Ofendido por conocidos casuales

Se me podrá hacer la observación que mi primo, de quien también me alejaría, no me comentó nada sobre mis manuscritos porque, como pariente, no quiso comprometerse. Pero ha habido otros cineastas que nada tienen que ver con la familia y que se portaron peor cuando toqué el tema de lo que me sucedió de chico.
En 2003 iba a unas tertulias de cineastas, todas personas mayores que yo, que se han reunido los domingos a mediodía en el café de la Cineteca en la Ciudad de México. Uno de esos domingos Elsié Méndez, Fernando Gou y su esposa me ofendieron de tal forma que no me volví a parar en esas tertulias a las que no había faltado desde que los conocí. A Elsié le enfurecieron mis sentimientos de indignación ante los malos tratos a menores: se sintió amenazada. Pero reírse del propio sufrimiento que se padeció en la pubertad, lo que ella suele hacer en las tertulias, es una forma de eludir el dolor y de hacer el duelo entre muros. Como ha dicho Miller, esa fue la tontería que hizo Frank McCourt en Las cenizas de Ángela: un libro que aún antes de que descubriera a Miller me irritó. En su autobiografía McCourt jamás alzó la voz en contra de sus padres o la cultura que lo atormentó. Más bien, y al igual que Elsié, se ríe de su pasado: y precisamente por reírse ante la tragedia de su niñez fue aplaudido en un mundo impregnado de pedagogía negra. Confieso que lo que más me irritó de Las cenizas de Ángela cuando salió a la venta fueron las reseñas que leí cuando vivía en Houston: elogiaban que el autor no esgrimiera juicios de valor.
A diferencia de lo que cree la gente, reírse de los extremos malos tratos parentales no cura la lesión interna que el maltrato ocasionó. Lo diametralmente opuesto es curativo: llorar. También es curativo el estentóreo enojo ante los agresores con el que me solía expresar en la tertulia. Miller ha dicho que si Sylvia Plath hubiera escrito agresivas cartas a su abusiva madre —recuérdese mi Carta— no habría tenido que suicidarse. Yo perdí años de mi vida por no enjuiciar a mis padres y a su sociedad, como ahora lo hago. Antes de encontrar a una testigo conocedor que me guiara en el territorio prohibido del odio sano, el complejo de culpa me impedía salir adelante en la vida. Eras enteras tardé en denunciar la crueldad de mis progenitores. Pero en nuestro mundo es muy común que no sea la crueldad hacia los hijos lo que causa enojo, sino la denuncia de esa crueldad.
Por ejemplo, al ver mi enojo ante mis padres tanto Elsié como el señor Fernando se abalanzaron sobre mí para proteger a sus padres de su enojo inconsciente. Como todo perteneciente a Alcohólicos Anónimos, el señor Fernando ha eludido confrontar a fondo la figura del padre. En Neuróticos Anónimos, al que veinte años antes asistí una sola vez, presencié cómo la víctima se desahoga públicamente en asociaciones libres. No objeto esa catarsis, pero ambos grupos omiten por completo lo elemental: luchar para legislar la prohibición de la violencia doméstica hacia el niño que, ya crecido, se refugia en la bebida o en mecanismos neuróticos de defensa para mitigar su dolor. Parte de esta pedagogía negra, entendida como “educar” a la víctima en vez de ingeniería social, puede ilustrarse con la pregunta que me hizo Rocío, la esposa de Fernando, sobre mis padres:
“¿Y ya los perdonaste?”
Esta mujer, a quien su padre le rompió la nariz, invirtió la realidad con su pregunta. Al igual que Semprún páginas atrás, lo vio todo al revés: lo blanco lo vio negro y lo negro blanco. Su negativo fotográfico tiene que ver con los falsos sentimientos de culpa que nos impiden poner al padre criminal en el banquillo de los acusados. Quien no está bajo el influjo de la pedagogía negra y ve la realidad en positivo hace la pregunta natural, y la dirige al agresor, no a su víctima: ¿Ya le pediste perdón a tu hijo?
