. ¿No fue Voltaire quien dijera que un hombre podía conocer el universo pero que necesitaría una eternidad para aprender algo sobre su alma? Así que apenas rozo el tema con mis letras.
 
Mis varias transformaciones

Huyendo de la Gran Canaria de Zapatero, el 11 de septiembre de 2009 imprimí y engargolé veinticinco artículos de The Occidental Quarterly que recogí gracias a internet. Uno de los primeros que comencé a leer al cruzar el Atlántico, “Los siete pilares del nacionalismo blanco” me impresionó: especialmente la postura del autor sobre cómo el “nacionalsocialismo podría salvarnos”. ¡Jamás había leído una apología al nazismo en una revista especializada! La postura del autor me pareció extrema; suspendí la lectura, y traté de dormir en el aeroplano. Los siguientes días, semanas y meses el asunto del nacionalismo blanco me pareció más que fascinante. A pesar de lo que en ese entonces percibí como una falla en el movimiento—su antisemitismo—, descubrí que la matriz en la que había estado previamente durmiendo era mucho más profunda y alienante de lo que había creído. Tan alienado de la realidad estaba que podría decirse que en los últimos decenios he estado despertando de una serie de diversas, aunque interconectadas, simulaciones o matrices en donde “cada revelación era la cresta de un iceberg mucho más grande”, como Griffin me parafraseó, hasta que alcancé un despertar auténtico.

En 1995, después de un largo proceso de digerir la literatura escéptica del CSICOP, abandoné mi vieja creencia en la psicocinesis. Desde mi tardía adolescencia y veintes me había perdido en Escatología. Ésta había sido mi idiota mecanismo de defensa en una noche oscura en que traté de sanar las heridas familiares a través del paranormalismo. A la par de dejar atrás esas creencias parasicológicas, en mis treintas los ensayos de Octavio Paz desenmascararon una buena parte de las ideologías de la izquierda hispanohablante. La crítica de Paz representó un refrescante despertar de los dogmas que me habían inculcado en el Colegio Madrid y en el medio intelectual. Esos despertares fueron transformaciones permitidas dentro de la matriz o simulación del Sistema en que habitaba mentalmente, así como mi siguiente despertar.

Estrechamente relacionado al maltrato infantil están las llamadas profesiones de salud mental que, en conflictos familiares, se ponen de parte de los padres y por lo tanto de los perpetradores en el hogar. No fue sino hasta mi curso sobre salud mental en 1998-1999 en la Open University de Manchester que descubrí importantes libros de los principales críticos de la siquiatría y el sicoanálisis. Desperté al hecho de que tales profesiones funcionan como una seudociencia política para imponer la voluntad de los abusivos padres, lo cual me movió a reescribir esos hallazgos en mi lengua nativa (el segundo libro de Hojas). Lo que precipitó ese despertar fue la bibliografía de las notas a pié de páginas de los libros de la Open University: libros fuera del currículo, aunque en Inglaterra los compré. Pero no fue sino hasta 2002 que descubrí a la psicóloga suiza Alice Miller, cuyo trabajo, a diferencia de los previos críticos de las profesiones de salud mental, es tabú en la academia. Sólo gracias a ella me percaté de que el saldo psíquico del maltrato parental es un tema prohibido en todas las sociedades (tema del tercer libro de mis Hojas).

En 2006 otro autor no académico me sorprendió. Lloyd deMause contestó mis preguntas por correo electrónico acerca del maltrato infantil en el Mundo Antiguo y me aconsejó que leyera un par de capítulos de una de sus obras. La lectura me causó una conmoción. El descubrimiento de la psicohistoria de deMause amplió la visión que previamente había aprendido en los trabajos de Miller. Después de asimilar la psicohistoria me encontré con una metaperspectiva que comprendía estudios de maltrato infantil desde las primeras civilizaciones hasta el hombre moderno (el tema del cuarto libro de Hojas). El campo unificado resultante de mi escrutinio en los adentros de mi alma gracias a Miller, y la investigación histórica elaborada por deMause, me hizo sentir que tenía un punto de vista sin paralelo para ver la tragedia de mi familia en particular y del Homo sapiens en general.

Estaba engañado, si consideramos que la psicología está ligada a la civilización en que vivimos; que la corrección política desde la Segunda Guerra Mundial ha sido una forma de censura, y que una auténtica libertad de prensa sólo inició con el advenimiento de una nueva imprenta de Gutenberg: el Internet. Así, una vez que descansé al terminar la revisión del quinto y último tomo de mis Hojas, a finales de septiembre de 2008 descubrí unos documentales sobre la islamización de Europa, y me enteré de que los prolíficos musulmanes podrían conquistar la civilización occidental hacia finales de siglo. Originalmente escéptico sobre esas afirmaciones, en Madrid compré el libro de Bruce Bawer Mientras Europa duerme (justo la noche en que tendría el “sueño en Madrid” recogido aquí). A finales de 2008 aún era liberal y sólo podía leer literatura de autores muy liberales. Dado que mis padres son católicos tradicionalistas, los conservadores habían sido anatema. Sólo después de que el homosexual Bawer me convenciera de que existía realmente un problema demográfico en Europa osé comprar otros libros: la trilogía sobre la islamización de Oriana Fallaci y la Guía políticamente incorrecta del islam de Robert Spencer. Spencer es un erudito crítico del Islam pero me llevó un tiempo digerir el material del blog anti-yihadí Gates of Vienna cuyos autores profundizan en el tema. La extensa lectura de estos autores conservadores no sólo despedazó mi previa visón liberal del mundo, sino que me arrastró a esa corriente del pensamiento. Me convenció de que aquellos preocupados sobre la islamización de Occidente estaban en lo correcto, y que sus detractores en grosero estado de negación. Ahora seguramente me encontraba maduro, me dije.

