Ya hace varios años, cuando vivía en la casa de huéspedes de Palenque, que escribí la carta de mi sueño de comunicación con papá que aparece al inicio de Hojas susurrantes, el último libro de mi serie que le dio el título a mi quinteto. El sueño de mi querido árbol y sus hojas susurrantes refleja el mundo en el que debí haber vivido.
La dimensión a la que caí fue lo diametralmente opuesto. En mi diario de mayo de 1996, cuando vivía en Houston, me despertó algo que por muchos años he denominado “un sueño despertador”, uno de esos sueños con tal carga emocional que, después de despertarnos, nos impide volver a conciliar el sueño. Pero para descifrarlo debo explicar algunas cosas.
Ese año había vivido con mi hermana Corina y su hijito Germán, entonces muy pequeño, quizá de unos tres años. Como a diferencia de mí Corina no ha sanado, solía desplazar sus demonios internos con su hijito. Cierta vez lo encerró en una recámara. No se me olvidará cómo mi pequeño sobrino se quedó llorando y suplicando para que mi papá lo rescatara:
—¡Abuelito César! ¡Abuelito César!
Naturalmente, el abuelito estaba ausente: sólo Corina, mi sobrino y yo vivíamos allí. El súper cariñoso, aunque ausente abuelito, era una figura de protección y amparo en la mente del pequeño niño ante la histeria de la madre.
Esta es una anécdota de la vida real. Ahora vamos al sueño.
“Boquiabierta de atacado” es el nombre que, en mis soliloquios, escogí para un sueño específico. Mi inconsciente se valió del lazo emocional entre abuelo y nieto para decirme algo que en la vida real mi papá no le hizo a su nieto, sino a su hijo. He aquí el sueño:
Quién sabe qué decía mamá de Germancito en el cuarto de los trebejos de Palenque y quizá le pegaba (no estoy seguro). Lo que sí es claro es que, siguiendo la paranoia medusea, papá le daba una nalgada y Germancito abría la boca en llanto. Yo les decía más que angustiado y exasperado: “¡Pero él no sabía…!” (parece que había una raya o línea que no debía cruzar). La cara de papá denotaba que él estaba mal al hacer eso: como psicótico contagiado por mamá, o mal en el sentido que su mente andaba mal.
“Boquiabierta de atacado” es la antítesis de mi sueño de las hojas susurrantes. En la vida real yo, no mi sobrino, fui atacado por la persona que quería más. Mi angustiosa expresión del sueño “¡Pero él no sabía…!” transmite en lenguaje onírico que “Germancito”, el alter ego de mí mismo de adolescente, era inocente; y que los golpes de la persona que más quería habían causado un shock a la infinita potencia, al grado de dejarlo (dejarme) mudo en ataque en pánico con la boca abierta.
¿Cómo nos sentiríamos si, después de aullar “¡Abuelito César! ¡Abuelito César!” pidiéndole ayuda al abuelo bonachón, hubiera sido precisamente esa figura auxiliadora, después de que nos traicionara la madre, quien nos re-victimara y, ahora sí, no hubiera figura protectora alguna en nuestro universo interior?
El trauma simbolizado en “Boquiabierta de atacado” pertenece a una esfera del todo aparte a lo que se ve en las películas. Por ejemplo, en El bola de Achero Mañas que en 2000 ganó un premio Goya, el niño apaleado contó con un testigo auxiliador ante el padre agresor: una diferencia abismal respecto al paradigma de “Boquiabierta de atacado”, como no me cansé de explicar en mis Hojas.
En Cómo asesinar el alma de tu hijo cité a Silvano Arieti: por más atroces que sean las tragedias en el hogar, no dañan necesariamente al yo interno si los sufre la colectividad. Arieti enfatiza que un hijo en particular sólo enloquece cuando es maltratado por ambos padres. En el sueño, mi sobrinito de tres años no sólo no tenía a nadie que lo consolara de la traición de quien había sido su ser más querido sino que, además, no había otros niños en estado de shock. En Cómo asesinar también mencioné dos secuestros de los que en la vida real he sido objeto, y no exageré al afirmar que el arponazo que me encajó mi querido papá fue infinitamente mayor que, comparativamente hablando, esos superficiales rasguños. Visualícese en la mente, en la medida de lo posible, la imagen del niño pequeño que vi en “Boquiabierta de atacado”. El corazón de un chico es atravesado cuando el ser a quien más quiere el hijo, o nietecito en mi desplazado mundo onírico, es precisamente quien lo apuñala, y uno jamás cuenta con testigo auxiliador que sea capaz de ver semejante crimen a la ene potencia.