La sociedad no sólo ignora que el perdón unilateral es imposible; no sólo no penaliza los malos tratos parentales sino que, viendo la realidad revés, vuelve sus armas en contra de la víctima que se queja del progenitor irredento. Ya podemos imaginar qué efecto tendría preguntarle a un ruso sobreviviente del Gulag si ya perdonó a los verdugos voluntarios de Stalin mientras éstos siguen creyendo que obraron bien.
Si los cineastas de la tertulia reflexionaran sobre las películas que comentan los domingos se percatarían de lo absurdo de esta postura. Pensemos en el documental S-21: la machine de mort Khmère Rouge de Rithy Pahn, exhibida en la Cineteca misma. En este estremecedor testimonio un sobreviviente del genocidio de los años setenta en Camboya le dice a la cámara que, aunque algunos incautos hablan de perdón y olvido, no es posible hacerlo mientras los verdugos de dos millones de camboyanos civiles, incluidos niños pequeños, no solamente no están arrepentidos: ¡ni siquiera reconocen que cometieron un error! Lo mismo puede decirse de los padres irredentos que no han cobrado conciencia que dañaron al hijo. Es tan artificial, fingido e ilusorio el perdón unilateral que, en tiempos en que discutí en la Cineteca, la señora Rocío no visitaba a su padre, quien moría de cáncer. Pero eso sí: ella y sus amigos me exigen el perdón unilateral. El “¿Ya los perdonaste?” implica tácitamente que Rocío había perdonado unilateralmente a su padre, algo que en la vida real no hizo. Comentando la acalorada discusión de aquel domingo, Pancho Sánchez, el autor de varios libros de cine que preside esas tertulias, me dijo a solas que eran hipócritas aquellos que dicen no guardar resentimientos hacia su agresor.
Ese imposible perdón que demanda al unísono una sociedad ciega y sorda en cuestiones psicológicas es uno de los rasgos principales en pedagogía negra, y será un tema al que tendré que volver posteriormente.
Ahora creo que precisamente por no haber tenido resentimientos activos con mamá, por haberla “perdonado” a lo largo de mi niñez, maltraté a Elvira.
Actualmente, que manifiesto abiertamente mis resentimientos hacia mis padres —como en la tertulia—, soy incapaz de desquitarme con otros. Si en la escuela me hubieran dado una lección sobre lo réprobo de la conducta de una madre absorbente, habría hecho contacto con mis sentimientos y no habría querido volcarlos sobre una inocente. Pero la escuela, la sociedad, incluyendo mis parientes cultos, se encarga de que esos sentimientos jamás salgan a la superficie. Pero están ahí, en el núcleo psíquico y eventualmente estallan, ya sea contra el agresor en forma de epístola acusatoria, un odio directo y sano, o contra objetos sustitutorios: un odio desplazado e insano.
Debo aclarar que en una reunión con otros cineastas en la Cineteca mi testimonio fue muy bien recibido, e incluso una señora me alentó a “sacarlo todo” como la mejor de las terapias. Fue solamente en la mesa en que se juntaron algunos individuos que habían sido maltratados en sus infancias cuando se presentaron las resistencias. Al igual que mi hermana Corina, hicieron eso para evitar sentir su propio dolor.
La única manera de transmitir la intensidad de las emociones que se manejaron en la discusión de aquel día es citar mi diario íntimo; aunque tenga que corregir la sintaxis y reescribir algunos pasajes, además de omitir algunos insultos (no todos). Lo que escribí en mi diario es un paradigma de las resistencias del mundo ante la revolución en psicología que preconizamos unas cuantas personas encabezadas por Miller.
26 de octubre, 2003
Hoy me atacaron los dañados. Algunas de las cosas que escuché fueron más que increíbles: “Tienes que culparte a ti mismo de todo lo que te pasa; de otra manera no tienes poder sobre tu vida”. Elsié cree que tiene un poder que no tiene. Y Fernando igual.
Cuando salí con mis argumentos favoritos para rebatirlos, argumentos idóneos para cinéfilos —La decisión de Sofía, película que todos vieron; la niña violada por su padre— sucedió lo increíble: culparon a las víctimas. Elsié comentó: “Ya se está pensando cómo fue posible que fueran como corderos al matadero”. Es decir: no hay culpables. Respecto a Sofía, desmintieron mi tesis de que lo único que podía hacer fue lo que hizo: suicidarse. De la niña dijeron que perfectamente podía rehacer su vida ya adulta. En otras palabras: no hay gente destruida.