¡Era un polluelo que luchaba por resquebrajar el cascarón! Los nacionalistas blancos me enseñaron que, además de la islamización de Europa, existían temas absolutamente centrales que había que repensar. El ensayo de Michael O’Meara sobre la creación de un estado exclusivo para el hombre blanco, publicado en la webzine editada por Greg Johnson, representó un gran parteaguas en mi desarrollo intelectual. Cuando comencé a leer The Occidental Quarterly en el aeropuerto internacional ya sabía que un grupo de gente había acuñado un nuevo término en la previa década: el “nacionalismo blanco”. Es cierto que a finales de 2009 aún discrepaba con los nacionalistas sobre la cuestión judía. Haciendo a un lado esta diferencia, después de descubrir la existencia de este singular grupo que el sistema me había ocultado sentí que finalmente había roto el último de los cascarones tipo muñecas rusas y que, finalmente, podía escuchar: “¡Bienvenido al mundo real!”

Aún soñaba, pero el sueño mórfico ya no podía durar mucho. En febrero de 2010 me pegó un rayo que resquebrajó otro cascarón. Comprendí que me había equivocado rotundamente en la cuestión judía. Resultó que no era una pose alucinatoria, sino algo bastante real. Antes del 24 de febrero de 2010 solía intercambiar correspondencia amigable con un par de inteligentes judíos del movimiento anti-yijad. Sin pretenderlo, este par de judíos me ayudaron a despertar. Cierto que se enfurecieron cuando me cambié de bando, pero lo que me convenció de la verdad esencial del antisemitismo es que ninguno dijo nada racional después del reto que les planteé en mi blog: “Si para marzo alguno de quienes me han sugerido por correo electrónico que ignore a quienes critican a los judíos no refuta la aseveración de Avery Bullard (que los judíos nunca están sobrerrepresentados en movimientos que representen nuestros intereses, sólo en aquellos que nos debilitan), no tendré más opción que remover la cláusula ‘no antisemita’ antes de ‘nacionalismo blanco’ en la cabecera de mi blog”. Después del provocador reto, el par de intelectuales judíos no discutió civilmente. Larry Auster lo ignoró y el otro, Takuan Seiyo (cuyo nombre real jamás quiso confesar) se enfureció al ver mi ahora rasgada membrana del cascarón.

Pero la última prisión para la mente consistió en abandonar al tibio nacionalismo blanco de los americanos por algo infinitamente mejor: el nacionalsocialismo alemán, como cuento con detalle en mi blog en inglés.

 
Los que se quedaron atrás

Cualquiera que enfrente con honestidad mi enfoque de la psicohistoria expuesto en El retorno de Quetzalcóatl se encontrará en medio de un puente, entre dos territorios completamente distintos: el contenido de mis Hojas (llamémosle país M de Miller) y el contenido de The west’s darkest hour (llamémosle país N de los nacionalsocialistas). El cruce del puente colgante, de los hallazgos de Miller a cómo defender a Occidente ante una guerra etnocida, es vertiginoso. Pero precisamente mi cuarto libro le ayuda al aventurero a cruzar de un lado a otro manteniendo la vertical frente a los abismos a los lados del puente colgante. Todos los fans de Alice Miller están atrapados en el país M. Todos están contribuyendo, a través de su ignorancia sobre lo que ocurre en el mundo, a que el maltrato a la infancia crezca en el futuro de manera geométrica debido a la migración masiva de no caucásicos a Occidente y su tasa reproductiva. Todo aquél que quedó atrapado en el país M carece de perspectiva para ver los cambios políticos y demográficos que las elites traidoras están perpetrando. Mencionaré los nombres de los fans de Miller que se quedaron atrás.

Daniel Mackler. Apenas nos conocimos este neoyorquino, hijo de madre judía, y yo por internet a mediados de 2006 le llamé la atención sobre la psicohistoria. Después de que, en largas discusiones en su foro, no me contestara un hallazgo psicohistórico—que los no occidentales tratan peor a sus hijos que los occidentales—, en 2007 me mostré más áspero con él. Pero como Mackler jamás enfrentó este dato, en 2008 perdí toda paciencia y a finales de ese año comencé a denunciarlo. Cuando antes de eso le dije a Mackler que su ideología antinatalista habría de predicarse a quienes más maltratan a su progenie, y mencioné las tribus de Nueva Guinea, respondió que no podía predicar en esas tierras. Ténganse presente dos factores: en esos tiempos yo aún era filosemita, y originalmente fui cortés con Mackler. Sólo cuando me ignoró reiteradamente de que unos grupos humanos tratan mucho peor a su progenie, y ya tiempo después de mi despertar a la cuestión judía, lo vi como un típico enemigo semita de la raza aria: especialmente después de leer su reseña en contra de El archipiélago Gulag de Solyenitsin. Ahí Mackler mostró sus verdaderos colores: no le importa el genocidio de decenas de millones de rusos siempre y cuando se haga en nombre de la izquierda.

