El mensaje de Hojas susurrantes es que:
(1) Hay padres que atormentan a uno de sus hijos a niveles que exceden, con mucho, el sufrimiento de, digamos, los reos adultos en un campo de concentración nazi.
Pero eso no es lo que destruye la mente. Lo que destruye la mente es
(2) que los familiares, parientes, cercanos y lejanos no tienen categorías mentales para sospechar, y mucho menos entender, lo que sucede en estas familias; por lo que
(3) hieren constantemente a la víctima de esos padres a través de su ceguera y/o negación de lo ocurrido.
Ahora bien, y esto es lo que justifica esta nueva serie de entradas en Hojas eliminadas, las constantes heridas infligidas por todos los cercanos a la víctima de vapuleo en el hogar es lo que impide el proceso de sanación.
Todo eso me pasó a mí a lo largo no sólo de los años, sino de las décadas; así que sé de qué hablo.
Cierto que nadie compra mi libro, y que casi nadie lee este blog. Pero aún así, en esta soledad absoluta (confiéranse mis previas entradas) puedo acumular más anécdotas en línea a lo que escribí en la segunda parte de La india chingada, el tercer libro de Hojas susurrantes. Allí hablo de cómo nadie quiso escucharme a lo largo de veintidós años de mi vida: desde que mis padres me atormentaban en casa a mis dieciséis y diecisiete años hasta mis treinta y siete, cuando una amiga leyó el primer libro de mis Hojas y se compadeció.
Sobra decir que, sin haber leído mis Hojas susurrantes, estas apostillas, que comenzaré a reunir a partir de mañana, no se entenderían adecuadamente.




