Página 231 de Hojas susurrantes



Nota para este blog:

Abajo, el índice a La india chingada; esto es, la página 231 del libro III de Hojas susurrantes. Nótese que la primera parte, “Mi infancia”, consiste de un largo capítulo (páginas 237 a 299); la segunda, “Por qué agredí a Elvira”, de muy breves capítulos, tanto así que sólo un tercio del libro III se recoge en este blog: los capítulos que abajo aparecen en negrillas. El resto de las dos terceras partes del libro III sólo está disponible en la versión impresa de Hojas susurrantes.





ÍNDICE AL LIBRO III

“Era un día de campo…”……….233


Mi infancia……….237

“En este largo capítulo…”……….237

Ermita y San Lorenzo……….238

Palenque #210……….299


Por qué agredí a Elvira……….331

“Sobre el podrido jergón…”……….333

Los sueños de mis dieciocho……….337

Confesión en el Führerbunker……….343

Herido por mis seres queridos……….349

“Gente normal”……….355

Ofendido por conocidos casuales……….356

Una supuesta “gran amiga”……….364

La opinión de los sicólogos……….370

Un analista de rostro humano……….376

Szasz, MacLaine y Breggin……….382

Laing y la antisiquiatría……….390

Los patéticos sobrevivientes……….395

Ciega y sorda sociedad……….398

Vuelta a la familia……….403

Por qué agredí a Elvira……….405

La india chingada……….410

Epílogo……….412

 

(Puede seguir leyendo abajo de esta entrada si no desea darle clic a las entradas enlazadas en negrillas café arriba—enlaces que conducen exactamente a las entradas de abajo)

Published in: on febrero 5, 2012 at 4:55 pm  Dejar un comentario  

Páginas 349-354 de Hojas susurrantes


Herido por mis seres queridos

En el momento más difícil de mi vida, mis diecisiete años, huí a la casa de San Lorenzo con mi abuelita. Pocos días después hubo una reunión en su casa. Además de abue Mecho también estaba mi abuela Yoya; recuerdo a tía Esperanza y también a tía Elsa; ambas cuñadas de mi padre, y creo que también estaba mi tía Mercedes. Tal como lo cuento en la Carta, en ese tiempo mi carácter estaba sumamente cohibido por lo que me habían hecho mis padres. Pero a pesar de mi inhibición me armé de valor y lancé sobre la mesa un comentario que tenía por objeto revelar la tragedia en el hogar. En esos tiempos acababan de estrenar Atrapado sin salida en México (película que en España titularon Alguien voló sobre el nido del cuco) y me proyecté en el chico tartamudo que se suicida al final. Mi madre, aún a distancia, seguía acosándome: ahora a través del infame doctor Amara. En el filme se menciona que el chico tenía una madre posesiva. Me proyecté porque, así como en la película la enfermera era aliada de la madre, Amara era un aliado de la mía. Así, en la cena con mis tías comentando la película, en un momento de inusual valentía le dije a mi abuela Yoya:

—¡Es que hay madres así con sus hijos!

Quise decir que hay madres que destruyen así sus hijos. Aunque no recuerdo mis palabras exactas lo dije no sólo con gran emoción, sino con inmensa angustia. Cuando escribo estos párrafos tengo que levantarme de mi escritorio a dar vueltas en el sencillo estudio en el que vivo. La memoria me toca fibras tan dolorosas, que calan tan hondo en mi ser, que necesito un pequeño consuelo peripatético antes de sentarme de nuevo a escribir. La Yoya captó perfectamente lo que quería decir, y lo que estoy por contar es lo que me duele.

He aquí a un menor de edad que, por razones misteriosas para sus tías y abuelas, huye del hogar para refugiarse con la abuelita. Este chico se encuentra patentemente angustiado, cohibido y en gran estrés al hablar. Hace un esfuerzo hercúleo y, usando una película, trata de hablar del propio drama.

En vez de que su angustioso comentario marcara el inicio de una gran comunicación con su familia, la Yoya, quien ha dicho que yo era su nieto favorito, inmediatamente se vuelve hacia tía Esperanza con las palabras:

—¿Pero verdad que Blanquita y otras mamás no son así?

La Yoya repitió la pregunta (“¡Ah no, claro!” respondió Esperanza) y mencionó el nombre de mi madre en la segunda o tercera repetición. Mi abuela usó originalmente a mi ausente tía Blanquita para eludir mencionar directamente a mi madre; y quiso decir que si esas cosas suceden en otras familias, jamás en la nuestra.

El dolor del que hablo tiene que ver con el hecho de que son estas sorderas axiomáticas, esta incredulidad de raíz, esta antiempatía hacia un chico en extremo angustiado que desesperadamente necesita un oído amigo, lo que destruye una vida.

Decía que la comparación de la infancia de Hitler con la de Chéjov era desatinada. Quien ha sido víctima de sus padres sufre un pánico que socava su estado emocional cuando nadie muestra la menor compasión, es decir, cuando carece de testigo auxiliador. Al igual que Hitler de chico, no tuve a una sola persona que me consolara cuando estaba siendo agredido por mis padres. Al contrario: la familia e incluso mis amigos de la escuela pusieron resistencias increíbles. Algo similar quise transmitir en “Re-victimación siquiátrica y pánico demoledor del yo interno” de mi libro anterior, y también en “Cómo asesinar el alma de tu hijo”: página que le dio el título a mi anterior libro. Ambas secciones tratan de la sordera del analista quien, contra mi voluntad, tenía que ver de adolescente: un sujeto que me atormentaba en su consulta negando que yo había sido maltratado.

Para quien no ha sido víctima de vapuleo parental es imposible imaginar cómo el universo se cae; cómo el cielo se rompe y las estrellas colapsan cuando el chico no tiene absolutamente a nadie que quiera escuchar su historia.

Si de adolescente era un milagro que me animara a denunciar a mis padres, a mis veintes logré hacerlo con mayor frecuencia. En la década de los ochenta mis agonías adolescentes estaban distantes. Habían pasado años y me encontraba mucho más robusto emocionalmente. Así que hice una crítica a mi madre en diversas conversaciones.

Al escuchar mis críticas, Madrina, a quien había soñado de muy pequeño en aquel primoroso sueño en que bailando se me acercaba feliz, alzó la palma de su mano en señal de ¡detente! Ya bien entrado en mis veintes su falta de empatía no me causó el terrible pánico que había sufrido de chico con el sicoanalista. Pero me hirió de forma tal que le dejé de hablar un buen tiempo: algo que ningún pariente se había atrevido a hacer. Madrina, la hermana más cercana a mi abuela Yoya, fue una figura respetada en la familia porque al quedarse soltera fungió como consejera de los parientes. Pero al igual que el analista sordo, la consejera familiar resultó incapaz de escuchar cualquier acusación hacia los padres, a pesar de que en una ocasión me comentara “¡Si vieras lo que me vienen a contar aquí!”

En otra ocasión, y también en la década de los ochenta, mi tío Beto hizo algo similar. Él era quien nos había rentado la casa de Ermita, el lugar de mis primeras memorias, y con quien Elvira misma había trabajado después de su estancia en Palenque. Cuando tío Beto oyó mi crítica a mi madre alzó los ojos hacia el techo en señal de que había cruzado la línea a territorio prohibido. A pesar de que tío Beto, el hermano menor de Madrina y de la Yoya, no entró en discusión sobre algo tan importante para mí, no me enojé ni dejé de hablarle. No mucho después moriría. Pero el mensaje tácito de mis tíos abuelos, abuela y analista fue el mismo: no estaban dispuestos a escuchar algo que tocara a los padres.

Podría creerse que sólo esa generación de gente no estaba preparada para este tipo de revelaciones. Tampoco lo está la mía. Ni siquiera mi hermano menor me permitió comunicarle mis puntos de vista.

En 1998, ya sin inhibición alguna y con una capacidad intelectual plenamente desarrollada, en un restaurante le cité a Paulo unos pasajes de un tratado de Silvano Arieti. El tratado mostraba cómo la paranoia se debía a la madre acosadora de sus jóvenes clientas, y esos pasajes retrataban sorprendentemente los delirios de una de nuestras hermanas. En un gesto que sentí grosero mi hermano cerró el libro de Arieti que tenía en la mesa en medio de nosotros. Esa abortada discusión marcó el inicio de un distanciamiento total y absoluto con mi hermano.

Paulo, el quinto de mis hermanos, a sus treinta años no quería saber nada del lado oscuro de nuestros padres porque no fue masacrado de chico. Pero lo increíble es que también he sido herido por mis maltratadas hermanas cuando he querido comunicar mis hallazgos. Como Genoveva me sigue en edad —la fotografía en que ella y yo nos abrazamos de niños es un tesoro en mi corazón— es a quien siento más cercana. Pero al introyectar la visión paranoide de nuestra madre sobre mí desde su adolescencia, fenómeno que Theodore Lidz alguna vez llamara folie en famille, Genoveva se distanció de su hermano mayor: algo que me ha dolido en lo más hondo. Las únicas veces en la vida que solicité hablar con ella sobre la familia, se negó. Y cuando le puse el manuscrito de mi Carta sobre su cama a los pocos días me lo regresó sin haberlo leído: gesto que, como el de Paulo, naturalmente me ofendió.

De mi familia Genoveva ha sido la única que se ha alejado de mí por voluntad propia debido a la cizaña que sembró nuestra madre (“…y a ti te sacó de la familia y puso a todo el mundo contra ti, con puras mentiras”, me escribió de su puño y letra mi hermana Corina sobre nuestra madre cuando me había ido al extranjero). De los demás me alejaría yo mismo por su falta de compasión, o en el caso de Corina misma, por su falta de empatía. Como se ve en la cita de arriba, Corina ha sido la única que hizo un contacto emocional profundo con mi tragedia de chico. No obstante, mi hermana cree que la tragedia familiar no debe hacerse pública, y ha mantenido vehementemente la convención social de que es incorrecto tocar el tema con los demás.

Como vimos al criticar la postura de Rosenbaum sobre la confesión de Hitler en el Führerbunker, la humanidad ignora que comunicar a alguien la propia tragedia es imprescindible para ajustar cuentas con nuestro pasado. No obstante, los seres humanos ven la realidad al revés. Por ejemplo, en lugar de intentar entender mi misión autobiográfica, a lo largo de mi vida adulta Corina me ha tratado con actitudes aleccionadoras. Esto es muy irónico porque en mi familia sólo ella desarrolló una gran compasión hacia mí (por lo que había pensado dedicarle mi primer libro) y también porque nuestra madre la martirizó a ella. Pero Corina rehusó leer el manuscrito de la Carta que le pensaba dedicar cuando vivía con ella y su hijito. Incluso después de salirme de su casa, y a pesar de mis ruegos de que dejara de meterse en mi pasión confesional, continuó molestándome. Como el resto de la humanidad, Corina le tiene pavor a la cirugía radical del alma. Para ella mi iniciativa de hablar sobre mis hallazgos en psicología familiar no es una conducta inteligente: es una conducta necia ante la que la hermana, asumiendo el rol de una nueva mamá, reprende al memorialista.

Cito los pasajes cruciales del último de sus regaños epistolares sin añadir puntos suspensivos entre los no citados:

César:

La otra vez hablé con uno de los primos Tort y me dijo que le habías mandado parte de tu libro y que ya van varias veces. Yo sé que quieres que todo el mundo lo lea o algo así ya que trabajaste tanto en él y es tu vida y lo que te hicieron mis Papás y todo eso, y créeme que te entiendo. Pero lo que tú no entiendes, César, es que a la gente no le gustan los problemas y menos tan gruesos como el tuyo, y menos si son de la familia. Además, piensa que aunque la gente lo lea no por eso se va a componer el mundo, César, no por eso te va a hacer justicia la Revolución. El daño está hecho y sólo tú puedes componerlo.

Y sólo piensa esto, te lo digo en buen plan, César, otra vez. A la gente no le gustan los problemas. Si yo no fuera tu hermana y te conociera, el tercer día que llegaras y me contaras esto te mandaría a volar César, porque lo que tú no entiendes es que no todos en el mundo somos terapistas o psiquiatras o psicoanalistas y no queremos oír de problemas y menos tan gruesos. Somos gente normal que le huye a los problemas. No nos interesa ni podemos hacer nada al respecto.

Si necesitas sacártelo de la cabeza ve con alguien a contárselo todas las veces que necesites, y no me refiero a un terapista, tal vez un amigo o alguien que quiera oírte. Pero entiende como cuando me contaste que una pareja de esposos que habían vivido en un campo de concentración [una película de ficción en realidad: Left luggage], que la señora ya no quería oír nada de eso después porque le hacía mucho daño; pero que al esposo le hacía bien hablar de eso porque se lo sacaba, era como su terapia.

Bueno, pues si entendiste eso, no sé por qué no entiendes que a mí y a mucha gente de la familia nos hace daño el leer tu libro.

Corina

Mi hermana cree que la lectura del libro que le iba a dedicar la dañaría. La verdad es que mi trabajo haría luz en su oscura mente al comprender lo que pasó en nuestra familia. Oscura, digo, porque era ella de quien hablaba con mi hermano menor acerca de sus paranoias: patentes delirios para todas sus amigas y cercanos. (Por poner sólo un ejemplo: cierta ocasión Corina me dijo, llorando con extrema angustia y corriéndome de su casa, que yo formaba parte de un complot capitaneado por nuestra madre para envenenarla.) Además, Corina se equivoca al creer que “no se compondría mi mundo” si otros leyeran mi tragedia —o la suya—, y también yerra en que “sólo uno puede componer” el daño causado por los padres. Al igual que el resto de la humanidad, mi hermana está viendo las cosas al revés, en negativo fotográfico. Yo no quiero sacarme mi pasado de la cabeza. Quiero metérselo a otros con mis libros. Sacárselo conduce a psicosis como la suya. En cambio, concienciar a la gente sobre el infierno que causan padres como los nuestros las previene.

Somos gente normal que le huye a los problemas; no nos interesa ni podemos hacer nada al respecto”. Lo que Corina y la humanidad ven normal, ante mis ojos es la conducta de un sujeto muy primitivo, un neandertal. Si mi hermana estuviera en lo cierto en que lo sano es no hablar más del problema, como me aconseja en el párrafo que omití en el corchete final de su carta, ella misma no padecería de pensamientos delirantes (análogamente, Rosenbaum no padecería de depresiones). En cambio, yo no padezco del más leve trastorno psíquico, ni siquiera de adicciones; pero sí el aludido primo que Corina menciona en su misiva. La sabiduría aceptada en nuestra sociedad es lo que cree Corina: que sepultar la tragedia es la práctica mental correcta. No me canso de repetirlo: la represión y la negación son la vía regia para el crimen y la locura.

Corina, que ve telenovelas y le disgusta la lectura me reprocha en su carta que “quiero que todo el mundo me lea”. Ignora que tenemos la obligación de escuchar el holocausto privado del hermano porque sólo eso puede curar su alma. Pero a mis diecisiete no necesitaba a todo el mundo, sólo a una persona. Por poner el ejemplo más dramático que me viene a la mente: Si, consternada por mi intento de comunicación, mi abuela me hubiera llamado para hablar en privado durante esa cena familiar de 1976, me habría salvado. Un solo oído amigo me habría llevado por el buen camino en la vida. No habría buscado mi salvación por tantos años en sectas estúpidas que me enajenaron y me impidieron hacer carrera.