Dennis Rodie. Al holandés Rodie no lo aborrezco como a Mackler. Por una docena de años Rodie ha mantenido un sitio web cuyo título está inspirado en el mejor libro de Miller. Pero este holandés radicado en Suecia es uno de esos típicos europeos liberales que se sienten santos al fotografiarse al lado de negros, ignorando que los migrantes son los principales perpetradores de violaciones a las suecas nativas. Pero incluso eso palidece comparado con lo que llamo el pecado contra el espíritu santo de la vida: el mestizaje con estos simios que ya ha iniciado en los países nórdicos. Al igual que millones de europeos liberales, Rodie es un caso perdido. La religión inconsciente a la que tanto él como Mackler pertenecen no es, como alegan, proteger a la infancia sino el liberalismo antiblanco.

Bernard ha usado otro seudónimo en el blog de Rodie y en Wikipedia, “Bookish”. Hijo de una musulmana egipcia que lo maltrató de niño y de un inglés nativo, este tipo con doctorado en sicología se enojó conmigo desde que me mostré crítico hacia aquellos que se dicen protectores de la infancia cuando, en realidad, cojean. Obviamente, al correr sangre mora en sus venas, Bernard jamás podrá estar de acuerdo conmigo en que hay que expulsar a los millones de gente de color que han invadido el Reino Unido, donde vive, desde que el gobierno comenzó a importarlos.

Andreas Wirsén. Este joven sueco, originalmente el primer entusiasta de mis Hojas, se ofuscó desde que crucé del país M al país N. Ha sido incapaz de procesar en sus adentros por qué migré. ¿Y cómo se lo va a explicar si, al igual que los otros, no quiere sopesar el contenido de The west’s darkest hour? De alguien que me admiraba mucho por mi trabajo, como puede verse en el artículo de mi blog “Wirsén on Miller’s fans”, resultó alguien que actualmente me ignora.

José Luis Cano Gil. Después de años, Cano Gil no me ha dicho media palabra sobre mi puente Quetzalcóatl que, según él, leería. La última vez que me asomé a su blog nada se mencionaba de la invasión mora a su país, España. En otras palabras, para un protector de la infancia que haya hecho la transición del país M al país N, la prioridad es sacar del suelo europeo a los millones de migrantes que vienen con formas infinitamente más primitivas de puericultura que la nuestra. No se trata de educarlos sino de expulsarlos. Quien no promueva esta nueva expulsión de moros y judíos a la 1492 no ha migrado.

Jeff. Este sujeto vivía en California y mantenía unos blogs abiertos donde firmaba con el seudónimo de Becoming Other. Al momento de editar este pasaje su sitio ya es en privado. Jeff fue el último de los fans de Miller que me contactó por internet. Al igual que a mí, le sucedió algo espeluznante con su padre.

Cuando discutía con Mackler, al menos este judío hizo un intento tímido de replicarme ante mi novedosa información psicohistórica. Jeff ignoró todo lo que le decía sobre los hallazgos de deMause sin argumentar media palabra. Cierto que, con su radicalismo, Jeff es más valiente que los lectores de Miller mencionados arriba. Pero el tipo siempre estuvo demasiado encerrado en su tragedia personal al grado de sugerir, como lo hizo en el blog de Mackler, asesinar a los padres abusivos en un ajuste de cuentas. Compárese eso con lo que hago: idear escenarios de ingeniería social para corregir el problema en una Utopía. La última vez que entré al blog de Jeff, cuando aún era público, el tipo decía que quería aún menos índices de reproducción en Alemania. Si Jeff es blanco, semejante antinatalismo lo convertiría en alguien bastante peor que un Mackler. (Judíos como Mackler se sienten más seguros en una sociedad multirracial que en una sociedad predominantemente aria.)

Published in: on 29 octubre, 2020 at 8:14 am  Deja un comentario  

Aviso

Al momento de escribir, hay 173 entradas privadas en este sitio, lo que significa que sólo yo puedo verlas. Hay 153 entradas públicas, incluida la presente. Una porción del material de las entradas privadas lo recojo en mis libros que le siguen a Hojas susurrantes. Me refiero a ¿Me ayudarás? y a El grial.

Si tuviera alguien a quien legarle mi trabajo intelectual (mi biblioteca y tanto papel en mis archivos) le daría el password para las entradas privadas de este sitio.