Fernando fue más agresivo. Cuando dije que sólo quienes llegan al núcleo del dolor se arrancan la daga del corazón y que los de Alcohólicos Anónimos eran epidérmicos contestó que yo era un “soberbio”, y que en Alcohólicos Anónimos se trataba de “reducir el ego” en sentido de no ver la propia pena sino la de otros. Esto es justo lo opuesto a mi autobiografía, que, si bien veo cosas como el Gulag, la perspectiva es mi propia vida. La manera como Fernando habló del ego fue como decir que hay que olvidar para perdonar.
Pancho, el único que no fue víctima de vapuleo en su pubertad, no me atacó. ¿Razón? No tiene un mecanismo idiota de defensa que, sin pretenderlo, haya tocado yo con mis observaciones. Ahora los tendré que dejar de ver pues veo que con ese bloqueo mental no podría prosperar una genuina amistad. Tendría que ir sólo para escuchar y callarme cuando culpen a las víctimas, algo que no estoy dispuesto a hacer. Lo curioso de todo el asunto es que sin quererlo los provoqué para que Rocío y Elsié hablaran de las historias más horrendas de maltrato parental en sus vidas. Hasta Fernando contó que, cuando le dijo a su papá que quería estudiar oratoria, le respondió: “¡Tú tartamudo no sirves para eso!”
Los tres, dañados. Fernando, recuerda, fue alcohólico por muchos años. Le encabronó sobremanera que dijera que había encontrado la daga en mi corazón —los interiorizados padres— y la forma de arrancarla, y que dudaba que los de Alcohólicos Anónimos, los analistas y los siquiatras pudieran arrancarla (“soberbia”). La que más me sorprendió fue Elsié, pues en otra ocasión había comprendido la represión de Fernando sobre su dolor y hoy se cambió de bando. Cuando mencioné el caso de Sor Juana ¡todos salieron con que ella, no el arzobispo y Miranda, fue la vencedora! Les hablé de la autoinmolación de Juana y dijeron que el mundo la recuerda a ella. Es tan imbécil este razonamiento que no vale la pena refutarlo.
Octavio Paz escribió un libro sobre cómo el arzobispo y el confesor acorralaron a Juana de Asbaje.
El verdadero pandemonio de la reacción del status quo se destapó hoy con mis atacantes. En un soliloquio que acabo de echar en la calle me percaté que el odio hacia la víctima —recuerda al doctor Amara, a los siquiatras y al asesino serial del que habla Miller— se debe a que no pueden soportar el dolor de haber sido ellos mismos víctimas. Al no querer ver su total desamparo salen con “Ya lo superé”, “Hay que perdonar”, “Hay que olvidar”, etcétera. Lo peor es cuando repiten los clichés sociales, los más nefandos de todos, como aquel que el atorado en la vida no ha querido salir de su posición victimista. Los traté de refutar con el caso de la secta Escatología en la que estuve y el ajedrez: que sólo cuando no tenía conciencia del rol que jugaron mis padres me atoraba y extraviaba en la vida. Eso hizo enojar a Fernando, quien me dijo cosas que me hirieron, y Elsié y Rocío lo secundaban.
Pero he aquí su historia…
A Elsié la casaron siendo casi una niña, y su abusivo padre le dijo: “Sólo un consejo: dile siempre que sí a tu esposo”. Ya casada lloraba y lloraba y no sabía por qué. Tuvo dos matrimonios horrendos en los que le pegaban. Repitió los patrones de mujer vapuleada con sus maridos, no podía cortarlos: algo la tenía enganchada del culo. A Rocío su padre le rompió la nariz a los veinte años porque osó confrontarlo con un “¿Por qué?” cuando su padre le dijo “No volverás a hablar con ese muchacho” (Fernando). Al llegar su papá a casa todos sus hermanos se zurraban de miedo. Siempre les daba palizas inmerecidas.