Aunque no respondí la misiva de mi hermana, puedo hacerlo en una carta abierta:

Lo que daña, Corina, no es desenterrar el pasado, sino escamotearlo bajo una montaña de pasteles. Me parece que en Left luggage el adulto era el señor, y la infanta mental, su esposa; y es el señor quien la regaña por su pueril mecanismo de defensa, la repostería. Pero tú, que intentas eludir el duelo sobre nuestros padres en distracciones inanes, eres quien se cree la adulta. Qué osadía la tuya regañar al desenterrador como si éste, no la pastelera, fuera el niño.

Dicho de otra manera, no soy yo quien debe de cambiar. Son mis familiares, Corina y compañía, quienes en los muros de un gulag tienen la obligación de emerger psíquicamente. Jung lo vio claro: no se consigue la iluminación por el hecho de imaginar figuras de luz (lo que por décadas ha intentado Corina). Se consigue al analizar nuestra oscuridad, nuestra propia tiniebla.

Páginas 355-356 de Hojas susurrantes


“Gente normal”

No todos mis cercanos son tan primitivos como una pastelera que, a manera de bálsamo, intenta untarle crema chantillí a su dolor existencial.

En mi adolescencia hubo un tiempo en que Héctor Covarrubias y mi papá comentaban las maravillas de 2001: una odisea del espacio en la casa de Palenque. Como decía en la sección narrativa, el filme culmina con el regreso a la Tierra de un hombre convertido en superhombre para erradicar el neandertalismo. Arthur Clarke mismo sugiere esto al final de la novela, la cual Héctor había leído. De mis parientes, Héctor era considerado el más inteligente en la familia y de adolescente frecuentemente lo visitaba, quedando impresionado por su claro y transparente racionalismo. Las pláticas sobre física que me dio individualmente en 1977 tuvieron momentos tan lúcidos como más tarde escucharía en los programas de Carl Sagan.

Pero Héctor se cegó ante el conflicto con mis padres. Esto es muy irónico porque él mismo tuvo una madre controladora: una de las hermanas de la Yoya. Héctor no vio la disfunción en nuestra familia ni siquiera cuando, a causa del séptimo círculo del infierno en el hogar, me vio todo desecho. Su casa era un salón de la Ilustración siempre y cuando tocáramos temas sobre ciencia, racionalismo y la crítica del pensamiento mágico. Los problemas del alma estaban vedados. En lugar de ver mi problema familiar, reprimió todo el asunto y me desdeñó. Repudió al sobrino que más lo admiraba…

Héctor ya era un hombre casado con hijas cuando dejé de visitarlo a principios de los años ochenta. Pero también he sido ofendido por parientes menores que yo. Cuando mi primo hermano Octavio leyó la versión primitiva de mi Carta en 1990 me comentó: “¡Está cambiando mi visión de tus padres!” Recuerdo muy bien esas palabras mientras, sentado y leyéndolo absorto, él tenía el manuscrito sobre el escritorio. No obstante, más tarde fue con el chisme con mi padre de que podía publicarla. Octavio había sido el más cercano de mis inteligentes primos, pero al igual que años más tarde con Paulo, me sentí muy herido por su conducta y me distancié de forma definitiva.

Algo no tan grotesco sucedió con mi prima Carmina cuando la visité en su casa, contigua a la de Héctor, su tío. Cuando hice un comentario tímidamente crítico del maltrato parental, mi prima saltó: “Crees que tus padres son demonios”. Ignoro por qué haya reaccionado así. Supongo que, por otros parientes, estaba familiarizada con mi postura. Fue la última vez que la visité.

Héctor, Octavio y Carmina son gente sofisticada. Pero sus reacciones fueron casos típicos de extrema disociación ante la más elemental realidad psicológica. Cierto que tengo un primo aún más radical que ellos. Pero también en éste se nota el alcance de la represión, la socialización y la pedagogía negra.

Gerardo Tort filmó De la calle, una película sobre los niños indigentes en la Ciudad de México. Él es uno de los dos primos a los que se refería Corina en su carta de consejos y regaños. Seguramente mi primo Gerardo podría escucharme, pensé. Yo había leído una aproximación del guión de su película antes de que el texto alcanzara su elaboración final, y le manifesté mi opinión. Cual sería mi sorpresa cuando Gerardo no me hizo comentario alguno sobre un borrador de mis dos primeros libros, ni lo haría en los años subsecuentes. Y no me comentó nada a pesar de que, en una ocasión que me lo encontré en la calle, saqué a colación el tema del manuscrito que le había dado.

Ni siquiera un cineasta de mi edad, con quien en otros tiempos había hablado de tantas cosas contra el orden establecido, pudo escuchar mi historia. Gerardo Tort puede tener hígados para meter la cámara dentro de las alcantarillas en las que viven los niños de la calle. Pero no los tiene para escuchar a su primo sobre lo sucedido en una de las familias Tort. Mi hermana diría que quienes actúan así “son gente normal que le huye a los problemas; no les interesan ni pueden hacer nada al respecto”.

Yo diría que son neandertales: exterminables neandertales de hecho (como argüiré en otro lugar).

Published in: on febrero 5, 2012 at 3:07 pm  Dejar un comentario  

Páginas 356-364 de Hojas susurrantes


Ofendido por conocidos casuales

Se me podrá hacer la observación que mi primo, de quien también me alejaría, no me comentó nada sobre mis manuscritos porque, como pariente, no quiso comprometerse. Pero ha habido otros cineastas que nada tienen que ver con la familia y que se portaron peor cuando toqué el tema de lo que me sucedió de chico.

En 2003 iba a unas tertulias de cineastas, todas personas mayores que yo, que se han reunido los domingos a mediodía en el café de la Cineteca en la Ciudad de México. Uno de esos domingos Elsié Méndez, Fernando Gou y su esposa me ofendieron de tal forma que no me volví a parar en esas tertulias a las que no había faltado desde que los conocí. A Elsié le enfurecieron mis sentimientos de indignación ante los malos tratos a menores: se sintió amenazada. Pero reírse del propio sufrimiento que se padeció en la pubertad, lo que ella suele hacer en las tertulias, es una forma de eludir el dolor y de hacer el duelo entre muros. Como ha dicho Miller, esa fue la tontería que hizo Frank McCourt en Las cenizas de Ángela: un libro que aún antes de que descubriera a Miller me irritó. En su autobiografía McCourt jamás alzó la voz en contra de sus padres o la cultura que lo atormentó. Más bien, y al igual que Elsié, se ríe de su pasado: y precisamente por reírse ante la tragedia de su niñez fue aplaudido en un mundo impregnado de pedagogía negra. Confieso que lo que más me irritó de Las cenizas de Ángela cuando salió a la venta fueron las reseñas que leí cuando vivía en Houston: elogiaban que el autor no esgrimiera juicios de valor.

A diferencia de lo que cree la gente, reírse de los extremos malos tratos parentales no cura la lesión interna que el maltrato ocasionó. Lo diametralmente opuesto es curativo: llorar. También es curativo el estentóreo enojo ante los agresores con el que me solía expresar en la tertulia. Miller ha dicho que si Sylvia Plath hubiera escrito agresivas cartas a su abusiva madre —recuérdese mi Carta— no habría tenido que suicidarse. Yo perdí años de mi vida por no enjuiciar a mis padres y a su sociedad, como ahora lo hago. Antes de encontrar a una testigo conocedor que me guiara en el territorio prohibido del odio sano, el complejo de culpa me impedía salir adelante en la vida. Eras enteras tardé en denunciar la crueldad de mis progenitores. Pero en nuestro mundo es muy común que no sea la crueldad hacia los hijos lo que causa enojo, sino la denuncia de esa crueldad.

Por ejemplo, al ver mi enojo ante mis padres tanto Elsié como el señor Fernando se abalanzaron sobre mí para proteger a sus padres de su enojo inconsciente. Como todo perteneciente a Alcohólicos Anónimos, el señor Fernando ha eludido confrontar a fondo la figura del padre. En Neuróticos Anónimos, al que veinte años antes asistí una sola vez, presencié cómo la víctima se desahoga públicamente en asociaciones libres. No objeto esa catarsis, pero ambos grupos omiten por completo lo elemental: luchar para legislar la prohibición de la violencia doméstica hacia el niño que, ya crecido, se refugia en la bebida o en mecanismos neuróticos de defensa para mitigar su dolor. Parte de esta pedagogía negra, entendida como “educar” a la víctima en vez de ingeniería social, puede ilustrarse con la pregunta que me hizo Rocío, la esposa de Fernando, sobre mis padres:

“¿Y ya los perdonaste?”

Esta mujer, a quien su padre le rompió la nariz, invirtió la realidad con su pregunta. Al igual que Semprún páginas atrás, lo vio todo al revés: lo blanco lo vio negro y lo negro blanco. Su negativo fotográfico tiene que ver con los falsos sentimientos de culpa que nos impiden poner al padre criminal en el banquillo de los acusados. Quien no está bajo el influjo de la pedagogía negra y ve la realidad en positivo hace la pregunta natural, y la dirige al agresor, no a su víctima: ¿Ya le pediste perdón a tu hijo?

La sociedad no sólo ignora que el perdón unilateral es imposible; no sólo no penaliza los malos tratos parentales sino que, viendo la realidad revés, vuelve sus armas en contra de la víctima que se queja del progenitor irredento. Ya podemos imaginar qué efecto tendría preguntarle a un ruso sobreviviente del Gulag si ya perdonó a los verdugos voluntarios de Stalin mientras éstos siguen creyendo que obraron bien.

Si los cineastas de la tertulia reflexionaran sobre las películas que comentan los domingos se percatarían de lo absurdo de esta postura. Pensemos en el documental S-21: la machine de mort Khmère Rouge de Rithy Pahn, exhibida en la Cineteca misma. En este estremecedor testimonio un sobreviviente del genocidio de los años setenta en Camboya le dice a la cámara que, aunque algunos incautos hablan de perdón y olvido, no es posible hacerlo mientras los verdugos de dos millones de camboyanos civiles, incluidos niños pequeños, no solamente no están arrepentidos: ¡ni siquiera reconocen que cometieron un error! Lo mismo puede decirse de los padres irredentos que no han cobrado conciencia que dañaron al hijo. Es tan artificial, fingido e ilusorio el perdón unilateral que, en tiempos en que discutí en la Cineteca, la señora Rocío no visitaba a su padre, quien moría de cáncer. Pero eso sí: ella y sus amigos me exigen el perdón unilateral. El “¿Ya los perdonaste?” implica tácitamente que Rocío había perdonado unilateralmente a su padre, algo que en la vida real no hizo. Comentando la acalorada discusión de aquel domingo, Pancho Sánchez, el autor de varios libros de cine que preside esas tertulias, me dijo a solas que eran hipócritas aquellos que dicen no guardar resentimientos hacia su agresor.

Ese imposible perdón que demanda al unísono una sociedad ciega y sorda en cuestiones psicológicas es uno de los rasgos principales en pedagogía negra, y será un tema al que tendré que volver posteriormente.

Ahora creo que precisamente por no haber tenido resentimientos activos con mamá, por haberla “perdonado” a lo largo de mi niñez, maltraté a Elvira.

Actualmente, que manifiesto abiertamente mis resentimientos hacia mis padres —como en la tertulia—, soy incapaz de desquitarme con otros. Si en la escuela me hubieran dado una lección sobre lo réprobo de la conducta de una madre absorbente, habría hecho contacto con mis sentimientos y no habría querido volcarlos sobre una inocente. Pero la escuela, la sociedad, incluyendo mis parientes cultos, se encarga de que esos sentimientos jamás salgan a la superficie. Pero están ahí, en el núcleo psíquico y eventualmente estallan, ya sea contra el agresor en forma de epístola acusatoria, un odio directo y sano, o contra objetos sustitutorios: un odio desplazado e insano.

Debo aclarar que en una reunión con otros cineastas en la Cineteca mi testimonio fue muy bien recibido, e incluso una señora me alentó a “sacarlo todo” como la mejor de las terapias. Fue solamente en la mesa en que se juntaron algunos individuos que habían sido maltratados en sus infancias cuando se presentaron las resistencias. Al igual que mi hermana Corina, hicieron eso para evitar sentir su propio dolor.

La única manera de transmitir la intensidad de las emociones que se manejaron en la discusión de aquel día es citar mi diario íntimo; aunque tenga que corregir la sintaxis y reescribir algunos pasajes, además de omitir algunos insultos (no todos). Lo que escribí en mi diario es un paradigma de las resistencias del mundo ante la revolución en psicología que preconizamos unas cuantas personas encabezadas por Miller.

26 de octubre, 2003

Hoy me atacaron los dañados. Algunas de las cosas que escuché fueron más que increíbles: “Tienes que culparte a ti mismo de todo lo que te pasa; de otra manera no tienes poder sobre tu vida”. Elsié cree que tiene un poder que no tiene. Y Fernando igual.

Cuando salí con mis argumentos favoritos para rebatirlos, argumentos idóneos para cinéfilos —La decisión de Sofía, película que todos vieron; la niña violada por su padre— sucedió lo increíble: culparon a las víctimas. Elsié comentó: “Ya se está pensando cómo fue posible que fueran como corderos al matadero”. Es decir: no hay culpables. Respecto a Sofía, desmintieron mi tesis de que lo único que podía hacer fue lo que hizo: suicidarse. De la niña dijeron que perfectamente podía rehacer su vida ya adulta. En otras palabras: no hay gente destruida.

Fernando fue más agresivo. Cuando dije que sólo quienes llegan al núcleo del dolor se arrancan la daga del corazón y que los de Alcohólicos Anónimos eran epidérmicos contestó que yo era un “soberbio”, y que en Alcohólicos Anónimos se trataba de “reducir el ego” en sentido de no ver la propia pena sino la de otros. Esto es justo lo opuesto a mi autobiografía, que, si bien veo cosas como el Gulag, la perspectiva es mi propia vida. La manera como Fernando habló del ego fue como decir que hay que olvidar para perdonar.

Pancho, el único que no fue víctima de vapuleo en su pubertad, no me atacó. ¿Razón? No tiene un mecanismo idiota de defensa que, sin pretenderlo, haya tocado yo con mis observaciones. Ahora los tendré que dejar de ver pues veo que con ese bloqueo mental no podría prosperar una genuina amistad. Tendría que ir sólo para escuchar y callarme cuando culpen a las víctimas, algo que no estoy dispuesto a hacer. Lo curioso de todo el asunto es que sin quererlo los provoqué para que Rocío y Elsié hablaran de las historias más horrendas de maltrato parental en sus vidas. Hasta Fernando contó que, cuando le dijo a su papá que quería estudiar oratoria, le respondió: “¡Tú tartamudo no sirves para eso!”

Los tres, dañados. Fernando, recuerda, fue alcohólico por muchos años. Le encabronó sobremanera que dijera que había encontrado la daga en mi corazón —los interiorizados padres— y la forma de arrancarla, y que dudaba que los de Alcohólicos Anónimos, los analistas y los siquiatras pudieran arrancarla (“soberbia”). La que más me sorprendió fue Elsié, pues en otra ocasión había comprendido la represión de Fernando sobre su dolor y hoy se cambió de bando. Cuando mencioné el caso de Sor Juana ¡todos salieron con que ella, no el arzobispo y Miranda, fue la vencedora! Les hablé de la autoinmolación de Juana y dijeron que el mundo la recuerda a ella. Es tan imbécil este razonamiento que no vale la pena refutarlo.