Pero mucho me temo que a pesar de todo lo que ha visto en tanta década de su vida, el cuervo de los tres ojos no tiene a un Bran…

Published in: on 9 abril, 2020 at 9:35 pm  Deja un comentario  

Otra cita de Zweig

Hay una cita en Stendhal, traducido por Emilio Günther (Ediciones Nacionales y Extranjeras, 1935, página 63), que ha ejercido una enorme influencia en mi visión del mundo:

El natural reflejo del individuo no es su opinión propia, sino su adaptación a la opinión de la época… Se precisan cada vez energías especiales, un valor a toda prueba ¡y cuán pocos lo poseen! a fin de oponerse a una presión espiritual de millones de atmósferas, que significan energías magnas. En un individuo deben reunirse fuerzas muy raras y muy probadas para que pueda subsistir en su singularidad. Debe poseer un exacto conocimiento del mundo, un espíritu de visión clara y rápida, un soberano desprecio por toda manada o agrupación, una arrogante y descomunal desconsideración y ante todo coraje, tres veces coraje, coraje tan firmemente cimentado que lo secunde para su propio convencimiento.

Compré ese libro el 28 de septiembre de 2000. ¡Hace diecinueve años y parece que fue la semana anterior! Es uno de los libros más curiosos que poseo. Está encuadernado en una pasta dura del tipo de unas carpetas que se vendían en las papelerías cuando era niño.

Recuerdo muy bien que cuando fui al Centro a comprarlo, un padre de familia iba con su hija a la librería del viejo a querer obtener… ¡una copia del DSM siquiátrico! Me dije a mí mismo que con tan humilde librito, ya amarillo por las décadas, sabía más de psicología que la porquería que le enseñaban a esa escuincla.

Published in: on 17 julio, 2019 at 12:57 pm  Comments (1)  

Vuelta al público

Después de años de tener a este sitio como privado lo abro una vez más al público (aunque la mayor parte de su contenido, cual diarios íntimos, sigue siendo privado).

Un texto básico para entender este sitio es “La evolución de la infancia” (1974) de Lloyd deMause, el primer ensayo del libro cuya portada se ve a la izquierda. El PDF de la traducción del inglés al castellano de ese ensayo puede leerse: aquí.

Más importante para el hispanohablante que el libro académico de deMause, el fundador de la psicohistoria (libro que fue traducido por Alianza Universidad), es lo que digo en la barra lateral.

Published in: on 9 abril, 2019 at 12:03 am  Deja un comentario  

Historia de un títere

Storia di un Burattino (Historia de un títere), llamado luego Le Avventure di Pinocchio de Carlo Collodi, seudónimo de Carlo Lorenzini (Florencia 1826-1890) debe ser leído porque Pinocho, la película de Disney de 1940, es una traición del cuento original.

En una serie de 1882 y 1883 publicada en una revista italiana, Collodi, una criatura emblemática de la pedagogía negra, proyectó sus sentimientos hacia sus padres en los manipuladores personajes, Geppetto y Hada Azul. Al final de la historia en el capítulo XV, el gato y la zorra ahorcan a Pinocho frente a la mansión del Hada Azul y la maternal Hada no lo ayudó en absoluto. El títere de madera parafraseó a Jesús en la cruz según el evangelista Marcos:

“¡Oh papá!, ¡querido papá! ¡Si estuvieras aquí!”

Esas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida se quedó tieso como muerto.

El editor le pidió a Collodi que rescatara al muñeco en el siguiente número de la revista pero este final refleja la idea original del autor: el muñeco de palo era su alter ego.

De niño, Collodi había sido atormentado en una escuela jesuita. Nunca ajustó cuentas con los perpetradores sino que, supongo, se identificó con ellos porque Collodi odiaba a los niños. Ilustraba aburridos libros escolares de texto para ellos y siempre vivió con su madre, quien le inspiraría el personaje de la Hada Azul.

En Le Avventure di Pinocchio la historia se desarrolla en una villa en Collodi, donde Carlo había pasado su juventud. Los padres y el sistema escolar son idealizados a expensas del verdadero yo del niño, por lo que el cuento del muñeco de palo se convirtió en un gran éxito de ventas. Fue utilizado para manipular y socializar a los niños a principios de siglo XX.

Debido al problema del apego con el perpetrador (confiérase el cuarto capítulo de mis Hojas susurrantes), la humanidad ve las cosas en negativo fotográfico, y quizá el más espléndido paradigma de esta inversión sea precisamente la historia de Collodi. El personaje de Pinocho no es más que la transformación de los sentimientos puros de un niño al internalizar la locura adulta; por ejemplo, ir a escuelas donde se socializa al niño en el peor sentido de la palabra “socialización”. Pero antes de analizar el cuento de Collodi, recordemos lo que ya sabemos de quien, en contraste a la del cuento, fuera
 
Mi Hada Azul

Una lectora de un libro de Miller escribió: “Alice Miller ha expresado exacta, precisa y cabalmente mis conclusiones sobre mis experiencias de los últimos treinta años de reconstrucción personal después de una infancia devastadora. Dios: ¡qué alivio! Es bello ver cómo ella hace añicos lo que he encontrado que es el tabú más potente de la sociedad humana. Al hacerlo, me ha dado una poderosa validación personal; nunca imaginé qué tan poderosa”. Otros confesaron que la lectura había sido “una invasión espiritual”, y uno más escribe: “No es sorpresa que este libro no sea un importante bestseller y que no esté disponible en todos lados. El libro realmente se enfrenta al sistema”.