Podría seguir con sus confesiones públicas pero lo esencial se entiende: contaron historias de horror y no pueden ver a otra víctima que ahora quiere hacer una carrera literaria sobre el tema. Es doloroso para ellas y para Fernando, quien, aunque no contó grandes cosas por circunspección masculina, se nota que lo molió su padre.
Lo curioso es que tanto Rocío (¿ya los perdonaste?) como Elsié (crédula del sicoanálisis) como Fernando (crédulo de Alcohólicos Anónimos) tienen como mecanismo de defensa la pendejada new age de que uno es “el árbitro de su propio destino”. Todo tiene que ver con no enfrentar el dolor: especialmente el dolor que la impotencia en la infancia fue total: lo opuesto a las mentiras del new age.
¡Ah! Se me había olvidado decir que Elsié salió con una pendejada similar a la de Arnaldo Vidal sobre su hermano Juan Carlos, quien me dijo que “se le hizo muy cómodo ser un enfermo”. Elsié me dijo que David Helfgott quiso quedarse como un niño.
Juan Carlos Vidal, conocido de mi familia y nieto del famoso Victor Serge, se trastornó por la conducta de sus padres. Helfgott quedó perturbado por idénticas causas. Los cineastas conocían muy bien este último caso por la película Shine.
Por eso Elsié y Fernando se enganchan con filosofías culpa-víctimas como el sicoanálisis y AA: es su mecanismo de defensa creer que tuvieron más poder del que en realidad tuvieron. Recuerda, César, cómo me sacó de onda hace veinte años en Neuróticos Anónimos el que éstos hablaran del “egoísmo”, y que por ese “egoísmo” los pobres diablos que iban ahí estaban mal. Quien presidía ese lugar se culpó a él mismo y al resto del grupo de su estado emocional.
Nunca imaginé cuando salí en la mañana que este sería el último día que voy a la tertulia de la Cineteca. La manera como Elsié y Fernando hablaron hoy fue repetir los eslóganes sociales de que “el pensamiento negativo”, el mío supuestamente, daña; y los lentes rosas curan. Y por cierto, dos hermanas de Rocío no se casaron y no ven a su padre.
Otra cosa. Tanto Elsié como Rocío tuvieron testigos: sus propias hermanas. Pero ellas juzgan condenatoriamente a quienes no los tuvieron: a César, a Helfgott, a Sor Juana… Además, no quieren ver que hay una diferencia sideral entre el dolor de una mujer como la de la película La decisión de Sofía —puse este ejemplo muchas veces— y otros dolores. Fernando se encabronó y dijo que no se pueden comparar los dolores. Ni él ni Elsié saben que hay un límite de resiliencia en el dolor humano. Si se traspasa ese límite, la mente se quiebra.
En la sección sobre Shine de mi anterior libro hablé sobre esto último: argumento que saqué a colación en una de las tertulias anteriores pero que el señor Fernando ignoró.
Sus desvaríos —decir que Sor Juana salió triunfante; culpar a Helfgott, y negar que sólo el suicidio podía detonar la montaña de dolor de una Sofía— son prueba fehaciente de que mis argumentos fueron demoledores. Tuvieron que salir con verdaderas locuras cuando los puse a la defensiva.
Otra cosa. Si alguien llega traumado a Alcohólicos Anónimos, lo peor que pueden decirle es que tiene que “bajarle al ego”. Su daño está en el ego, no en un ego inflado como cree Fernando, sino en un ego herido. El clímax del quebranto psicótico de ayer fueron las palabras de Elsié: “Hay que culpabilizarse a uno mismo” de todo lo que nos sucede a fin de “tener control sobre la vida”.
Las doctrinas del new age son tan absurdas que nos llevarían incluso a culpar a los pasajeros víctimas de un avionazo. Está tan de sobra gastar tinta en rebatirlas que mejor continúo con mi diario:
Otro quebranto: cuando les puse el ejemplo de Auschwitz Rocío saltó alegando que los presos en campos de concentración tenían control de alguna manera, queriendo decir que los que sobrevivieron fueron los buenos, los aplicados. Son este tipo de quiebres psicóticos ante mis argumentos lo que hace que no esté justificado volver a sentarme en su mesa.