Octavio Paz escribió un libro sobre cómo el arzobispo y el confesor acorralaron a Juana de Asbaje.

El verdadero pandemonio de la reacción del status quo se destapó hoy con mis atacantes. En un soliloquio que acabo de echar en la calle me percaté que el odio hacia la víctima —recuerda al doctor Amara, a los siquiatras y al asesino serial del que habla Miller— se debe a que no pueden soportar el dolor de haber sido ellos mismos víctimas. Al no querer ver su total desamparo salen con “Ya lo superé”, “Hay que perdonar”, “Hay que olvidar”, etcétera. Lo peor es cuando repiten los clichés sociales, los más nefandos de todos, como aquel que el atorado en la vida no ha querido salir de su posición victimista. Los traté de refutar con el caso de la secta Escatología en la que estuve y el ajedrez: que sólo cuando no tenía conciencia del rol que jugaron mis padres me atoraba y extraviaba en la vida. Eso hizo enojar a Fernando, quien me dijo cosas que me hirieron, y Elsié y Rocío lo secundaban.

Pero he aquí su historia…

A Elsié la casaron siendo casi una niña, y su abusivo padre le dijo: “Sólo un consejo: dile siempre que sí a tu esposo”. Ya casada lloraba y lloraba y no sabía por qué. Tuvo dos matrimonios horrendos en los que le pegaban. Repitió los patrones de mujer vapuleada con sus maridos, no podía cortarlos: algo la tenía enganchada del culo. A Rocío su padre le rompió la nariz a los veinte años porque osó confrontarlo con un “¿Por qué?” cuando su padre le dijo “No volverás a hablar con ese muchacho” (Fernando). Al llegar su papá a casa todos sus hermanos se zurraban de miedo. Siempre les daba palizas inmerecidas.

Podría seguir con sus confesiones públicas pero lo esencial se entiende: contaron historias de horror y no pueden ver a otra víctima que ahora quiere hacer una carrera literaria sobre el tema. Es doloroso para ellas y para Fernando, quien, aunque no contó grandes cosas por circunspección masculina, se nota que lo molió su padre.

Lo curioso es que tanto Rocío (¿ya los perdonaste?) como Elsié (crédula del sicoanálisis) como Fernando (crédulo de Alcohólicos Anónimos) tienen como mecanismo de defensa la pendejada new age de que uno es “el árbitro de su propio destino”. Todo tiene que ver con no enfrentar el dolor: especialmente el dolor que la impotencia en la infancia fue total: lo opuesto a las mentiras del new age.

¡Ah! Se me había olvidado decir que Elsié salió con una pendejada similar a la de Arnaldo Vidal sobre su hermano Juan Carlos, quien me dijo que “se le hizo muy cómodo ser un enfermo”. Elsié me dijo que David Helfgott quiso quedarse como un niño.

Juan Carlos Vidal, conocido de mi familia y nieto del famoso Victor Serge, se trastornó por la conducta de sus padres. Helfgott quedó perturbado por idénticas causas. Los cineastas conocían muy bien este último caso por la película Shine.

Por eso Elsié y Fernando se enganchan con filosofías culpa-víctimas como el sicoanálisis y AA: es su mecanismo de defensa creer que tuvieron más poder del que en realidad tuvieron. Recuerda, César, cómo me sacó de onda hace veinte años en Neuróticos Anónimos el que éstos hablaran del “egoísmo”, y que por ese “egoísmo” los pobres diablos que iban ahí estaban mal. Quien presidía ese lugar se culpó a él mismo y al resto del grupo de su estado emocional.

Nunca imaginé cuando salí en la mañana que este sería el último día que voy a la tertulia de la Cineteca. La manera como Elsié y Fernando hablaron hoy fue repetir los eslóganes sociales de que “el pensamiento negativo”, el mío supuestamente, daña; y los lentes rosas curan. Y por cierto, dos hermanas de Rocío no se casaron y no ven a su padre.

Otra cosa. Tanto Elsié como Rocío tuvieron testigos: sus propias hermanas. Pero ellas juzgan condenatoriamente a quienes no los tuvieron: a César, a Helfgott, a Sor Juana… Además, no quieren ver que hay una diferencia sideral entre el dolor de una mujer como la de la película La decisión de Sofía —puse este ejemplo muchas veces— y otros dolores. Fernando se encabronó y dijo que no se pueden comparar los dolores. Ni él ni Elsié saben que hay un límite de resiliencia en el dolor humano. Si se traspasa ese límite, la mente se quiebra.

En la sección sobre Shine de mi anterior libro hablé sobre esto último: argumento que saqué a colación en una de las tertulias anteriores pero que el señor Fernando ignoró.

Sus desvaríos —decir que Sor Juana salió triunfante; culpar a Helfgott, y negar que sólo el suicidio podía detonar la montaña de dolor de una Sofía— son prueba fehaciente de que mis argumentos fueron demoledores. Tuvieron que salir con verdaderas locuras cuando los puse a la defensiva.

Otra cosa. Si alguien llega traumado a Alcohólicos Anónimos, lo peor que pueden decirle es que tiene que “bajarle al ego”. Su daño está en el ego, no en un ego inflado como cree Fernando, sino en un ego herido. El clímax del quebranto psicótico de ayer fueron las palabras de Elsié: “Hay que culpabilizarse a uno mismo” de todo lo que nos sucede a fin de “tener control sobre la vida”.

Las doctrinas del new age son tan absurdas que nos llevarían incluso a culpar a los pasajeros víctimas de un avionazo. Está tan de sobra gastar tinta en rebatirlas que mejor continúo con mi diario:

Otro quebranto: cuando les puse el ejemplo de Auschwitz Rocío saltó alegando que los presos en campos de concentración tenían control de alguna manera, queriendo decir que los que sobrevivieron fueron los buenos, los aplicados. Son este tipo de quiebres psicóticos ante mis argumentos lo que hace que no esté justificado volver a sentarme en su mesa.

Pero eso sí: los pasaré a la historia…


28 de octubre

He estado pensando más sobre lo del domingo y descubrí un par de cosas.

Tanto Fernando como Elsié están en sectas. Lo ignoraba, por lo que no me percaté que al decir que la terapia de Alcohólicos Anónimos era “epidérmica” iba a causar el enojo y la cólera de los sectarios. Asimismo, cuando hablé del dolor de Sofía me salieron con que “el dolor puede ser un acicate para la vida”. ¡Cómo si fuera lo mismo un dolor cualquiera y el de Sofía!, a quien le hicieron escoger, enfrente de sus hijos, cuál de ellos se iba a las cámaras de gas: la fatídica “decisión de Sofía”.

Como dije, lo que más le molesta a este trío es la impotencia ante el mal y la voluntad criminal del Otro. A fin de no sentir su dolor (“culpabilizarse a uno mismo”, “reducir el ego”, “perdonar”, “el dolor puede ser un acicate para la vida”) me insultaron. Elsié, me duele decirlo porque en su momento me hirió, me dijo que la autocompasión era lo peor, y que uno tenía que salir de esa postura victimista. Me sentí muy mal cuando, siguiendo esa línea, estos idiotas culparon a los presos de los campos de concentración. Lo sentí como una ofensa personal. Y por cierto, el celo bilioso de Fernando al hablar del “Poder Superior”, entidad que les inculcan en Alcohólicos Anónimos, fue muy similar al celo del papá de antaño hablando de Dios. Es claro que es el celo de un sectario.

No están de más unas cuantas palabras sobre los grupos de autoayuda en general y de Alcohólicos Anónimos (AA) en particular. En pocas palabras, no basta con que haya gente dispuesta a escuchar nuestros problemas, incluso a nuestros más recónditos demonios como se hace en ese tipo de grupos. La víctima de malos tratos debe contar con una testigo conocedor: alguien que no salga con mecanismos idiotas de defensa ante la tragedia.

Ahora bien, la diferencia entre el oído de un testigo conocedor y el que puede proporcionarnos un público simple como el de Alcohólicos Anónimos es abismal. Conozco a un sujeto que estuvo en AA y del que me tuve que alejar porque, aunque superó su alcoholismo, desplaza una ira recóndita sobre los amigos. Asimismo, hay gente de AA que transfiere su alcoholismo a bulimias, o se vuelven adictos al juego, porque sus daños psíquicos jamás fueron abordados: se les llama “alcohólicos secos”. El sujeto seco del que me distancié, por ejemplo, una vez que superó su alcoholismo se refugió en el ajedrez. Nunca procesó su dolor. Divorciado y con dos pequeñas hijas viviendo con la madre, al igual que yo a mis once años este hombre maduro desplaza su encono sobre terceros. El alcohol es bálsamo para un dolor que la mente es incapaz de procesar. Alcohólicos Anónimos lo habrá salvado de ese falso bálsamo, pero no de su dolor.

El señor Fernando se enojó mucho cuando dije que la terapia de AA era epidérmica. Pero eso es exactamente lo que son este tipo de terapias. Sólo la iluminación que proviene de una testigo conocedor, a la par de escribir sobre nuestras vidas, puede resultar en una auténtica sanación psicológica.

La clave de las claves, César, es que no se puede discutir con gente que culpa a las víctimas de los campos de concentración. Ejercer tal violencia a la realidad oculta una aversión infinita al hecho de que hay Mal en el mundo y que no tenemos control sobre los malos actos de otros.

Pero voy a dejar a esta gente en paz. Ya llevo dieciocho páginas. Es muy triste que no pueda hacer amigos en un mundo como éste…

El desencuentro en la Cineteca me hirió de forma tal que me prometí que esa sería la última vez que me portaría de manera cordial con quienes, en el futuro, me ofendan con pedagogías negras. Durante la discusión de 2003 aún era reticente. No les respondí a los cineastas de manera tan vehemente como, a solas, lo hice en mi diario sino que respeté las convenciones sociales. Pero respetarlas deja al ofendido con un irresistible deseo de venganza, como veremos en las próximas páginas.

Published in: on febrero 5, 2012 at 1:13 pm  Comentarios (3)  

Páginas 364-370 de Hojas susurrantes


Una supuesta “gran amiga”

Se me podría decir que tuve la insensatez de confesarme con conocidos casuales; que si hubiera abierto mi corazón a amigos más íntimos, especialmente a alguna mujer compasiva, habría sido escuchado.

Lamentablemente, eso no es verdad. A la mitad de mi vida sé que mucha gente que en mis veintes creí que eran amigos me ofendieron incluso más que los conocidos de la Cineteca. Tardé mucho en digerir este trago amargo, y sólo gracias a mi descubrimiento de Miller. Por ejemplo, una amiga íntima de nombre Regina me dijo esto (cito a mi diario de 1998):

“Le echas la culpa de todo a la gente y a tus padres. No, César, no. No te ves en el espejo. Uno es el responsable”. Eso fue ayer por teléfono así que está fresco. ¡Y hasta me dijo que David Helfgott no le echó la culpa a su papá!

En mis discusiones aludo frecuentemente a la película Shine sobre la vida de David, como lo hice en la tertulia de cineastas, para mostrar el caso extremo de asesinato de un alma. Regina no leyó el libro de Gillian Helfgott donde el perturbado David le decía a su esposa “Todo es culpa de papi” hablando de su condición mental. No es que Regina compartiera la filosofía del new age que habría dejado pequeños a los filósofos del idealismo clásico alemán (las locuras que escuché en la Cineteca por ejemplo). Sin embargo, sus palabras de que “uno es el responsable” son clichés harto comunes en la cultura actual.

A mediados de los ochenta, sin carrera ni profesión para enfrentarme a la sociedad, me refugié en casa de Teresa Moreno: la señora que en la parte narrativa conté que jamás desmentía la imaginería mitopoiética de sus hijos. Fue Tere quien me presentaría a Regina. Había conocido a Tere desde 1977 a través de su esposo: uno de los ludópatas con quien jugaba ajedrez en el parque. Tere me recogió en su casa como una Madre Teresa recoge a un desahuciado. Al menos esa fue la imagen que mis amigos tomaron como cierta. No quiero contar la historia de mi amistad con Tere; sólo voy a hablar de cómo un joven puede engañarse para ver algo que nunca fue.

Antes de que bebiera de la auténtica agua de la comunicación, como mostraré al final de este libro, solía ver espejismos en el desierto. En mi desesperación por encontrar un oído amigo me imaginaba que sólo por haber tenido un par de conversaciones con alguien podía abrirle mi corazón. Tere, como dije, vendía la idea de que era compasiva con los miserables. Mucha gente durmió en su casa y ella y yo llegamos a tener largas, y aparentemente profundas, conversaciones. Con el tiempo estuve más cerca de ella que de su esposo, José María Jiménez.

Ocho meses viví con la familia Jiménez en 1985. Más de una docena de años después, cuando mi inédito proyecto autobiográfico estaba sobre rieles, le entregué a mi vieja amiga una copia de mi Carta y otros escritos íntimos. En el caso de Regina, a quien también le había dado una copia, lo aberrante fue que esa mujer no sintió compasión por el adolescente que fui ¡sino por mis padres! Pero Regina pertenece a la clase humilde y es muy poco sofisticada. A renglón seguido de la mencionada cita de mi diario sobre Regina, anoté: “A ver si Tere, a quien le entregaré pronto el manuscrito, tiene compasión. A ver…” Cuando Tere leyó mi escrito comentó sobre nuestra amiga Regina: “Es como tus papás: son el tipo de gente que, hagan lo que hagan los padres, hay que honrarlos”. Pero cuando hablamos sobre lo que ella misma opinaba —¡ay!

Qué mejor que citar de nuevo a mi diario. Un par de días antes de perder mis treintas, escribí:

10 de agosto, 1998

Fue ayer cuando me despedí de ellas. Tere tuvo compasión no por mí sino por mi papá, a quien había visto antier y, según me dijo, estuvo “pensando todo el tiempo en mi escrito”. Que iba a ser un shock para él la publicación de mi libro y que lo podía tronar al pobre. Tere me preguntó “si podía perdonar” a mis padres y que a pesar de haber sido los agresores “también fueron víctimas de chicos”.

Aún no termina de leer mi manuscrito; se quedó unas pocas páginas antes del final. Si tuvo compasión por mi tragedia lo dijo de manera indirecta: “Lo seguiré leyendo hasta que me sienta más fuerte”, y que dos o tres veces se le habían nublado los ojos al leerlo. Al final dijo que cada vez que iba a hablar con ella “la dejaba devastada”.

Realmente, la compasión es un don que muy poca gente tiene. Tere ya había dado muestras de falta de compasión con Sergio, a quien mencioné en la conversación de ayer.

Esto último es una larga y sucia historia, y no tendré más remedio que sacarla a la luz pública a fin de evaluar la extraña moral de quien consideraba una gran amiga.