Yo añadiría que una nueva estirpe de seres humanos ha comenzado a despertar del problema del apego con el perpetrador que nos hace “sustituir la zona de control” (confiérase el mencionado texto: acá): el Leitmotiv de Pinocho. De este amanecer intrapsíquico ni siquiera se atrevieron a soñar los filósofos de la Ilustración. Permítaseme recoger unas frases más sobre las impresiones de los lectores de Miller: “Sentí como si mi mente hiciera contacto con algo escondido dentro de mí que siempre he sabido. Por primera vez en mi vida siento que no estoy sola”, escribió Bárbara Rogers. Y según otro reseñador: “La pregunta ahora es si este conocimiento alcanzará a suficientes personas en posiciones de poder”.

Miller sólo abrió una puerta en la que pocos, si es que alguno, han entrado a fondo. Por el momento quisiera sólo referirme a la puerta (en mis libros que aparecen en la barra lateral, entro a fondo). Estos son unos pasajes del libro de Miller El saber proscrito:

El paciente [el cliente de sesiones psicoterapéuticas] necesita estar rodeado de personas que se pongan sin reservas a favor del niño. Yo no encontraba en ninguna parte a esas personas, ni siquiera en los terapeutas primarios.

Quería saber lo que había sucedido en mi primera infancia, pero me faltaban los instrumentos necesarios. Con mis herramientas de sicoanalista no iba a ninguna parte.

Viendo cómo muchos terapeutas siguen negando la verdad acerca de los malos tratos en la infancia, no me cuesta nada imaginarme que ahí se halla una parte importante de la respuesta a mi pregunta.

Al principio casi no podía concebir que mis ideas fuesen correctas a pesar de ser yo la única que las sustentaba. Si todos estaban de acuerdo, pensaba, en que sólo se pueden superar los síntomas si se perdona a los padres, ¿cómo puedo estar segura de no engañarme? Al fin y al cabo todos los demás, en conjunto, tienen que poseer mucho más experiencia que yo. Sólo una cosa me dio la respuesta: los recuerdos, recientemente evocados, del terror destructivo de mi madre. Comprendí que ese acuerdo general entre todos los terapeutas no es fruto de sus experiencias, sino de su educación.

En las numerosas discusiones en grupo en las que abordé el tema, apenas si había terapeutas que pudieran desprenderse de la creencia de que para librarse de los síntomas hay que perdonar a los padres… No se daban cuenta que de tal manera ejercían una manipulación pedagógica, y ello para alcanzar un objetivo al servicio de la moral tradicional. Al aliarse con dicha moral, los terapeutas recogen la herencia de los educadores que siempre se ponen de lado de los adultos y en contra del niño.

El sustrato moral de esas terapias era la ineludible exigencia educativa de perdonar a los padres una vez pasados los accesos de ira temporalmente permitidos. Tuve noticia de una persona que, al final de una terapia semejante “se lo perdonó todo” por fin a su padre—un sádico—, y al cabo de dos años, sin motivo aparente, mató a un hombre que no tenía culpa de nada. Esa información confirmó mis suposiciones.

Como ya ha perdonado a sus padres durante la terapia, el sujeto no podrá dejar paso a sus nuevos sentimientos de ira, y correrá el riesgo de proyectarlos sobre otras personas. Dado que entiendo por terapia el descubrimiento sensorial, emocional y mental de la verdad reprimida en el pasado, veo en la exigencia moral de reconciliación con los padres un bloqueo y una paralización insoslayables del proceso terapéutico.

No obstante, la pedagogía negra es tan universal que, en las cartas dirigidas a Miller, se hallan a menudo consejos y regaños por lo que Miller dijo arriba:

“Eso sin duda fue un mal trago para usted, pero hace ya tanto tiempo. ¿No va siendo hora de olvidarlo?”

“El odio no le hace a usted ningún bien, le envenena la vida y prolonga su dependencia de sus padres. Hasta que no se reconcilie con sus padres, no se verá libre de ellos”.

“Intente ver también el lado positivo. ¿Verdad que sus padres a los que usted califica de malvados le pagaron sus estudios? ¿No le parece que usted es injusta?”

“No quiero forzarla a perdonar, pero no tendrá usted paz si sigue siendo tan intransigente, si no perdona”.

“Nadie se cura echándole la culpa a otros. No hay que olvidar que el niño también tiene una responsabilidad”.

“Los padres también son personas y pueden equivocarse”.

En su libro Miller les responde a esos llamados a la moral tradicional:

Todas estas afirmaciones tienen algo en común: son desorientadoras y falsas, pero pasan generalmente por verdaderas, pues las conocemos desde siempre.

El odio reprimido e inconsciente tiene efectos destructores, pero el odio vivido no es veneno, sino uno de los caminos por los que se sale de la trampa, del disimulo, la hipocresía o la franca destructividad. Y uno en verdad se cura cuando, libre de sentimientos de culpabilidad, deja de exonerar a los auténticos culpables; cuando uno se atreve a ver y sentir por fin lo que éstos hicieron.