Pero eso sí: los pasaré a la historia…
28 de octubre
He estado pensando más sobre lo del domingo y descubrí un par de cosas.
Tanto Fernando como Elsié están en sectas. Lo ignoraba, por lo que no me percaté que al decir que la terapia de Alcohólicos Anónimos era “epidérmica” iba a causar el enojo y la cólera de los sectarios. Asimismo, cuando hablé del dolor de Sofía me salieron con que “el dolor puede ser un acicate para la vida”. ¡Cómo si fuera lo mismo un dolor cualquiera y el de Sofía!, a quien le hicieron escoger, enfrente de sus hijos, cuál de ellos se iba a las cámaras de gas: la fatídica “decisión de Sofía”.
Como dije, lo que más le molesta a este trío es la impotencia ante el mal y la voluntad criminal del Otro. A fin de no sentir su dolor (“culpabilizarse a uno mismo”, “reducir el ego”, “perdonar”, “el dolor puede ser un acicate para la vida”) me insultaron. Elsié, me duele decirlo porque en su momento me hirió, me dijo que la autocompasión era lo peor, y que uno tenía que salir de esa postura victimista. Me sentí muy mal cuando, siguiendo esa línea, estos idiotas culparon a los presos de los campos de concentración. Lo sentí como una ofensa personal. Y por cierto, el celo bilioso de Fernando al hablar del “Poder Superior”, entidad que les inculcan en Alcohólicos Anónimos, fue muy similar al celo del papá de antaño hablando de Dios. Es claro que es el celo de un sectario.
No están de más unas cuantas palabras sobre los grupos de autoayuda en general y de Alcohólicos Anónimos (AA) en particular. En pocas palabras, no basta con que haya gente dispuesta a escuchar nuestros problemas, incluso a nuestros más recónditos demonios como se hace en ese tipo de grupos. La víctima de malos tratos debe contar con una testigo conocedor: alguien que no salga con mecanismos idiotas de defensa ante la tragedia.
Ahora bien, la diferencia entre el oído de un testigo conocedor y el que puede proporcionarnos un público simple como el de Alcohólicos Anónimos es abismal. Conozco a un sujeto que estuvo en AA y del que me tuve que alejar porque, aunque superó su alcoholismo, desplaza una ira recóndita sobre los amigos. Asimismo, hay gente de AA que transfiere su alcoholismo a bulimias, o se vuelven adictos al juego, porque sus daños psíquicos jamás fueron abordados: se les llama “alcohólicos secos”. El sujeto seco del que me distancié, por ejemplo, una vez que superó su alcoholismo se refugió en el ajedrez. Nunca procesó su dolor. Divorciado y con dos pequeñas hijas viviendo con la madre, al igual que yo a mis once años este hombre maduro desplaza su encono sobre terceros. El alcohol es bálsamo para un dolor que la mente es incapaz de procesar. Alcohólicos Anónimos lo habrá salvado de ese falso bálsamo, pero no de su dolor.
El señor Fernando se enojó mucho cuando dije que la terapia de AA era epidérmica. Pero eso es exactamente lo que son este tipo de terapias. Sólo la iluminación que proviene de una testigo conocedor, a la par de escribir sobre nuestras vidas, puede resultar en una auténtica sanación psicológica.
La clave de las claves, César, es que no se puede discutir con gente que culpa a las víctimas de los campos de concentración. Ejercer tal violencia a la realidad oculta una aversión infinita al hecho de que hay Mal en el mundo y que no tenemos control sobre los malos actos de otros.
Pero voy a dejar a esta gente en paz. Ya llevo dieciocho páginas. Es muy triste que no pueda hacer amigos en un mundo como éste…
El desencuentro en la Cineteca me hirió de forma tal que me prometí que esa sería la última vez que me portaría de manera cordial con quienes, en el futuro, me ofendan con pedagogías negras. Durante la discusión de 2003 aún era reticente. No les respondí a los cineastas de manera tan vehemente como, a solas, lo hice en mi diario sino que respeté las convenciones sociales. Pero respetarlas deja al ofendido con un irresistible deseo de venganza, como veremos en las próximas páginas.