Sergio, quien había tenido crisis psicóticas como consecuencia de haber sido martirizado en casa, había sido un amigo íntimo de Tere. Su hermano gemelo José Luis aprovechó la relación de Sergio con Tere para cortejar a esta última mientras yo vivía con la familia Jiménez: tiempos en que se deshacía el matrimonio entre Tere y mi amigo Jiménez. Al descubrir que Tere prefirió a José Luis haciendo a un lado a Sergio, se me cayó su imagen de madre compasiva y acogedora. Lo que más me impresionó fue una ocasión en que, según Tere misma contó en público, alguien —no especificó que fuera Sergio— se le había arrastrado en tremenda súplica para que no lo abandonara; pero ella siguió fríamente su camino. Me causó una gran impresión porque adiviné que ese alguien era Sergio, a quien su familia había enloquecido. Aunque eso sucedió más de una década antes de que iniciara mi investigación sobre la siquiatría, aún así pensé que era un crimen que el propio gemelo monocigótico de Sergio y la “madre Teresa” lo traicionaran de esa manera. Sergio se encontraba en una situación límite. Era él, no su hermano gemelo, quien necesitaba ayuda. Ahora, después de haber concluido mi investigación sobre la siquiatría, sé que bien tratado habría tenido chances de recuperación. Pero Tere, José Luis y su padre hicieron lo opuesto (la madre de los gemelos ya había muerto).

Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. Aún con tan brutal evidencia no erradiqué la imagen pública de Tere como una amiga compasiva. Sólo a finales de siglo, cuando escribí la cita del diario de arriba y Sergio ya había muerto, desperté al hecho de que Tere no era la persona que suponía. Por ejemplo, cuando escribía en mi diario omití contar algo de suma importancia para mí.

Después de que Tere me dijo que se preocupaba por mis padres si publicara el manuscrito, nos fuimos a comer. A lo largo de nuestra comida ¡con gran y más que gran expectativa esperé que Tere me dijera algo significativo sobre lo que había leído! Muy aparte de su preocupación por mis padres esperaba que me dijera algo concreto sobre la tragedia que cuento en la Carta. Cómo recuerdo las sonrisas de Tere y su amabilidad conmigo mientras comíamos: ese carácter que ha cautivado a tantos. Pero el tan esperado comentario no llegó…

Ese día murió Tere en mi corazón. Y desde ese día en adelante no sólo no buscaría su amistad sino que eludí sus invitaciones, vía terceras personas, para que fuera a casa de ella y José Luis, su nuevo esposo. El no decirme nada sobre lo más importante para mí puso en evidencia a Tere como alguien que jamás había sido una auténtica amiga.

Seis años después, el año en que me senté a escribir la parte analítica de este libro, sucedió algo inesperado. Tere me sorprendió en una oficina hablando por teléfono y se esperó a que terminara para hablar conmigo. Una vez más, cito a mi diario:

20 de febrero, 2004

Por más que quise evitarla, se esperó mientras hablaba y la tuve que dejar entrar. A pesar de ser tan gentil no tiene empatía. Sin que tocara yo el tema habló de mi Carta a mamá Medusa. ¡Y sin que yo tocara el tema volvió a preocuparse de la imagen de mis padres si lo publicaba!

No parece percatarse que el solo hecho de que hable con mis padres la convierte en mi enemiga. Hasta dijo que lo que hicieron “no fue con mala intención” y que su ideal era que abandonara todo proyecto literario y resentimientos, y que esa sería mi salvación. Usó palabras completamente distintas, pero ese fue su mensaje. La pobre no sabe que decirle a alguien que hace carrera de denunciante, como decirle a Solyenitsin que no escriba sobre Rusia, es insultante; y aunque no me ofendí en su presencia, ya en casa vi lo absurdo de su postura. Esta no es otra que toda esa “sabiduría” milenaria que ha tenido a los seres humanos atrapados en el sexto día de la historia.

Cada vez veo más claro por qué perdí tantos años de mi vida. No tuve a ningún testigo conocedor. Tere es tan mona que las falacias de su discurso no se notan al estar con ella. Pero son paradigma de las actitudes pedagógicas, como diría Miller, más nocivas del mundo. Hace no mucho, según me confesó ayer, habló con mi madre. Tere me dijo que, por el hecho que no visito a mis padres, mi madre le había comentado que yo era “muy raro”, que ese era mi carácter. Aunque lo dijo sin intención de ofenderme aquí la agarré de los ovarios. Es claro que Tere no ve mi holocausto personal.

Tere niega mi holocausto. Sus consejos no están dirigidos hacia los agresores para que cambien. Están dirigidos a la víctima para que intente un olvido imposible —imposible por las nulas oportunidades de empleo después de que, desde el maltrato, me quedé sin profesión. Tere me pide que, estando su hijo en Suiza estudiando con su novia aria, yo, que ni siquiera he tenido una pareja, “olvide” mi destino.

La antiempatía de ella conmigo, tan patente en el hecho que ella vea a mi madre y sean amigas, habla por sí solo. No sólo Tere no tuvo compasión. Ve la manera tan sucia en que trató a Sergio. Lo que me dijo ayer corrobora lo que pensaba de ella. Ojalá y no la vuelva a ver. Sigue estando en mi lista negra y espero que tenga su lugar en alguno de mis libros. Después de leer a Miller gente como Tere ocupan el rol de villanos en mi vida. Antes de Miller presencias como la de Tere me confundían sobremanera, y eran causa de mi estancamiento en la vida, de no hacer contacto con los sentimientos del chico agredido, torturado y destruido que llevo dentro.

Pero la luz ya me llegó, y gracias a haber desenmascarado a gente como Tere.

Para algunos de mis lectores ver publicados estos pasajes de un diario íntimo les parecerá cruel. No les parecerá cruel, en cambio, que alguien que consideraba mi gran amiga haya visitado, a lo largo de los años y a mis espaldas, a la persona que me destruyó. Como dije, en un mundo en que todo está patas arriba no es la crueldad de los padres a los hijos lo que causa escándalo, sino la denuncia de esa crueldad y de sus cómplices.

Las palabras de Tere me mueven a añadir un discurso más en contra del perdón y del olvido. Tere me había preguntado si podía perdonar a mis padres y comentó que también ellos habían sido víctimas. Esta no ha sido la primera vez que me dan este consejo. Como vimos en páginas anteriores, lo he escuchado de otras personas, incluida una prima. La insensatez de esta demanda que se le hace a la víctima ya está contestada en lo que escribí en mi diario: Tere debió haberle pedido a mis padres que hicieran un examen de conciencia, no a la víctima que perdonara a quienes no quieren hacer examen alguno.

La creencia de que el perdón tiene un efecto saludable es axiomática en todas las culturas, y parece algo tan obvio que se da por sentado. Pero la verdad es que perdonar a un padre irredento es un suicidio psicológico. Miller presenta un argumento demoledor en uno de sus mejores libros: a instancias del terapeuta un sujeto maltratado en su infancia le perdonó todo a su padre —un sádico— y tiempo más tarde cometió un asesinato inexplicable. Eso se debe a que el odio hacia el agresor aún habita inconscientemente en el perdonador. El odio no puede exorcizarse a fuerza de voluntad. Unilateralmente, el perdón es imposible. El auténtico perdón es factible sólo si el agresor reconoce su falta y hace algo muy concreto para indemnizar al hijo: el perdón bilateral. No me canso de repetir que eso es imposible mientras el agresor insista en que actuó bien. La pedagogía negra, y me atrevería a decir las actitudes pedagógicas en general, se basan en esta inversión de la realidad psicológica más elemental. En última instancia, los valores de las culturas del mundo hacia la víctima de maltrato parental deben ser transvalorados. El argumento de Miller contra el perdón en varios de sus libros es contundente: y quienes creen que el perdón unilateral tiene un efecto saludable harían bien en estudiar la vida de los asesinos seriales.

Para ilustrar este argumento en casos menos extremosos, mencionaré algo que aparece en el libro de Susan Forward, Padres que odian. A sus clientes que llegan a su consulta diciendo que ya perdonaron a sus padres abusivos, Forward les exige que tienen que “desperdonarlos” hasta que hagan contacto con su enojo inconsciente. De otra manera el odio nuclear continúa ahí, y al igual que el sujeto que cometió un asesinato inexplicable, la reacción natural es desplazarlo hacia personas sustitutorias: los hijos o la pareja.

Volviendo a mi seudoamiga. Tere había señalado que, hicieran lo que hicieran los padres, nuestra amiga Regina sólo podía honrarlos. No se percató que ella misma vive bajo ese cielo. Miller ha dicho que es muy raro encontrar a alguien que, frente a una tragedia, no trate de “educar” a la víctima en vez de escucharla y hacer algo para el cambio social. Tere trató de educarme. Hemos introyectado tanto, y a tan temprana edad, el mandamiento de no tocar al progenitor que cualquier cosa que lo amenace nos asusta. Por ejemplo, la última vez que la vi Tere hablaba de mi Carta como un asunto privado. Comentó que tenía mi manuscrito “bien guardadito”, como si fuese un secreto entre nosotros dos. Publicar una epístola acusatoria sobre los padres era inconcebible.

Nadie había hecho esto en México. Soy el primero en hacerlo en grande. Sacar mi vida a la luz pública representa una ruptura no sólo con Tere y compañía, sino con una cultura en la que mi voz se ha vuelo un soliloquio en el desierto.

Published in: on febrero 5, 2012 at 12:51 pm  Dejar un comentario  

Páginas 370-376 de Hojas susurrantes


La opinión de los sicólogos


—¿Dónde están los hombres? —preguntó por fin el principito—. Se está muy solo en el desierto…
—También se está solo entre los hombres —afirmó la serpiente.

Saint-Exupery



Podrá suponerse que Tere simplemente se limitó a seguir el dictado de la moral tradicional, pero que si contara mi testimonio a una profesional en sicología encontraría al oasis tan buscado.

Nada más alejado de la verdad. En la misma unidad multifamiliar en que viví con la familia de Tere conocí a la sicóloga Angélica Enríquez. Angélica leyó una versión de mi Carta y otros textos que guardan ciertas semejanzas con lo escrito en la parte narrativa de este libro. Veamos qué ocurrió cuando la profesora de sicología me leyó. Citaré mi diario y posteriormente unas misivas suyas que intercambiamos entre La Paz y la Ciudad de México. Le había hablado por teléfono a Angélica y la sorprendí en el momento en que leía el clímax de mi Carta:

25 de julio, 1998

¡Interrumpí a Angélica justo en el pasaje de “La Medusa”!

Que está muy bien; que no lee por obligación sino porque le está gustando mucho; que las referencias psicológicas están muy bien y que me felicita.

Aún no llega a lo grueso. Justo ahí la interrumpí.

12 y 13 de agosto.

Nada nuevo me dijo. Sólo hablamos de mi próximo viaje. Ni siquiera cuando mencioné a Medusa salió algo salvo que “había vuelto a leer a Laing”.

La compasión no existe.

Dos años después le mandé a Angélica el manuscrito de mi segundo libro. Como los sicólogos son colegas de los siquiatras, tenía particular interés de que me dijera algo sobre una denuncia tan despiadada a la siquiatría: algo que nunca antes había salido de la pluma de un connacional. En 2000 me envió una nota de correo electrónico: “Creo que ya manejas más psicología que yo. Es más, me siento atrasada en clínica y eso que acabo de terminar mi año sabático y me puse a escribir un libro de texto. Realmente creo que tienes mucha facilidad para expresar tus ideas”.

Así se volvió a repetir la misma historia y la misma falta de compasión de dos años atrás. Aunque la intención de Angélica era halagarme, su misiva me disgustó. No sólo un par de años antes no me había dicho nada —como Tere— de la tragedia en mi familia con mis padres. Ahora tampoco me decía una palabra sobre la profesión que contribuyó a arruinar mi vida adolescente. Debo decir que su postura es similar a la de algunos amigos que se han fijado exclusivamente en el aspecto literario de mi Carta: algo que no me interesa. ¡El fin único de escribir había sido que alguien me dijera algo sobre la agonía que sufrí de adolescente; que muestre alguna indignación hacia los agresores y una sociedad que permite semejantes cosas!

Angélica se había ido a vivir a La Paz. Debido a su falta de compasión decidí alejarme de ella como decidí alejarme de Tere. Para mi sorpresa, cuatro años después de su misiva Angélica visitó la Ciudad de México; hizo vericuetos para conseguir mi número telefónico, insistió en que nos viéramos y hablamos en un restaurante (el local donde, treinta y cinco años antes, había estado el pequeño supermercado en que me habían pillado ahora es un restaurante de comida china). Siendo ya un hombre maduro iba decidido a decirle a Angélica que mucha gente que de muchacho había tomado por amigos no lo habían sido en realidad. Aludí al caso de Tere, su ex vecina, y le traté de exponer argumentos en línea a lo escrito en páginas anteriores. Recuérdese que pocos años antes le había mandado borradores similares a los que publico en este libro: textos sobre lo que he sentido sobre el país en que nací. En julio de 2004, apenas unos pocos días después de la última vez en que nos vimos en el restaurante, Angélica me envió un e-mail:

Hola César:

Leí de nuevo tu libro. Está bien. Creo que algunas cosas me parecieron demasiado racistas, por ejemplo tus comentarios sobre tu país. Tu trabajo se demerita por tu estúpido racismo: nacos, etc.[1] Tú que buscas ser tratado como un ser humano no tratas a los demás como lo que pides. De verdad, me dio una profunda tristeza verte tan agresivo y deteriorado.

Creo que no te conté el final del sueño. Yo me quedaba llorando y así fue. Cuando me fui en el metro me dio una depresión y me solté llorando. Créeme que te estimo más de lo que me imaginaba. Tenía muchas ganas de verte y de abrazarte pero tu máscara me lo impidió. Ojalá puedas leer este correo.

Un abrazo,

Angélica.

No le contesté. La reunión del restaurante había sido una reunión forzada, y seguramente será la última que la veo. Pero quisiera decir algo sobre la máscara que mencionó. Angélica había tenido un sueño, uno de esos que retratan una situación. Me había soñado frío y distante, con una máscara negra; y en el sueño vio una mujer que parecía la responsable de todo eso; a quien, dentro del mismo sueño, Angélica relacionó con mi madre.

En la vida real fui frío con ella en el restaurante, y eso contrastó dramáticamente con el amigable chaval que Angélica conoció en su departamento casi veinte años antes. Porté una máscara negra en el sueño y en la vida real fui vestido de negro a mi cita con Angélica.

Respecto a su comentario que me estima mucho también lo he escuchado en boca de gente que no quiero ver. Como Tere y Angélica, muchos hipócritas dicen estimarme. Pero muy pocos me dicen algo significativo cuando les abro mi corazón al poner en sus manos una impresión casera de la Carta: el núcleo de mi dolor y la llave que abre la puerta a mi vida posterior. Aunque Angélica es profesora de sicología, no mostró compasión alguna sobre lo que conté en esa epístola. Y de los otros textos que leyó no se le ocurrió que si mi padre hubiera aceptado emigrar jamás habría escrito una línea despectiva sobre México, aunque sí sobre los Estados Unidos. En su mente mi grito de soledad ante una cultura que ha dejado de ser la mía apareció como “estúpido racismo” (en mi blog en inglés aclaro este punto).

Más grave es que la profesora de sicología tuviera menos compasión que Tere. Ésta al menos me había dicho que se sentía devastada; que sólo cuando tuviera fuerzas reanudaría la lectura de mi Carta, y que en un momento se le nublaron los ojos al leerme.

La sicóloga profesional ni siquiera tuvo ese atisbo de compasión.