Cuanto más claro veía que muchos de los actuales terapeutas se dedicaban a proteger el sistema educativo de sus padres a costa de los pacientes, mayor se volvía mi desconfianza hacia las terapias.

 
Las aventuras de Pinocho

“¡Oh papá!, ¡querido papá! ¡Si estuvieras aquí!” En la historia original, como decía, esas fueron las palabras finales del cuento antes de que el editor le pidiera al autor resucitar al muñeco. También es cierto que algunos han visto en estas palabras un símil con la manera como el Jesús del evangelio más antiguo termina, “¡Papá, papá!: ¿por qué me has abandonado?” Al igual que el editor de Collodi, los evangelistas Mateo, Lucas y Juan, que escribieron después de Marcos, modificaron la desolada tragedia en que Jesús muere para adaptarla al paladar de los fieles. En el cuento de Collodi, como en el evangelio de Marcos, “Esas fueron sus últimas palabras” —vale la pena volverlas a citar—. “Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida se quedó tieso como muerto”. Fin.

Aunque Miller no analizó el cuento de Collodi, los que comenzamos a entrar al mundo cuya puerta nos abrió vemos que el sistema escolar es idealizado a costa del niño. He aquí un pasaje del prefacio de la espléndida edición en fascículos de 1965 que mi padre nos leyó a mí y a mis hermanos cuando éramos niños:

El error o la superficialidad de muchas ediciones de Pinocho reside, principalmente, en el hecho de que concede a las ilustraciones una atención primordial, en orden a ciertos designios gráficos, pero sin una clara trabazón con el texto. En nuestra edición, por el contrario, los dibujos han sido realizados expresamente en Toscana, donde el autor imaginó su obra maestra.

A iniciativa de mi padre mandé a encuadernar los fascículos publicados por Editorial Codex en el taller de un encuadernador tradicional. Sólo así leí el libro, cuya copia encuadernada tiene a mi firma en su primera hoja en blanco con la fecha del 26 de julio de 2006. A continuación cito algunos pasajes que retratan por qué el cuento original de Pinocho es un perfecto caso de lo que la difunta Miller llamaba pedagogía negra. Usaré el encuadernado de los fascículos que aún existe en la biblioteca del hogar:

Geppetto era muy iracundo. [Capítulo II, pág. 9]

Ni siquiera ha aparecido Pinocho y el cuento revela la personalidad de su hacedor. Como muchas otras cosas, la imagen en la película de Disney de Geppetto como un viejito bonachón falsea el cuento de Collodi.

Pero precisamente el cuento de Collodi falsea la realidad, invirtiendo lo que sucede en el mundo real. Considérese por ejemplo el siguiente pasaje de pedagogía negra, en el sentido de proyecciones del adulto en el niño inseguro de sí mismo, representado por el muñeco de palo que aspira a convertirse en niño de carne y hueso. Cualquiera que haya leído el artículo de deMause enlazado en la entrada arriba de ésta, sabrá que son los padres los que, a lo largo de los milenios, han abusado de sus hijos y no vice versa, como se narra en el nacimiento de Pinocho:

Ante aquel garbo insolente y burlón, Geppetto se quedó tan triste y melancólico como nunca había estado. Y volviéndose a Pinocho, le dijo:

—¡Bribón de hijo! ¡Todavía estás a medio hacer y ya empiezas a faltarle el respeto a tu padre! ¡Mal, hijo mío, muy mal!

Y se enjugó una lágrima. [Capítulo III, pág. 19]

Cuando ya lo había terminado de hacer y Pinocho se escapó a la calle, continúa el cuento…

—¡Pobre muñeco!—decían algunos—. Tiene razón en no querer volver a casa. ¡Quién sabe cómo le va a pegar el bruto de Geppetto!

—¡Ese Geppetto parece una buena persona! ¡Pero es un verdadero tirano con los niños! [Capítulo III, pág. 22]

Aunque a renglón seguido de ese pasaje Collodi pone a Geppetto como la víctima, y a Pinocho como un malandrín que despreció a su querido padre, vale decir que, en la vida real, los niños que han huido a la calle lo hacen a causa de maltratos espantosos de sus padres. Como yo he tenido trato con estos niños, tengo la impresión que, detrás de cada niño de la calle—incluso los que no he entrevistado—hay horrendas historias de vapuleo familiar. Es muy ilustrativo que Collodi invierta la realidad en un cuento destinado a subyugar la voluntad del niño ante la del omnipotente adulto. Pero esa es precisamente la razón por la que su cuento se convirtió en bestseller en un mundo dominado por padres que querían educar a sus hijos.

