Nota aclaratoria: Véase la primera entrada de esta serie, y aún mejor: el tercer libro de mis Hojas susurrantes.
El idiota de Gerardo Tort (I)
Si recordamos lo que dije en la entrada inicial de esta serie—:
(2) que los familiares, parientes, cercanos y lejanos no tienen categorías mentales para sospechar, y mucho menos entender, lo que sucede en estas familias; por lo que
(3) hieren constantemente a la víctima de esos padres a través de su ceguera y/o negación de lo ocurrido
—se entenderá perfectamente qué quiero decir al llamarle idiota a uno de mis primos.
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Como siempre, escribo estas apostillas suponiendo que mis lectores han leído Hojas susurrantes.
Mi primer desencuentro con Gerardo ocurrió, si no me falla la memoria, en enero de 1978.
En el segundo libro de mis Hojas constaté que mi madre, aconsejada por un médico brujo, se consiguió una de esas drogas que se usaban en la antigua Unión Soviética para atormentar a los disidentes políticos, y que me las ponía secretamente en los desayunos sin que yo me diera por enterado.
Las consecuencias fueron desastrosas.
No voy a hablar aquí sobre los infiernos de la acatisia: el efecto de la maldita droga que mi demente madre me ponía aconsejada por un monstruo. A lo que voy es poner un ejemplo sobre cómo, en tanto que “los familiares, parientes, cercanos y lejanos no tienen categorías mentales para entender lo que sucede en estas familias”, cuando hacen o dicen algo sólo hieren a la víctima.
Eso fue exactamente lo que hizo Gerardo Tort cuando lo conocí.
Mis padres habían estado distanciados de la familia de mi tío Fernando Tort (hermano de Javier Tort, de quien muy brevemente dije algo en mi previa entrada) desde que nací hasta mi adolescencia en los años setenta. Pues bien, cuando después del deshielo mis padres invitaron a Fernando, su esposa e hijos a nuestra casa de la Narvarte en la Ciudad de México, yo me encontraba en pleno suplicio de acatisia.
La monstruosidad que mis padres me hacían de chico era, en cierto sentido, peor que la del disidente soviético: en tanto que yo nada sabía de las drogas de mi madre. Pues bien, en ese estado, sudando por la agonía de la acatisia, traté de comunicarle a Gerardo, a quien acababa de conocer, que padecía de una “ansia física” terrible. Cierto que, al igual que yo, Gerardo ignoraba la monstruosidad que me hacía mi madre y su médico-brujo. Sin embargo, esa ignorancia no justifica lo que, en tono de arrogancia, el muy idiota me dijo enfrente de todos. No recuerdo el inicio de su frase, que era un consejo sobre algo que supuestamente yo debía hacer, pero sí la segunda parte de su frase:
“[Si haces tal cosa] se te olvidarían tus calenturas”.
Imagínense ustedes, mis queridos lectores, cómo se habría sentido el disidente ruso en estado de tormento si uno de sus familiares le dijera, digamos, “Si volvieras a tus estudios, se te olvidarían tus calenturas”.
Eso, claro, habría sido una ofensa mortal para nuestro hipotético disidente político mientras era torturado por drogas que inducen acatisia: no sólo por ignorar que estaba siendo atormentado por un régimen totalitario, sino porque el consejo/regaño se ha dirigido así a la víctima, no al perpetrador.
Eso fue lo que me sucedió con Gerardo no sólo ese día que lo conocí, sino el resto de los años, e incluso décadas. Y sucedió incluso cuando le di a Gerardo, en forma de manuscrito, los primeros dos libros de mis Hojas…
Mi iniciativa de llamarles idiotas in psychologicis a criaturas como Gerardo se justifica si, una vez más, tomamos en cuenta el tercer punto de esta serie. Los idiotas en cuestiones psicológicas “hieren constantemente a la víctima de esos padres a través de su ceguera y/o negación de lo ocurrido”.
En la siguiente entrada continuaré esta miniserie sobre Gerardo dentro de esta serie sobre las pendejadas que los neardentales me han dicho a lo largo de la vida.