Vale decir que en 1985 Angélica me había gritado horriblemente durante una discusión en que ella le daba toda la razón a mi madre. ¡Y era mi madre con quien ese año Angélica hablaba sobre mí (aunque, a diferencia de Tere, Angélica lo hacía por teléfono)! La sicóloga interpretó mi resentimiento tardío como “agresividad y deterioro”. Es irónico que me haya visto así cuando me encontraba enormemente robustecido comparado con el veinteañero de antaño. Le gente se acostumbra a la docilidad de las personas dañadas por sus padres y con baja autoestima, y un cambio para bien lo ven como algo malo. Yo sólo he estado “deteriorado”, por usar la palabra de Angélica, cuando por falta de una testigo conocedor no podía confrontar a las mujeres mayores (Angélica y Tere son mayores que yo).

Hace muchos años presencié cómo Angélica regañaba a su hijo de tres años con la amenaza: “¡Te voy a cortar los huevitos!” Betito se puso a llorar. Angélica y Tere dicen estimarme. La verdad es que hay mucha gente que, como ellas, carecen de empatía por los sentimientos de otros. Lo que estiman no es la persona real, sólo una faceta o imagen unidimensional que de la persona tienen. Quien tenga la suerte de contar con un oído amigo, alguien con quien comunicar las dimensiones del alma, sabe que intentar trasmitir los secretos del corazón a un sujeto sin empatía es como hablarle a Golem.

La falta de empatía siempre tiene la misma causa. La última vez que la vi Tere me contó una historia espeluznante perpetrada por su abuelo con sus hijos. Una vez que uno de sus hijos cumplía doce años lo llevaba a otra ciudad para abandonarlo: le decía que, desde ese día, tenía que subsistir él solito. Ni siquiera lo llevaba con un pariente o con conocidos. Lo dejaba en las calles mexicanas y no lo volvía a ver en vida.

Tere y Angélica fueron, al igual que el trío de la tertulia, víctimas de extremos malos tratos. Y no sólo eso. Como los de la Cineteca tienen sepultados los sentimientos de cólera hacia sus progenitores. Irónicamente, la represión fue mayor en la profesora de sicología que en Tere, quien al menos me contó la historia de su abuelo, o los cineastas, quienes también hablaron de su pasado. Mientras más terrible haya sido el maltrato del padre y mayor la represión, menos empatía desarrollará la hija hacia su propio hijo (ya podemos imaginar el saldo que constantes amenazas de castración puede ocasionar en un niñito de tres años).


Los analistas

Habrá quienes, después de leer la historia de arriba, pensarán que no son los sicólogos, sino los sicoanalistas, los expertos en psicología profunda: profesionales que se interesan en las vidas de sus clientes, especialmente en los terrores de su infancia.

Esto es un mito. No repetiré el exposé de mi libro anterior sobre el sicoanálisis porque actualmente nadie cree en su piedra angular. Freud decía que su edificio ideológico descansaba en su descubrimiento del complejo de Edipo: que los padres resultan ser para el niño una fuente de apetencias sexuales, de las que ha de inhibirse. Se necesita ser demasiado imbécil, o ver a Freud como un gurú infalible, para creer semejante cosa.

Por muchos años Alice Miller practicó su profesión de sicoanalista en Suiza. En sus primeros tres libros, Das Drama des begabten Kindes (El drama del niño dotado), Am Anfang war Erziehung (publicado en castellano bajo el título de “Por tu propio bien”) y Du sollst nicht merken (Prohibido sentir) Miller creía que sus descubrimientos no eran incompatibles con el sicoanálisis. Pero a finales de los ochenta e inicios de los noventa rompió abiertamente con su profesión con la publicación de Der gemiedene Schlüssel (La llave perdida), Das verbannte Wissen (El saber proscrito) y Abbruch der Schweigemauer (Derribando el muro del silencio). Gente como Miller, Jeffrey Masson y otros descubrieron que un analista es alguien entrenado para no escuchar a su cliente.

Antes de familiarizarme con el pensamiento de Miller, que me ayudó a distanciarme aún más de los sicoanalistas, solía frecuentar a una pareja de jóvenes analistas lacanianos: Solbein y Héctor Escobar. El mismo año que les di copias de mi manuscrito a Tere y a Angélica, le di otra a los Escobar. A Héctor, quien había hecho la carrera de sicología, le encantó y la devoró en un día y medio. En un café habló de mis habilidades literarias —como dije, algo que no me interesa— y también habló como sicoanalista: “El problema surgió con ese yo que destructuró tu mamá”. Héctor fue muy cordial y cálido, pero su término analítico (“destructuró”) fue frío y lejano a lo que mis páginas en realidad gritaban (compárese con mi metáfora “una daga en el corazón”).

A Solbein también le gustó mi libro y fue ella quien, cuando me senté con ellos en el café, sacó sobre la mesa el tema del manuscrito que les había dado. Pero hizo un comentario gélido: dijo que no notaba muchas diferencias con los casos que veía en su consulta. ¡Era como si alguien le dijera a un sobreviviente del Gulag simplemente que su historia no era disímil a otras de zeks! La manera en que concluyó su comentario fue horrísonamente seca:

“Son experiencias comunes en clínica”.

Las palabras de la analista me recuerdan ni más ni menos al temible doctor Amara cuando éste leyó la epístola a mi madre. Ante las evasivas de Amara en su consulta le pregunté: “¿Pero qué crees de lo que digo, que la causa de que mi problema fue la madre?” En mi anterior libro cuento que Amara respondió: “Es miopía”, y que explicó que en toda familia existen neurosis, y que la mía era simplemente una familia neurótica más. Además de esta insólita semejanza, Solbein me dijo que la tesis analítica que escribía hacía referencia a etapas místicas en gente que había tenido a padres ausentes. En mi diario escribí que me sorprendió que no le haya conmovido la tragedia de la tortura física que me infligieron mis padres: las levantadas diarias de la cama después de dormir muy pocas horas, algo que nada tiene que ver con “un padre ausente”. Refiriéndome a sus comentarios, en mi diario anoté que estos lacanianos “No tocan a la gente, ni al Sujeto del que tanto hablan, sino que lo invalidan al hablar objetivamente de él”. Aunque Héctor fue mucho más cálido, escuchó a su esposa sin percatarse de lo espantoso que, para quien busca consuelo, suenan términos como “clínica”: palabra que también había usado Angélica en una de sus misivas. Para un autobiógrafo inmerso en las humanidades lo repulsivo del lenguaje en sicología y sicoanálisis se descubre en la siguiente anécdota.

En tiempos en que entregué mi manuscrito a los Escobar solía comer en un restaurante en el centro de Coyoacán en la Ciudad de México, un lugar en extremo populoso. Para el ermitaño pocas cosas son más execrables que el gentío, los vendedores ambulantes y el ruideral de las aglomeraciones. Como carecía de cocina en mi vivienda, sufrí mucho al tener que abrirme paso diario a través del hormigueo humano al ir a comer. Pero, oh milagro, cuando me encontré a los Escobar en ese sitio supe que el sacrificio de haber pasado ahí por semanas había valido la pena. Por dignidad no les había hablado por teléfono para preguntarles qué opinaban de mi texto. Esperaba que la iniciativa surgiera de ellos. Pero al igual que el día en que comí con Tere, y también en Coyoacán por cierto, mi corazón ardía por saber qué dirían los jóvenes analistas sobre mi vida. ¡El franquear diaria y penosamente esa marabunta de neandertales, me dije, valió la pena para encontrármelos! Y es que en mi imaginería previa al encuentro en el café me imaginaba a una Solbein compasiva y entendedora que me explicaba, con su saber, mis confesiones escritas.

Pero cuando en la vida real llegué a lo que creí que sería un oasis de comprensión, sólo encontré arena. El manuscrito íntimo sobre la gran odisea de mi vida simplemente describe “experiencias comunes en clínica”.


____________________

[1] En México “naco” o “naca” es una palabra aún más ofensiva que “gata”. Designa al indio torpe y falto de educación que emigra a la ciudad.

Páginas 376-382 de Hojas susurrantes


Un analista de rostro humano

Una vez más, se me dirá que me equivoqué de personas: que los Escobar fueron casos desafortunados y que en el mundo hay profesionales capaces de entender una tragedia como lo que es: una tragedia. Veamos ahora qué me sucedió con el analista más benévolo que he conocido.

El doctor Carlos García les había prestado dinero a mis padres cuando éstos iban a ser expulsados de su casa de Tlalpan por no pagarla. Asimismo, cuando a mis veintitrés años me encontraba desempleado, García me invitó a jugar ajedrez con él una vez a la semana y me pagaba las clases. Casi dos decenios después, el mismo mes de mi desencuentro con los Escobar, fui a su casa a entregarle personalmente una copia de mi Carta. Veamos qué dice mi diario de ese encuentro en el estudio de su hogar:

15 de julio, 1998

Hoy fui a ver al doctor García y me sorprendió con varias cosas que corroboran mi visión de él como una buena persona. Por ejemplo, me dijo “Nunca he internado a un paciente desde 1960” y usó la palabra “maldición” de Szasz, con quien dice estar de acuerdo, al referirse a la etiqueta siquiátrica. Le caía bien Laing por su colorida personalidad, y me dijo que tocaba el fagot y que había muerto jugando tenis en Mónaco.

Además, y esto es novedoso pues matiza lo que escribí en páginas anteriores, reivindicó el rol de los analistas benévolos como él. Me dijo que en los simposios de siquiatras le habían dicho descaradamente “Eso no sirve” —el sicoanálisis—. “Aquí es donde se hace lana” —la siquiatría—, ya que los siquiatras ganan el cuádruple de los analistas. Ha tenido pacientes esquizofrénicos y una “etiquetada” —usó esta palabra— de maníaco-depresiva que le habían recetado litio de por vida, pero él la dejó bien sólo con terapia, quitándole la medicina. El loquero que la había tratado antes “era de la línea de ése”, me dijo, señalando un libro de Ramón de la Fuente.

Este fue un espléndido inicio y todo sugería que por fin había encontrado un oído amigo en un profesional. Un médico que reconoce el fraude en su profesión puede ser garantía de buenos sentimientos hacia las víctimas de los padres y los médicos que aquellos pagan para controlarlos. Un mes después de que le entregué mi manuscrito le hablé ilusionado a García para ver qué impacto había causado mi preciado texto. No sé taquigrafía, pero logré anotar algunas importantes frases escribiendo lo más rápido que pude mientras me hablaba por teléfono:

17 de agosto

“Está muy bien escrito. Es un buen testimonio, como la carta de Kafka. En mi opinión hay que quitarle el problema intrafamiliar: al quitar los nombres podría tener un carácter de buen testimonio para ser conocido socialmente; hay que quitar el carácter de denuncia y darle más función social, colectiva. Tiene acción curativa. Es un libro contra las instituciones familiar, médica y en particular, ejem, de salud. Con seudónimos… ojalá y se pueda publicar”.

Esta opinión me animó e hice una nueva cita con él. Pero debo confesar algo.

Años antes me había sentido ofendido con García cuando en su consulta defendió a Amara frente a mi denuncia. Eso sucedió antes de que iniciara mi investigación de la siquiatría y pudiera presentar mi caso adecuadamente en un libro. Pero los comentarios de García sobre mi Carta me reconciliaron con él, al menos momentáneamente.

El día en que lo vi, de nuevo en la consulta de su casa, escribí en mi diario estas reflexiones:

28 de agosto

Hoy fui a verlo y estuve hora y media hablando con él. Me equivoqué en mis soliloquios al creer que García no fue compasivo. Lo primero que dijo sobre mi Carta a mamá Medusa fue: “Me asombró mucho. Me afectó”.

Y sí habló de Amara: que no hubo comunicación, aunque recuerdo que fue ambiguo sobre la culpa (dio a entender que había que averiguar de dónde provino el error). Pero sí dijo que en lugar de querer entender la dinámica familiar Amara recurrió a fármacos. Este comentario y otros acaban con el resentimiento que le tenía cuando hace mucho repudió mis críticas a su colega. También habló de la terrible falta de comunicación con mis padres de adolescente. Ese fue el año [1974] en que García me conoció por la escuela de música de mis padres [donde los mismos hijos de García estudiarían]. Fue incomparablemente más humano que Angélica, Héctor y no se diga Solbein. García me corroboró que no hay en México ningún médico que se oponga públicamente a la siquiatría. Casi al principio habló de “la situación de alto riesgo” en la que me encontraba de adolescente. Pero añadió que sería “panfletario” si no ponía seudónimos; que era “la única objeción” que le hacía a mi texto.

Así que a García me aconsejó lo mismo que Tere: le preocupaba más la imagen pública de mi familia que mi necesidad de airar el caso. Sin haber asimilado este hecho, dos años después le enviaría el segundo libro de mi serie, Cómo asesinar el alma de tu hijo. Una vez más, escribí lo que me decía mientras le hablaba por teléfono. Los corchetes y puntos suspensivos significan que no alcancé anotar completas sus frases, pero los fragmentos son significativos para saber lo que García pensaba.

9 de junio, 2000

¡Qué decepción! El doctor García me dijo:

—Leí la mitad. No lo he terminado; se ha ido agudizando la cuestión de la vista. De lo que he leído creo que está usted perdiendo tiempo y energía vital en la cuestión familiar. [Hay que] ponerle raya, punto y aparte y dedicarse a otras cuestiones.

“La crítica a la siquiatría es un tanto anticuada; siento que es anacrónica, como esa crítica al doctor Amara. Hasta donde he leído, si reorientara sus capacidades de crítica en otro campo [...]. Creo que sí hubo una serie de malos entendidos y dio lugar a un sufrimiento [...]. Mi punto de vista [es que Vd. debe abandonar su proyecto para que] no siga pagando la hipoteca de lo que le sucedió en la juventud. [Sugeriría que] la cuestión del doctor Amara la dejara a un lado”.

Le pregunté “¿Son amigos?” y me contestó: “No propiamente. No nos tratamos; no sé de sus actividades. Mi opinión no está influida por una cuestión de amistad”.

El pequeño sermón de García me ocasionó una descomunal indignación. De hecho, me embarqué en una reflexión de varios días que me hizo llenar de improperios a mi diario. A García no le respondí ni oralmente ni por escrito porque habría sido inútil. Pero el mismo día de sus consejos paternalistas anoté este soliloquio:

¿Recuerdas su defensa de Amara hace años que me hirió? Bien: se repitió la historia.

Todo esto corrobora mi visión de que sólo los apóstatas de una ideología comprenden la realidad. García es un analista. Nunca apostató de su profesión: es parte del gremio. Sus alianzas internas no le permiten ver la realidad. Es como Héctor Escobar: buenas gentes pero equivocados. ¡Para nada debo relacionarme con ellos! No le debo volver a hablar. Tienes que aceptar tu soledad, César: ningún profesional podrá entenderte dado que la profesión misma es una trampa.

Ahora se cierra la última puerta…

11 de junio

Una de las tonterías que García me dijo que no anoté antier fue que seguir en mi rollo literario me “podía perjudicar”.