He dicho que en la historia de Pinocho el niño socializado sacrifica su cordura en pos de recibir el beneplácito de sus padres. Veamos. El encabezado del capítulo IV reza: “La historia de Pinocho con el grillo parlante, donde se ve que los niños malos se enfadan cuando los corrige quien sabe más que ellos”. He aquí un pasaje ejemplar:

—¡Ay de los niños que se rebelan contra sus padres! [Capítulo IV, página 24]

El pasaje presupone que los padres (quienes les pegan, o atormentan emocionalmente y en algunas familias hasta los violan) siempre tienen la razón y siempre son benignos en el trato con sus hijos. Esto es justo lo opuesto que vimos en mi primera cita del cuento, que mostraban la parte oscura de Geppetto, a veces notada por los vecinos que lo conocían. El maltrato en el hogar es secundado por el maltrato en la escuela, por lo que Pinocho le dice al grillo:

—Pienso irme de aquí, porque si me quedo me pasará lo que a todos los demás niños: me enviarán al colegio. [Ibídem]

A lo que la voz del sistema adultista, simbolizada por el grillo que quiere inculcar una conciencia falsa, responde:

—Ya que no quieres ir al colegio, ¿por qué no aprendes, al menos, un oficio? [Ibídem]

Eso es un gran insulto, en tanto que no es un consejo que los adultos suelan dirigir con genuina empatía a los chicos. El año en que escribí estos pasajes sobre Pinocho escuché a mi hermano decirle a su hijo en tono iracundo que, si mi sobrino no quería estudiar en una escuela convencional, debía entonces buscar oficio; digamos, de cerillo en el supermercado (algo similar a lo que el grillo le propuso al muñeco). El consejo de mi hermano no fue dirigido al hijo en forma empática: fue un acto de agresión psicológica, en tanto que nadie en su sano juicio quiere ser un cerillo.

Volviendo a mi vida, si mis padres hubieran tenido empatía con el cineasta en potencia que fui de chico, me habrían apoyado para emigrar y, en vez de gastar en la escuela, mandarme esos escasos fondos para acompletar mis gastos en las cercanías de Hollywood. Como sabemos, eso no pudo ser. A propósito, a la película de Disney ni siquiera hay que verla. En el cuento original de Collodi el consejo del grillo fue tan insultante que Pinocho agarró un martillo del taller de Geppetto y se lo arrojó al maldito insecto, quien “se quedó en ese sitio, tieso y aplastado contra la pared”.

Los cuentos de hadas frecuentemente son parábolas de cómo los padres maltratan a sus hijos. En el más reciente ejemplo, las novelas Harry Potter, los padres abusivos han sido desplazados en los tíos a fin de no tocar las figuras parentales. Rara vez, como en el cuento Pulgarcito de Perrault, se dice a las claras que los padres abandonan a sus hijos en el bosque. Pero sigue habiendo desplazamientos en los cuentos de hadas del siglo XXI. En Inteligencia artificial se pone a un niño-robot abandonado en el bosque a fin de no decir que niños de carne y hueso eran, en otras épocas, víctimas de abandono por los padres.

En el relato original de Collodi el muñeco habla de Geppetto como si éste fuera su papá.

Entonces, llorando y desesperándose, decía:

—El grillo-parlante tenía razón. He hecho muy mal en rebelarme contra mi papá… [Capítulo V, pág. 27]

El soliloquio de Pinocho no sólo traiciona lo que había hecho antes: aplastar al maldito grillo por sus consejos de pedagogía negra. Ahora, debido a la “sustitución del sitio de control”, el niño se echa la culpa.

Después, Pinocho se carboniza los pies accidentalmente porque había salido a la fría intemperie lluviosa y los puso en un brasero lleno de ascuas. El narrador omnisciente de Collodi asevera que Geppetto era su papá:

El pobre Pinocho, aún con los ojos cargados de sueño, no se había dado cuenta de que tenía los pies quemados. Así que, en cuanto oyó la voz de su padre… [Capítulo VII, pág. 32]

Y aún así, con los pies quemados del niño de madera minusválido, el autor se las arregla para ponerlo como malo o egoísta; y a su padre como bueno y desinteresado:

—Estas tres peras eran para mi comida, pero te las doy con mucho gusto.

—Si quieres que las coma, hacedme el favor de mondarlas. [Capítulo VII, pág. 34]

Geppetto castigó al muñeco sin pies.

Mi encuadernado contiene 200 páginas de 23 x 30 cm y las ilustraciones son realmente envidiables por lo que dijo el editor en la cita de arriba (la traducción al castellano se hizo de la edición original de Fratelli Fabbri Editori en Milán, Italia, en 1965). La ilustración de Pinocho ahorcado la saqué precisamente de mi versión en castellano, publicada en Madrid, y debajo de esta entrada recojo otras noventa y dos ilustraciones. Parecería un poco loco que dijera que no quiero citar más de la obra de Collodi para no destriparla, pero aquel que la relea con ojos millerianos es como si la leyera por primera vez.

En la página 39 de mi encuadernado aparece una ilustración que cubre toda la página, mostrando al pobre de Geppetto en mangas de camisa porque, en pleno invierno, había vendido su vieja casaca de fustán llena de remiendos a fin de comprarle a su protegido un abecedario para la escuela. “Sólo los padres son capaces de ciertos sacrificios!…” dice Pinocho en la página 41 en una ilustración que lo pone en camino al colegio.

Aunque no contaré la trama, en la página 60 el muñeco tiene otro soliloquio: “…nosotros los niños somos muy desgraciados. Todos nos gritan, todos nos advierten, todos nos dan consejos”. Después de que Collodi lo hizo resucitar a instancias del editor, en la página 79 dicen los animales doctores, incluyendo el grillo también resucitado, que cuidan del convaleciente: “¡Este muñeco es un hijo desobediente, que hará estallar el corazón de su pobre padre!”