Eso demuestra que los analistas no saben nada de la mente. Lo que García ignora (“para que no siga pagando la hipoteca de lo que le sucedió en la juventud”) es que no se puede emprender una vida distinta sin dinero. Y aun con dinero yo escribiría primero y sólo después me dedicaría al cine, por la sencilla razón que es ahora cuando mis soliloquios de esos años están vivos y requieren ser capturados. Llevo décadas como filósofo de montaña y sería un crimen que, de dedicarme a otra cosa, se me fueran de la memoria. No veo en qué otra área podría ayudarme más y a otras víctimas que contando mi vida.

17 de junio

Hay algo más grave en la respuesta de García. Si Amara sigue destruyendo a adolescentes es profundamente inmoral decir “déjalo a un lado”. Ese consejo presupone como un hecho absoluto que Amara no ha destruido ni está destruyendo a otros jóvenes. García no negó mi acusación, simplemente la ignoró por más obvio que sea el hecho que, dado que Amara y otros siquiatras continúan haciendo esas cosas, mi testimonio serviría para combatirlos.

Sin saberlo, García es parte del sistema. Su mensaje parece ser: Tu texto me mueve el tapete (¡usó esas palabras!). No lo leeré todo: se me puede caer la visión que tengo de mis colegas.

27 de junio

Otra cosa. Esa respuesta de García, aliarse internamente con alguien que merece un juicio de Nuremberg, demuestra que la terapia es realmente algo muy malo. No hay manera de eludir esta conclusión: si en otro tiempo García me hubiera regañado por denunciar a su colega, me habría confundido terriblemente. Bueno: algo similar me sucedió con él hace años, pero en 1976 me habría asaltado el pánico. Debo usar esto en el futuro para mostrar lo certero de la postura de Jeffrey Masson: Toda terapia es tóxica. Ahora sólo lo odio. De adolescente me habría dañado.

Imagínate esto: supongamos que mi libro ya se publicó y que se vende bien. Si un periodista entrevistara a García para hablar sobre la novedad literaria no podría haber salido con el consejo que me dio. No habría sido tan fácil evadirse. Tendría que haber enfrentado lo que escribí en esa mitad que leyó. Pero el hecho de hablar con un analista en privado se presta a que se violen las más elementales reglas de la lógica y el sentido común. Los terapeutas desprecian lo que les dicen sus clientes y se evaden como niños. Es demasiado evidente que a los Amaras, Santarellis, Krassoievitchs, Millanes, Corrales y hasta Garcías [los analistas que me han ofendido] sólo debo confrontarlos en mis escritos. En otras palabras, su consultorio es el cuarto de la Wonderlandia aquella donde las acusaciones son ignoradas, desoídas.

Es claro, César, que no debes esperar nada de quienes anden en la secta del sicoanálisis, incluyendo aquellos que originalmente mostraron tener buen corazón. Todos pertenecen a una cuasi-religión y no apostatarán de ella. Se llevarán sus creencias a la tumba. Olvídate de ellos. De no ser tan religiosos, García y Escobar podrían haberme llamado para que discutiéramos cortésmente nuestras diferencias. No lo harán: este es un mundo sin moral y el caso García lo ejemplifica. En vez de decirme algo sobre mis acusaciones se cerró como mi hermana Corina: aconseja. Tal parece que el tabú sobre estos temas está mucho más cundido de lo que esperaba. No sólo son mis papás. No son sólo los viejos tío Beto y Madrina ni mis primos Héctor, Octavio y Carmina. También está cerrada la gente que está de acuerdo con el mismo Szasz, como García (y no se hable de los doctores Santarelli, Millán y otros analistas de renombre que me han ofendido terriblemente).

Ese es tu mundo César, te guste o no. ¿Cómo definirse ontológicamente en la vida si todos te aplican “el tratamiento del aire”? No existo para ellos ni existiré. Soy “aire”. Mi rollo es para otra gente.

No des más tus perlas a los puercos.

28 de junio

No puedo dejar a García en paz. Pienso en las frases “esa crítica al doctor Amara…”; “hubo una serie de malos entendidos…” Yo no critiqué a Amara: ¡lo denuncié! Usar la palabra “crítica” sugiere algo así como una opinión, un punto de vista; como si en mi libro no hubiera hablado de acciones criminales, ¡no de “malos entendidos”!

Ve ahora esto: “Si reorientaras tu capacidad de crítica a otro campo…” ¡Figúrate decirle a Solyenitsin que reoriente su capacidad de crítica a un campo ajeno a Rusia!

Muchas cosas pienso sobre García. Es un estupendo marcador de lo mal que anda su profesión.

García también me dijo por teléfono que en el Instituto Nacional de Psiquiatría (INP) “no habían permitido el ingreso de [x persona] porque era involuntario”. Con este argumento trató de rebatir mi manuscrito (“La critica a la siquiatría es un tanto anticuada”) al suponer que en los últimos años la profesión se ha vuelto más humanitaria.

Perplejo me quedé. No podía ser que yo, décadas más joven que García, supiera que el INP es el único siquiátrico en la Ciudad de México en que el internamiento es voluntario. ¡En el gran siquiátrico vecino al hogar de García, el Hospital Fray Bernardino Álvarez, se practica la siquiatría involuntaria como electrochocar a los internos! El INP también lo hace, pero les lava el cerebro para que se sometan a la terapia con su consentimiento. Eso sí: no se les advierte que la “terapia” produce amnesia. Una señora que estuvo internada en el INP me dijo en 2005 que los electroshocks que le aplicaron allí le borraron las memorias sobre un viaje. Vale decir también que el director del INP, Gerard Heinze, me dijo personalmente que él menciona la palabra mágica “Fray Bernardino” para intimidar a sus pacientes a que se sometan a la “terapia” del electroshock.

La ignorancia de García sobre la siquiatría del año 2000 estriba en su increíble —realmente increíble— ceguera ante las violaciones a los derechos humanos que se cometen a unas cuadras de su casa. ¡El único siquiátrico del país que encierra a niños, el Hospital Infantil Juan N. Navarro, también se encuentra cerca de su casa! ¿En qué burbuja vivía encapsulado el doctor García? (al corregir la sintaxis de este libro en 2008 me enteré que había fallecido). Unos meses antes de que García me dijera que la crítica de mi manuscrito era obsoleta, la revista mexicana Proceso había sacado un artículo de portada denunciando los crímenes cometidos en un siquiátrico nacional. Continúa mi diario del año 2000:

29 de junio

¡Ay García: no te puedo dejar! Hace dos años me dijiste que la etiqueta de esquizoide es “etiqueta” y “una maldición como dice Szasz”. Pero cuando un colega tuyo me etiqueta de adolescente estando yo perfectamente cuerdo, y de adulto quiero denunciarlo, entonces me dices: “Hay que dejar de lado a Amara”. ¿No es esto una esquizofrenia precisamente?

La cólera ocasionada por los regaños del viejo amigo fue tal que en mis diarios seguí correteándolo esporádicamente en 2001, 2002, 2003 y hasta 2004. Pero lo citado es suficiente para proveer una idea de la bilis que derramé por sus regaños.

Carlos García hizo exactamente lo mismo que me había hecho mi seudoamiga Tere. Ambos me aconsejaron que abandonara mi proyecto literario. No se percataron de que, por el solo hecho de darme ese consejo, ellos mismos se convertirían en personajes de tal proyecto. La única diferencia es que Tere quería disuadirme de que publicara mi Carta, donde denuncio el crimen de mis padres; García quiso disuadirme a que publicara Cómo asesinar, donde denuncio a Amara.

Tanto para Tere como para García y muchos otros los crímenes que la sociedad comete con un hijo de familia deben permanecer ocultos. Nadie ha de pronunciar nombres. Este par me recuerda al primer prófugo del Gulag que escapó de una isla del archipiélago y publicó un libro sobre sus experiencias. En un mundo loco en que se adoraba a Stalin, el testimonio del prófugo fue ignorado y su autor fue objeto del mismo tipo de improperios que recibí.

Páginas 382-390 de Hojas susurrantes


Szasz, MacLaine y Breggin

Y ahora algunos me dirán que no son ni los siquiatras ni los sicólogos ni los sicoanalistas, sino los críticos de las profesiones de salud mental con quienes debí haber intentado comunicarme.

Otro mito. A principios de siglo la activista Carmen Ávila me orientó para investigar a la siquiatría mexicana. Aunque elogió mi Carta, me aconsejó lo mismo que Carlos García: reescribirla con seudónimos. Ávila insistió reiteradas veces en este consejo sin caer en cuenta de que preocuparse por los intereses de una familia que se llevará su pecado a la tumba ofende a la víctima de esa familia. Quien no ha sido educado en la pedagogía negra no objeta denunciar un caso de padres abusivos a la luz pública (aunque reconozco que entenderlo me costó largas agonías).

La señora Ávila se especializa en los abusos de la profesión médica con los niños y hace campañas en contra de la drogadicción siquiátrica de aquellos etiquetados de hiperactivos. A diferencia de García, Ávila ha celebrado con entusiasmo mi denuncia pública del doctor Amara. Como ambos hemos luchado contra la siquiatría, Ávila me tiene en alta estima. Sin embargo, como al resto de la humanidad los anhelos de denuncia hacia la figura de la madre le asustan.


Thomas Szasz

Podría pensarse que Ávila me aconsejó reescribir mi libro porque es una abuelita que a veces asume el papel de una mamá. Pero cuando se toma nota de lo que escriben los más encumbrados críticos de la siquiatría, peores actitudes están de por verse.

En su libro Cruel compassion y en una conferencia en Los Ángeles a la que Ávila asistió, Szasz denunció la colusión entre padres abusivos y siquiatras. No obstante, el decano en la lucha civil contra la siquiatría omite el hecho que estos padres pueden enloquecer a un hijo. Esto es evidente a lo largo y ancho de su obra, y la razón aparece expuesta en The meaning of mind.

En ese libro Szasz afirma que la mala conducta del adulto no puede rastrearse “al maltrato infantil o al abuso sexual”. En contraste con esa afirmación, para Richard Rhodes y su biografiado, el criminólogo Lonnie Athens, todo criminal tuvo una infancia o adolescencia desgarrada (lo que no significa que todos los maltratados se conviertan automáticamente en criminales, dado que algunos contaron con testigos auxiliadores, o desarrollaron mecanismos neuróticos de defensa). Pero Szasz va más allá. Hablando como un calvinista escribe que el pobre es culpable de su pobreza, y por si fuera poco al final de su libro cita una de las peores mariguanadas de Sartre: que uno merece su propio destino.

La declaración de Sartre no sólo es una locura ideológica: es perversa por haber sido pronunciada en un siglo tan genocida como el siglo XX.

La lectura del libro de Szasz me hizo escribir una reseña de ruptura que a continuación traduzco, aunque revisada.

Tom Szasz fue un espíritu tutelar por un buen tiempo. Me hizo ver lo que son la siquiatría involuntaria y las llamadas sociedades libres. Su análisis sobre la nuevahabla siquiátrica, su concepto del Estado Terapéutico, su postura tanto en contra del biorreduccionismo siquiátrico como de Freud, y especialmente su calibre moral y amor a la libertad, han ejercido su impronta en mi pensamiento. Quien quiera conocer a un verdadero disidente del sistema debe leer a Szasz. La fabricación de la locura es un buen punto de partida.

Pero mi querido tutor se ha extraviado en unos pasajes de The meaning of mind. Szasz simplemente no entiende lo que sucede en las cabezas de quienes han cruzado por crisis psicóticas. Comete el mismo error de los siquiatras: “¡No los escuchen!”

Hay una manera de entender a la gente que ha pasado por una crisis: leer lo que han escrito. Por ejemplo, el libro de John Modrow How to become a schizophrenic es una ventana a la mente del autor y a la dinámica de maltratos que lo volvieron, temporalmente, loco. Como Modrow envió el manuscrito de su libro a Szasz, y como éste lo leyó, no hay excusa de esos pasajes en The meaning of mind donde Szasz culpa a las víctimas de sus alucinaciones, delirios de grandeza y otros desvaríos. ¡Szasz incluso culpa a la pobre de Virginia Woolf de las voces que oía!

Szasz no está preocupado por lo que una persona siente al sufrir un ataque de pánico y perder la cordura. Aborda el proceso de enloquecer como si fuera una experiencia cotidiana que puede entenderse con el más común de los sentidos. Pero Szasz nunca ha tenido un quiebre psicótico. Modrow lo ha tenido. Modrow posee la llave para entender el mundo de los locos. Szasz no la tiene.

Quien realmente desee saber algo sobre el tema debiera leer no sólo el estudio de Modrow, sino los libros de Alice Miller. El modelo del trauma de las perturbaciones mentales es la única alternativa racional al modelo médico de los siquiatras. Es increíble que casi nadie haya oído hablar de él.

El maltrato parental, consciente o no, es la causa primordial de los trastornos en los seres humanos, incluso en el adulto neurótico. Szasz hace el increíble pronunciamiento de que “el maltrato infantil, el abuso sexual, la ignorancia, la pobreza” no son factores causativos (pág. 37). Además, Szasz declara que “el autismo es una condición apenas entendida, quizá causada genéticamente” (pág. 56). Esta es una afirmación increíble por haber salido de la pluma de uno de los mayores enemigos de la siquiatría biológica (el autismo es una condición probablemente causada por una madre sin empatía con el bebé).[1]

He aquí otra declaración de Szasz que encuentro increíble: “Si al tratar de equilibrarse las voces molestaran [al esquizofrénico] más que complacerle, dejaría de tenerlas” (págs. 130s). Esta es una declaración tan estúpida que no vale la pena rebatirla. Continúa Szasz: “No obstante, la gente que alucina rehúsa voluntariamente a tomar drogas siquiátricas, prefiriendo la compañía de sus voces”.

¡Guau! ¿Fue esto escrito por el gran Thomas Szasz o es un eslogan publicitario de una compañía de psicofármacos?

“Como sugerí anteriormente, el paciente esquizofrénico que alucina o que tiene delirios es profundamente deshonesto consigo mismo” (pág. 130).

Es innecesario continuar citando estos increíblemente estúpidos pronunciamientos. Baste decir que Szasz es absolutamente ignorante sobre lo que es un infierno mental. No me canso de repetir que, como el proceso de enloquecer es una vivencia subjetiva, tanto Szasz como su enemigo, el siquiatra ortodoxo, no tienen derecho a interpretar lo que sucede en las mentes de quienes lo padecen. ¡Dejemos hablar a quienes han cruzado por esas crisis!

Quisiera terminar esta reseña con una cita no de Szasz, sino del libro de Modrow, cuyos abusivos padres fueron internalizados en el pobre chico que fue: “Después de cada asalto de estos perseguidores internos, el ego del individuo se retrotrae más y más detrás de una fortaleza cada vez más evacuada hasta que, en palabras de Peter Rosenbaum, el foso del castillo está vacío; el puente está tendido; los centinelas ya no pueden hacer la guardia; el inconsciente toma por asalto al consciente y el caminante sonámbulo de Jung sale por fin a la superficie”.

Vale especular que, como por muchos años Szasz dio consulta privada, de haber ido a verlo me habría ofendido como lo hizo Elsié (“Hay que culpabilizarse a uno mismo de lo que nos sucede”). El que Szasz haya citado a Sartre; el que haya culpado a los pobres y a los trastornados de su condición, me alarma. Los pronunciamientos de los filósofos más serios frecuentemente son indistinguibles de las afirmaciones más bobas del new age.

La postura de Szasz y de Elsié, idéntica a la basura esotérica de Shirley MacLaine (“Uno mismo crea su realidad”), puede parecernos risible. Pero muchos otros críticos de la siquiatría que no hacen este tipo de pronunciamientos también se ciegan ante el saldo que la violencia familiar ocasiona.


Breggin y sus epígonos

En mi anterior libro había dicho que el siquiatra Peter Breggin ha denunciado la locura à deux entre el padre que maltrata a su hijo y el siquiatra que droga no a los agresores, sino al niño agredido. De hecho, entre los renombrados críticos de la siquiatría quien más se acercó a mi visión de los hechos fue el doctor Breggin. Infortunadamente, al igual que Szasz los sucesores de Breggin padecen de un espantoso punto ciego.

Los críticos de la siquiatría que florecieron alrededor de los años sesenta, y el paradigma sería Ronald Laing, vieron lo más importante en su profesión: la familia es la responsable de los desajustes mentales. Sin embargo, apenas concebido el embrionario movimiento antisiquiátrico propuesto por Laing y otros fue abortado. Los críticos de hoy día son mucho más políticamente correctos que los de los años sesenta, incluyendo las asociaciones de sobrevivientes de la siquiatría. Aunque combaten a la siquiatría biologicista, estos profesionales y sobrevivientes no ven lo que tienen enfrente: los padres abusivos son la causa número uno de los desajustes mentales. Desde este ángulo es muy superior la crítica a la profesión de Modrow y Miller, quienes no padecen de ese punto ciego.

EHPP son las siglas de Ethical Human Psychology and Psychiatry. Cuando me enteré que una revista creada por Breggin rebatía a la siquiatría, quedé encantado. ¡Eso es lo que el mundo necesitaba! Aunque ya en mis cuarentas, con ánimo juvenil envié a la revista una contribución original a la crítica académica de la siquiatría. Estaba muy entusiasmado y fantaseé en colaborar con varios artículos y reseñas de libros en la revista de Breggin.

Cual sería mi sorpresa cuando el nuevo editor, un tal Laurence Simon, me contestó diciendo que había que modificar lo relacionado al modelo del trauma. La condición para publicarme era bajarle el tono a la idea de que los padres abusivos pudieran dañar psicológicamente al hijo. La demanda de Simon me dejó atónito debido a que Breggin había escrito algunos pasajes indistinguibles de la postura de Miller; de hecho, Breggin menciona a Miller varias veces en sus libros. Laurence Simon, su sucesor, había girado ciento ochenta grados sobre lo que el fundador de la revista había escrito. En palabras de Simon, el modelo del trauma “ha perdido credibilidad desde hace mucho junto con todas las viejas teorías sicoanalíticas que culpan a la pobre madre”.

¡A la pobre madre! Simon no respondió mi pregunta si había leído a los más recientes proponentes del modelo del trauma. Tampoco respondió otra de mis misivas donde le señalé la existencia de libros más académicos sobre este modelo publicados en el nuevo siglo. En uno de sus correos electrónicos Simon incluso se quejó de que yo siguiera usando la palabra “trauma” en una versión modificada de mi texto. Aún tenía esperanzas de publicar en la revista de Breggin y estaba dispuesto a sacrificar algunos párrafos de mi artículo. Pero la postura antitrauma de Simon me hizo pensar que, al igual que mis atacantes de la Cineteca, el nuevo editor albergaba miedos recónditos sobre algo en su pasado.

La añeja obra de los autores que estudiaron casos de padres enloquecedores quedó fuera de mi artículo. Cedí en este punto, pero me pareció increíble que referencias a Theodore Lidz, Ronald Laing y Silvano Arieti, autores muy leídos en los años sesenta y setenta del siglo XX, tendrían que censurarse en la revista que había creado Breggin. Luego Simon reveló sus verdaderos colores al insistir que toda referencia al modelo del trauma, incluyendo las de autores contemporáneos, debía quedar fuera de mi artículo.

Me quejé con Andrew Levine, el encargado de responder las cartas enviadas a la organización que fundó Breggin, y con el coeditor Johnatan Leo. Ninguno respondió. Me quejé con Dominick Riccio, la directora de asuntos internacionales. Tampoco recibí respuesta. Me quejé con David Cohen, el editor anterior a Simon y un estrecho colaborador de Breggin. Cohen se puso del lado de Simon. Me quejé en varias misivas con Breggin mismo, el director de la organización que publica la revista. Breggin se escondió detrás en un muro de silencio. Insistí de nuevo y su esposa, Ginger Breggin, escribió algunas palabras con su puño y letra en una de mis misivas que me regresó a vuelta de correo. Ginger alegó simplemente que su esposo “ya no trabajaba” en la revista. Pero la verdad es que Breggin continuó liderando la organización que la publica, y su actitud me pareció inconsistente respecto a su postura previa, por no decir cobarde.

Sólo ahora me percato de que, al igual que lo había hecho con Szasz, había idealizado a Breggin. Fue muy duro para el idealista que fui despertar al hecho que, a pesar de que se ha dedicado a denunciar lo que los siquiatras hacen con los menores —asunto en que tan miserablemente se acobardó Carlos García—, Breggin no tenía la estatura que imaginaba. Es imposible transmitir en unos párrafos lo ofuscado que quedé por este pequeño affaire. No daba crédito a mis sentidos: que lo más importante de todo tuviera que quedar censurado en las páginas de la revista que había creado Peter Breggin.

En mis diarios íntimos de esos días escribí:

18 septiembre 2003

Tal parece que mi artículo no será publicado. Ve lo que me dice Simon este día, y mi respuesta.

Tuve que dar otra gran caminata en la calle entristecido por las resistencias del mundo incluso en quienes critican a la siquiatría. Como dice Miller, la mayor resistencia proviene de los profesionales mismos. Cada vez que me topo con un zopenco como Simon realzo más la figura de esta mujer.

Creo que debo hacer un intento con Cohen y Breggin pero dudo mucho que vaya a resultar. Como siempre, César, la gente es incomparablemente más neandertalesca de lo que imaginabas.

Ojalá y esto sea falso y Breggin me comprenda…

No comprendió. Incluso dos años después del rechazo de mi artículo aún no daba crédito a mis sentidos: que el editor de Breggin tuviera una postura contraria a algo que Breggin mismo había escrito. Así que en septiembre de 2005 hice un último intento de comunicación. Para asegurarme de que llegara mi carta se la mandé por Federal Express. Cito, corregidos, algunos pasajes de la misiva:

Estimado Dr. Breggin:

Quisiera mostrarle mi sincero agradecimiento por su trabajo. Cuando era adolescente mi madre arruinó mi joven vida poniendo neurolépticos en mi jugo de naranja sin que me enterara. Gracias a su trabajo ahora sé que la infernal acatisia que experimenté fue el resultado directo de la droga. Estoy de verdad agradecido por haberme iluminado en esta cuestión.

Le escribí dos o tres cartas en 2003 y 2004. Aunque ninguna fue contestada espero que ésta lo sea, y directamente por usted. El hecho es que Laurence Simon contradice lo que dice usted en el capítulo 2 de Toxic psychiatry. Permítame citar algo de su libro, que en mi opinión es uno de los mejores sobre el tema:

Más de un paciente mío ha iniciado su terapia precisamente con esos fragmentos de memoria antes de descubrir la agonía de su niñez y el nexo entre ésta con las tribulaciones presentes [pág. 24].

Posteriormente, parafraseando a Laing usted afirma:

Quienes enloquecen han sido víctimas de una crianza corrupta. La conducta que es etiquetada de esquizofrénica es una manera especial que la persona ha inventado con el fin de vivir una situación invivible. Lo que está mal no está “en el paciente”, sino en su familia y en la sociedad [pág. 31].

Usted hizo muchos otros pronunciamientos similares en el capítulo dedicado a la esquizofrenia bajo los encabezados “La familia”, “Humillación en la familia”, “Culpabilizando” y “¿Deben sentirse culpables los padres?” De hecho, la visión que usted presenta sobre lo que es etiquetado de esquizofrenia es idéntica a la mía. Por eso me encuentro tan perplejo ante el hecho de que su nuevo editor mantenga la postura opuesta: que la etiología básica de las psicosis es un misterio.

Estoy por terminar un libro que incluye una crítica extremadamente áspera de Laurence Simon y EHPP debido a que la postura de Simon (“la pobre madre”) es un insulto para gente como Modrow y muchos otros que han tenido madres terriblemente abusivas (y padres igual). Quisiera dispensarlo de tal crítica. Aquellos pasajes arriba en cursivas muestran que usted es —o al menos lo era al escribir Toxic Psychiatry— una persona muy comprensiva hacia los sobrevivientes; y también muestran que usted cree que hay algo de verdad en la afirmación de que algunos padres pueden enloquecer al hijo.

Así que por favor responda esta carta. ¿Cómo fue posible que su editor mantenga exactamente la postura opuesta a lo que usted dice en su libro más importante? Si el tema de los malos tratos parentales es cardinal para entender la perturbación mental, ¿por qué no ha tratado de despedirlo?

Respetuosamente,

C.T.

Los años subsecuentes al rechazo del editor y al muro de silencio tras el cual se escondió Breggin de mí representaron un gran enfrentamiento con la realidad. Además de resignarme a publicar mi artículo no en una revista especializada, sino en un blog, tuve que digerir el trago amargo de que los críticos de la siquiatría padecen los mismos miedos de los siquiatras, los analistas y los sicólogos. Por poner sólo un ejemplo: los estadounidenses editores de EHPP no publicaran un obituario, o aun mejor un homenaje, a Theodore Lidz: uno de los americanos más prominentes en el modelo del trauma de la esquizofrenia en los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta, quien murió en 2001 a la edad de noventa años. Incluso cuando Breggin y Cohen eran editores de EHPP no hallé un solo artículo en su revista sobre el trabajo de Lidz (u otros autores del modelo del trauma de los trastornos mentales).

Es claro y transparente que en las últimas décadas ha habido una clara regresión moral entre los críticos de la siquiatría.


___________________

[1] He intercambiado correspondencia con el Dr. Jay Joseph, un crítico de la moda de culpar a los genes de varios trastornos siquiátricos. La moda es inmensamente popular precisamente porque exonera a las madres de los niños autistas. En 2006 Joseph publicó The missing gene: psychiatry, heredity, and the fruitless search for genes en que rebate las teorías genéticas del autismo.

Published in: on febrero 4, 2012 at 1:30 pm  Dejar un comentario  

Páginas 390-395 de Hojas susurrantes


Laing y la antisiquiatría

Lo escrito arriba me lleva a un corolario a Cómo asesinar que, a falta de los pensamientos aquí presentados, no pude exponer en aquel libro.

La obcecación universal sobre los estragos resultantes del maltrato parental es la causa de la existencia de la siquiatría. Como los padres son tabú, por más de un siglo la profesión ha intentado encontrar el origen del mal en el lado equivocado, el cuerpo. Los progenitores no sólo son públicamente intocables: tampoco se nos permite ver sus acciones en la soledad de nuestras recámaras. Así que cuando, no contaminado por las taras sociales, un chico se atreve a decir que sus reyes padres van desnudos, la sociedad pierde completamente el quicio y etiqueta de loco al chico cuerdo que ha dicho la verdad. A través de la administración involuntaria de drogas asalta el cerebro no de los padres perturbados, sino del chico (análogamente, en la antigua Unión Soviética era la gente más cuerda, los disidentes, a quienes les inyectaban antipsicóticos). Esta fue la tragedia que intenté denunciar en mis anteriores libros, y es perfectamente explicable si partimos del hecho que la toda sociedad se esfuerza en obcecarse en este asunto.

Un mundo que se empecina en ver las cosas en negativo fotográfico no puede sino (1) atacar al niño víctima, o (2) ignorar al adulto en busca literaria de su tiempo perdido. De no existir esta visión en negativo la biosiquiatría no existiría: nuestros ojos y corazones nos harían ver el saldo que los malos tratos conllevan. Las perturbaciones psíquicas serían provincia del psicólogo, y se vería como un desatino que lo fuera del médico. Es más que irónico que los mayores críticos de la siquiatría hayan contribuido, con su ceguera, a perpetuar la seudociencia que atacan.

Para explicar esta situación quisiera mencionar que en 2005 un norteamericano me escribió una misiva quejándose de que lo que más le llamaba la atención es que, después de tanta década de activismo, los críticos de la siquiatría no hubieran hecho mella en la conciencia pública. La clave para entenderlo estriba en que los críticos mismos padecen de un punto ciego en el centro de su visión: algo similar a la banda negra que aparece en los canales de paga en la televisión. Si los críticos se niegan a ver lo central, que el maltrato parental causa las neurosis y las psicosis, y si a partir de esta banda negra se pretende iluminar a otros, no debe extrañarnos que la conciencia pública no haya despertado.

Para esclarecer este punto me referiré ahora a aquellos profesionales que no padecieron de este punto ciego.

A diferencia de Szasz y de los epígonos de Breggin, Lidz, Laing, Arieti y otros señalaban a los padres como los responsables de la psicosis en sus pacientes. Pero incluso éstos y muchos otros siquiatras no se solidarizaron con la víctima con la entereza y empatía que lo hacemos Miller y yo. Por ejemplo, en la Carta cité a Theodore Lidz:

También encuentro muy desagradable que, como las actitudes e interacciones de los padres son factores importantes en los trastornos de los hijos, algunos terapeutas y trabajadores sociales traten a los padres como villanos que han arruinado la vida de sus pacientes.

Aunque apenas lo vislumbré cuando escribí la epístola, ahora veo claramente en esta frase los típicos temores para hablar, en todas sus letras, de la culpabilidad parental. Al resistirse a decir que los padres abusivos son lo que son —villanos en la película del niño— Lidz aconsejaba alejar a la víctima de su padre.

La diferencia con Miller no puede ser mayor, quien aconseja alejar al agresor del hogar.

Al momento de revisar este capítulo, a mediados de 2008, veintiocho naciones han prohibido el castigo corporal a los chicos (aunque a veces con fines más propagandísticos que por un auténtico interés en la causa infantil, como es el caso de la Venezuela de Hugo Chávez). Las fechas indican el año en que entró en vigencia la legislación, comenzando por el país que puso el ejemplo: Suecia (1979); Finlandia (1983); Noruega (1987); Austria (1989); Chipre (1994); Letonia (1998); Croacia (1999); Bulgaria, Israel y Alemania (2000); Islandia (2003); Rumania y Ucrania (2004); Hungría (2005); Grecia (2006), Chile, Holanda, Nueva Zelanda, Portugal, España, Uruguay y Venezuela (2007); Costa Rica, Italia, Japón, Malta y Sudáfrica (2008). En Islandia, país que ilustra el consejo de Miller, las sanciones a los padres van incluso hasta tres años de prisión o una multa alta. Nótese que estos países han omitido incluir al abuso psicológico y emocional, el cual puede ser igualmente destructivo, o más incluso dado que todas las magulladuras son internas (piénsese en el caso Helfgott y en infinidad de otros padres esquizógenos). A pesar de estos avances legislativos, estas sociedades aún no pueden ver otras formas de socavación del estadio emocional de los hijos. Laing, quien sí se fijaba en las lesiones internas, estaba más cercano a Miller que a Lidz en cuanto a acusar abiertamente a los padres enloquecedores. Pero al igual que Szasz, Laing filosofaba desde una torre de marfil: desde la razón fría y distante de la víctima y sus sentimientos, tal como estaba de moda en la filosofía existencial de su tiempo. Mucho más llegaron a la persona real aquellos que, sin lastre filosófico alguno, abordaron el tema de la violencia doméstica: una revolución en psicología que inició en los años setenta y ochenta y aún no termina.