En la página 95 aparece un chimpancé-juez que siempre me ha recordado lo que dicen los llamados profesionales de salud mental cuando les contamos nuestras penosas historias con nuestros padres: “A este pobre diablo le han robado cuatro monedas de oro; así es que apresadlo y llevadlo en seguida a la cárcel”. Se refería el chimpancé-juez a la zorra y al gato que no sólo le habían robado, sino ahorcado y dejado por muerto en la página 73, de donde saqué la ilustración de arriba.

Cuando en la página 96 Pinocho quedó libre de nuevo, se dijo a sí mismo: “Pero de ahora en adelante, me propongo cambiar de vida y convertirme en un muchacho bueno y obediente”. Y en la siguiente página: “¿Acaso hay muchacho más ingrato y con menos corazón que yo?”

Cuando llegamos a la página 101 el muñeco pierde otra vez su libertad. “Si hubiera sido un muchacho bueno, como hay muchos… no estaría aquí a estas horas, en medio del campo, haciendo de perro guardián”. Seis páginas más adelante dice llorando sobre una lápida de mármol: “Por qué, en tu lugar, no he muerto yo, que soy tan malo, y no tú, que eras tan buena?” Más tarde en el cuento Collodi hace que esta Hada vuelva a la vida y el autor traiciona su original metáfora en tanto que, en vez de hermanita de cabellos azules, resulta que más bien es su mamá. Pero tal “traición” denota de maravilla lo que había dicho: que los cuentos de hadas desplazan y transfieren la figura parental a otros. En la página 115, ya con Pinocho sabiendo que Geppetto se había echo a la mar para buscarlo, se dice en otro soliloquio: “Es el padre más bueno del mundo, y yo, el hijo más malo que pueda existir”. Es absolutamente fundamental tener presente la clase de Colin Ross que enlacé arriba para entender lo que Ross llama “la sustitución del sitio de control” al hablar de las mujeres que se autolesionan con navajas (así como estas palabras de Pinocho).

Cuando ya en la página 124 se revela al Hada crecida en mujer, ésta le dice: “Tú me obedecerás siempre y harás lo que yo diga”, mandato que involucraba que fuera el siguiente día a un colegio donde el muñeco sufriría un terrible bulling.

Cuando diez páginas más adelante el muñeco, vestido de rosa, se ve involucrado en un accidente con uno de sus compañeritos de escuela—accidente del que Pinocho es inocente—, el muñeco dice otra de sus frases que me recuerda que, después de la espiral de maltrato amplificante a la que me sometieron mis padres a partir de mis dieciséis años: “Y por eso, desde que estoy en el mundo, no he tenido nunca un cuarto de hora tranquilo”.

Quizá muchos de los conocedores del cuento saben que, ya más adelantada la historia (en el capítulo 30), al autor pone a la escuela como algo ineludible que todo niño debe cruzar a fin de no convertirse en burro. Pero la verdad es que toda la gente que conozco son burros en tanto que la escuela los socializó para que no se enteraran de los sucesos reales y más importantes de la vida (lo que compilé en el libro The fair race por ejemplo).

El cuento de Collodi invierte la realidad tanto en la dinámica con los padres como en la escuela. Ya en la página 169 Pinocho se dice: “¡Oh, si hubiera tenido una pizca de corazón, no habría abandonado nunca a mi buena Hada, que me quería como una madre, y que tanto había hecho por mí! Y, a estas horas, ya no sería un muñeco, sino un chico como todos los demás!” Como hemos dicho, en la historia humana no han sido los niños quienes abandonan a sus padres sino éstos a sus hijos. Once páginas después, cuando el comprador quiso ahogar al burro en el mar y lo único que hizo fue quitarle el cuerpo de burro, le pregunta a Pinocho:

—¿Y quién es el Hada?

—Es mi mamá. Y se parece a todas las buenas mamás, que quieren lo mejor para sus hijos y nunca los pierden de vista, y los asisten amorosamente en cada desgracia, aun cuando los niños, por sus barrabasadas o por su mal comportamiento, merecieran que los abandonasen…

En las páginas finales, después de rescatar a su papá Geppetto de la panza del monstruo marino, Pinocho ayuda amorosamente a un Geppetto debilitado y a una Hada Azul convaleciente.

En aquel momento el sueño terminó… Se había transformado en un muchacho como los demás.

En la siguiente página termina la historia.

Invito a los visitantes de este sitio a familiarizarse con mis libros de la barra lateral a fin de derrumbar el tabú más potente de la raza humana, por usar las palabras de Bárbara Rogers citadas arriba.

Published in: on 9 abril, 2019 at 12:02 am  Deja un comentario  

Pinocho, 1

Published in: on 8 abril, 2019 at 10:52 pm  Deja un comentario  

Pinocho, 2

Published in: on 8 abril, 2019 at 10:50 pm  Deja un comentario  

Pinocho, 3

Published in: on 8 abril, 2019 at 10:39 pm  Deja un comentario  

Pinocho, 4

Published in: on 8 abril, 2019 at 10:37 pm  Deja un comentario