En el primer capítulo de El yo dividido titulado “Los fundamentos existenciales-fenomenológicos de una ciencia de las personas” Laing escribió:

Parece extraordinario que mientras las ciencias físicas y biológicas se han logrado imponer a las tendencias a personalizar el mundo de las cosas o a descubrir intenciones humanas en el mundo animal [es decir: al animismo], apenas si se ha constituido una auténtica ciencia de las personas a causa de la incorregible tendencia a despersonalizarlas o a cosificarlas.

Laing se refiere a los profesionales de salud mental en particular y a las ciencias sociales en general.

Si se sostiene que para no tener prejuicio debe ser uno “objetivo”, en el sentido de despersonalizar a la persona que es el “objeto” de nuestro estudio, debe resistirse a toda tendencia de hacerlo por creer que, con ello, uno está haciendo algo realmente científico. La despersonalización en una teoría que quiere ser una teoría de las personas es tan falsa como la esquizoide despersonalización de los otros y, en última instancia, no por ello es menos un acto intencional. Aunque se lleve a cabo en nombre de la ciencia, tal cosificación produce un falso “conocimiento”. Simplemente es una falacia tan patética como la falsa personalización de las cosas.

Al filosofar sobre el género autobiográfico llegué por cuenta propia a estas conclusiones. El animismo y el biorreduccionismo son psicopatologías antitéticas, una primitiva y tribal y la otra culta y urbana. Continúa Laing:

Es una desgracia que las palabras “personal” y “subjetivo” hayan sido empleadas con tal abuso que ya no pueden expresar ningún acto genuino de ver al otro en cuanto persona, sino que implican, inmediatamente, que uno está mezclando sus propios sentimientos y actitudes en el estudio que está haciendo de otro, de tal manera que deforma nuestra percepción de él. En contraste con lo honroso de “objetivo” o de “científico”, tenemos lo deshonroso de “subjetivo”, “intuitivo” o, lo que es peor aún, de “místico”. Es interesante, por ejemplo, que a menudo encontremos la palabra “meramente” delante de subjetivo, mientras que es inconcebible hablar de alguien como si fuese “meramente objetivo”.

Hasta acá estoy en perfecto acuerdo con Laing. Recuérdese el pasaje de los dos universos, el empírico y el interior; y que es tan real la existencia del universo subjetivo que basta pensar en nuestra muerte para comprobarlo. Sin embargo, a renglón seguido Laing añade:

El más grande de los psicopatólogos ha sido Freud. Freud fue un héroe. Bajó a los infiernos y se enfrentó a los terrores puros. Llevó consigo su teoría como otra cabeza de Medusa que convirtió en piedra esos temores. Quien ha seguido a Freud cuenta con el beneficio del conocimiento que trajo consigo al volver y que nos transmitió.

Como señalé en mi libro anterior, para Jeffrey Masson el sicoanálisis nació como una traición a las mujeres. El complejo de Edipo/Electra no fue otra cosa que un grotesco intento de volcar la culpabilidad sobre las víctimas que iban a la consulta de Freud a contarle historias de incesto. La teoría analítica es lo diametralmente opuesto a empuñar la cabeza de la Medusa. Si existe tal cosa como la antítesis del héroe, ese fue Sigmund Freud: un hombre que, si bien llegó al umbral, le dio miedo entrar a los infiernos y enfrentar los terrores puros (recuérdense mis sueños al comentar la pintura de de Chirico). Laing, un ídolo en mis veintes, retrató a Freud en negativo fotográfico y lo oscuro lo vio luminoso. Como muchos intelectuales de su época Laing fue seducido por la apoteosis del curandero de Viena, algo en lo que Szasz fue mucho más cauto.

Cuando releí a Laing lo hice con una mente renovada después de leer a Masson, Szasz y a otros críticos del movimiento sicoanalítico. En mi relectura del último capítulo de El yo dividido me percaté de que Julie, una de las pacientes de Laing, estuvo internada casi una década en un siquiátrico. Si Laing mismo no hubiera padecido de la objetividad cientista que critica, habría empatizado con Julie denunciando a quienes la encerraron. Cierto que, en absoluto contraste con Szasz y Simon, Laing culpó a madres como la de Julie de la psicosis de su hija. Sin embargo, en El yo dividido nunca aclaró que el solo hecho de encerrarla pudo agravar su condición. En lo que sí estoy cercano a Laing es que al leer su ensayo queda uno bajo la impresión de que la madre de Julie, más que la siquiatría, “asesinó a una niña”. Estas son las palabras de Julie hablando parabólicamente de sí misma: quiso decir que su madre asesinó su tierna alma. Ahora bien: la persona Julie, no el objeto del ensayo de Laing, necesitaba que la alejaran del siquiátrico y de la madre que la internó; que la llevaran a vivir lejos de su asesina. Cuando inició su crisis psicótica a los diecisiete años y decía “una pequeña niña fue asesinada” Julie pensó que debía informarle a la policía del crimen.

Su “delirio” estaba más cerca de la postura de Miller que a la del siquiátrico que la encerró. Las leyes de una nación debieran procurar encerrar al padre enloquecedor, no a su víctima (quien, en estado de psicosis florida, habría de ser cuidada en un recinto no represivo como el que presidía Laing). En una sociedad justa que no viera la realidad en negativo esto se haría, naturalmente, a través de la policía. Pero en su capítulo sobre Julie Laing jamás sugiere esto. De hecho, tanto la palabra víctima como una exhortación de justicia son los grandes ausentes en El yo dividido. Laing tampoco denuncia la re-victimación siquiátrica de otras mujeres claramente enloquecidas por su familia. En otro de sus famosos libros, La política de la experiencia, se limita a reprocharle a la sociedad malentender las psicosis. A veces Laing incluso parece participar del miedo universal de tocar al padre. Hablando de la madre de Julie Laing menciona uno de los conceptos de moda en los años cincuenta, la “madre esquizógena”, pero se apresura a añadir que, afortunadamente en su opinión, no se desató otra “cacería de brujas” en la historia: una falaz comparación con las mujeres etiquetadas de brujas siglos atrás.

Si hay algo que el mundo necesita, a través de la ley que bosqueja Miller, es llevar a la justicia a todo padre que asesine almas infantiles. La patología básica de nuestra sociedad es que este crimen, y sólo este crimen, debe permanecer no sólo impune sino invisible. Por ejemplo, Silvano Arieti, el colega de Laing al otro lado del Atlántico, habló mucho de sicoterapia en Interpretación de la esquizofrenia. Pero jamás propuso ingeniería social alguna para corregir de raíz el problema de los padres enloquecedores; y no lo hizo a pesar de que Arieti los culpa del estado psicótico de sus pacientes.

“A mi madre y padre” reza la dedicatoria de El yo dividido de Laing. “A mis padres”, la dedicatoria de Interpretación de la esquizofrenia de Arieti (esquizofrenia significa etimológicamente un yo dividido). Naturalmente, los más sofisticados pensadores sobre la locura también tuvieron padres. (En mi próximo libro escucharemos una clase sobre el problema del apego con el perpetrador que explica la tibieza de Laing, Arieti y otros.) No sino hasta pasando la mitad de El yo dividido Laing habla abiertamente de los padres abusivos. En contraste, Miller y yo lo hacemos desde la primera página de nuestros libros, y apasionadamente.

La lectura de El yo dividido, el mejor y más conocido de los ensayos de Laing, me convenció que no puede haber tal cosa como una ciencia de los sujetos. Visto desde afuera el sujeto se convierte irremisiblemente en objeto: una ofensa para quien quiere hablar con voz propia. Esta es precisamente la tara fundacional de la sicología académica. Si la ciencia es el estudio del mundo empírico no puede haber tal cosa como una “ciencia de las personas”, sólo personas que escriban sobre sus vidas. Aunque Laing tenía mucho más corazón que Freud, y esto lo coloca en un nivel superior para entender la tragedia de la persona en crisis, parte de la misma postura objetivista. Sus ensayos y los de Lidz y Arieti son, a lo más, una solidaria aproximación al sujeto perturbado. Es divertido que en El yo dividido Laing cite a Sartre: “No me gusta la palabra psicológico. No existe lo psicológico. Digamos que uno puede mejorar la biografía de la persona”.

Yo iría más allá. El estudio directo de un alma en infierno psicótico sólo puede salir de la pluma de quien, como Modrow, hable en primera persona del singular.

Published in: on febrero 4, 2012 at 12:19 pm  Dejar un comentario  

Páginas 395-398 de Hojas susurrantes


Los patéticos sobrevivientes

Finalmente se me podrá decir que, dado que las profesiones de salud mental están intrínsecamente corruptas, no debí considerar ni siquiera a los antisiquiatras sino únicamente a los grupos de sobrevivientes. El sentido común nos dice que, a diferencia de los profesionales que son parte del sistema, en los grupos de autoayuda encontraremos la ayuda tan buscada.

Pero recordemos lo sucedido con aquellos cineastas cuando dije que las terapias de Alcohólicos Anónimos eran epidérmicas porque omitían el tema de los malos tratos de los padres. Esta omisión es endémica en los grupos de autoayuda incluso en asociaciones menos superficiales que AA y sus incontables remedos de los doce pasos.

Por ejemplo, en los textos que se circulan en un grupo llamado Reevaluación y Coescucha quedé pasmado por la absoluta omisión del rol que juegan los padres en los problemas emocionales de los hijos. Nada está más alejado de la ideología de ese grupo que luchar por los hitos legislativos de aquellos países que han prohibido el castigo corporal a los chicos.

Exactamente lo mismo puede decirse de cualquier otro grupo de autoayuda. Sobra decir que no atacar la causa de raíz es, como le dije al creyente en AA que se enfureció, un remedio epidérmico.

Laing fue un filósofo de mentes perturbadas. Pero la sofisticación filosófica frecuentemente sirve de cortina de humo para ocultar los desaciertos de un pensador. En los círculos de sobrevivientes de la siquiatría es común escuchar que Mad in America de Robert Whitaker, publicado en 2001, es el libro más didáctico contra la siquiatría que se ha escrito en inglés. Whitaker definitivamente se baja de la torre filosófica de Foucault, Szasz y Laing. Pero en su libro Whitaker no dice media palabra sobre si los padres pudieran ser los agentes del trauma. La deficiencia de Mad in America quedó al descubierto cuando un huésped de la casa en que vivía leyó algunos pasajes del libro en mi biblioteca y se topó con una frase de Whitaker favorita entre los mismos siquiatras: “Se sabe poco de lo que causa la esquizofrenia”. Mi amigo repitió este eslogan siquiátrico omitiendo mi nota a pié de página: “Me molesta que, después de citar a Modrow, Whitaker no haya querido ver que la causa de la locura se conoce desde hace décadas”.

Eso por lo que respecta al “mejor libro” crítico de la siquiatría, escrito no por un profesional en salud mental sino por un aclamado periodista.

Una palabra ahora sobre la organización más estructurada de sobrevivientes de la siquiatría: MindFreedom, que ha invitado a Whitaker a sus eventos (no tomo en cuenta el activismo que la Iglesia de Cienciología hace contra la siquiatría porque está envuelto en la charlatanería de esa iglesia). Esta organización publica una revista que lleva el mismo nombre de la organización. En el número de invierno de 2002, que ostenta una fotografía de Breggin en la portada, la revista listó docenas de libros críticos de la profesión siquiátrica. Pero en la reseña sobre el libro de Modrow omitió mencionar su tesis central: los padres ultra-abusivos pueden causar “esquizofrenia” en el hijo. ¿Qué habrá pensado Modrow de esta omisión? Es pertinente señalar que, aunque he consultado muchas veces la página de MindFreedom, jamás me he topado con una frase que afirme que el maltrato parental puede estar involucrado en la crisis del hijo. Esto sorprende si tomamos en cuenta que David Oaks, el director de la organización, tuvo una crisis psicótica cuando estaba en sus veintes; y también sorprende porque un movimiento de lucha civil como MindFreedom no tiene por qué cumplir con la corrección política de los autores más académicos (los contribuyentes de la revista del editor Simon por ejemplo). Cuando confronté a Oaks sobre esta omisión, al igual que Breggin se ocultó detrás de un muro de silencio.

Debo decir que uno de los aspectos de MindFreedom que llamó mi atención es su insistencia de hablar de la locura como algo de lo que deben sentirse orgullosos; similar, digamos, a la identidad sexual preconizada en el movimiento de los homosexuales. De hecho, por la correspondencia que me envía me percaté que a Oaks le interesa mucho que se promulgue la idea del “Mad Pride”, con desfiles y todo, imitando a los del “Gay Pride”.

Idealización grotesca: ¡ya podemos imaginar a mi hermana sintiéndose orgullosa por creer que existe un infame complot en la que sus vecinos entran a su casa a envenenarle la comida y a hacerle la vida imposible! Con honrosas excepciones, los sobrevivientes de la siquiatría, incluyendo los que se manifiestan en la calle, dan la facha de patéticos. En unas reseñas de internet recomendé los libros de Szasz, la revista de Simon que originalmente creó Breggin, Mad in America de Whitaker y la página de MindFreedom. Ahora no estoy tan seguro de la sabiduría de esa recomendación. Ninguno de éstos se ha atrevido a ver el hecho más terrible en la vida: el pánico enloquecedor de un hijo agredido en el hogar. Es una espléndida ironía que, al igual que sus enemigos siquiatras, para muchos antisiquiatras la toxicidad de los padres sea tabú.

En Cómo asesinar intenté cortar una mala hierba al ras de la tierra. Pero la extirpación que aquí hago llega a una raíz no tocada en mi libro anterior. En nuestra cultura está estrictamente prohibido llegar a la raíz del mal el mundo. Breggin ha escrito que tenemos que esperar el momento en que los críticos de la siquiatría sean capaces de galvanizar a la opinión pública. No se percata que para que ese momento llegue debe consolidarse primero la revolución en psicología de Miller. La siquiatría no revictima a los niños apaleados en casa por accidente. Lo hace por necesidad. Es parte cómplice de una herencia social milenaria que recrea el mal en cada generación. La siquiatría forma parte de un ancestral tejido cultural: desde el “sabio” Salomón bíblico que aconseja pegarle al hijo, hasta el “educador” Rousseau que abandonó a sus bebés en un orfanato. Laing mismo maltrató terriblemente a su familia. Lo que gente como Breggin no quieren entender es que es imposible convencer a la sociedad de la falsedad de la siquiatría si sus mismos editores ni siquiera toleran la palabra “trauma” en los manuscritos que les llegan. En la subcultura del talkshow puede vislumbrarse algo de ese trauma con toda la simpleza y vulgaridad que esos espectáculos representan. Pero no existe cátedra alguna en ninguna universidad del mundo que aborde el tema formalmente.

Este es el dato más asombroso con que me he topado en el trabajo de Alice Miller.

Published in: on febrero 4, 2012 at 11:43 am  Dejar un comentario  
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.