Ninguna de las tragedias colectivas que sucedieron en 1976, el año en que mi papá asesinó mi alma —un terremoto en China o la llamada guerra sucia en Argentina— refleja el saber del inconsciente, tan bien retratado en el sueño. En casos como el mío, además de que el hijo no cuenta con testigo auxiliador en tiempos del maltrato, años e incluso décadas después es casi imposible encontrar a un testigo conocedor para desahogar la propia historia. De ahí que nuestra boca quede, como en el sueño, abierta: símbolo de vivir en un estado de shock perpetuo en la vida real. Cuando, ya adulto, quise romper el tabú en público sólo recibí, de todas partes, una catarata de improperios, como denuncio en La india chingada. Esto se debe a lo que, también en mis soliloquios, llamo un tabú biológico de la psique humana, como se desprende de la clase de Colin Ross recogida en El retorno de Quetzalcóatl.
Al escribir los primeros borradores de mis Hojas aún me suscribía a la religión secular que se ha puesto de moda: el culto al Holocausto judío. Aunque he superado esa etapa, creo que fue bastante válido el ejemplo que puse en Cómo asesinar cuando abordé el caso de David Helfgott y su papá, a diferencia del otro niño judío en Auschwitz que no enloqueció. Pues bien: cuando leí la traducción del libro sobre David, titulado Shine por Ediciones B, me impresionó que habían sido precisamente tres meses —justo como en mi caso— el séptimo círculo de David el año 1976. En la página 33 la esposa de David escribió sobre “la época más dura y difícil de su vida” refiriéndose a “1976, durante un período de tres meses”.
No me atrevería a decir que eso fue una coincidencia. ¿Cuántos padres como el mío estarán produciendo “boquiabiertas de atacados” al momento de escribir este prólogo? Aunque a Hollywood sólo se colara el caso Helfgott, cada año millones de almas infantiles y adolescentes son tan asesinadas como la de David y la mía. Ese calvario mío y de David durante los tres meses de 1976 siguen siendo el pan de cada día para incontables de almas.
Si bien el hecho de que yo no enloqueciera me coloca en una situación privilegiada, al ver a mi árbol y a mi vida actual tan talada mi mente se transfigura. En uno de mis diarios cuando vivía en la casa de huéspedes escribí: “Hoy me levanté de la cama con soliloquio de matar a un millón de seres humanos cada día, comenzando por el DF”.
Muchas mañanas me despierto con gran deseo de exterminar a la humanidad, hoy con tubo de ensayo con letal virus estrellándolo en el aeropuerto internacional de NY. Me decía semidormido y semisoñando que sólo así —exterminio— evitaría que otro papá lastime así a su hijo. Es la única manera de impedir séptimos círculos en la Tierra.
Y he aquí otro pasaje:
Estoy por escribir el sueño en que a mamá se le metió el diablo. Pero quiero decir que, ya despierto, continué fantaseando con las líneas que lo originaron: Gandalf era yo y, ya despierto, quería darle crán al mundo.
El caso es que me imaginé qué bello sería que en un radio de cien kilómetros a la redonda toda la gente muriera. Se acabaría la grotesca, humillante e infernal búsqueda de trabajo, y volvería a Palenque.
Y ahora escribiré el sueño que me despertó…
No viene al caso contarlo: oníricas imágenes de cómo se le “metió el diablo” a mi madre por ejemplo. Es suficiente recoger mis conclusiones:
El bien común no necesariamente es el bien del individuo, ni la felicidad de miles borra la agonía de uno solo. Un mundo quebrantado después de un cataclismo nuclear durante mi adolescencia habría sido una calamidad, e incluso podría haberme causado la muerte: pero en cualquier caso habría sido mi salvador, y mi árbol probablemente no habría sido talado. Antes de que ambos de mis padres comenzaran a cortar las ramas de mi vida como paso previo a, con la ayuda de un torturador profesional, meterse con el tronco, la atomización de algunas ciudades americanas con zonas radioactivas llegando al norte de México me habría librado no sólo del infernal 76, sino de los venenos que me ponía mi madre al año siguiente del apuñalamiento de mi padre. Y el caos subsecuente a nivel global me habría salvado de la etapa posterior al abandono de mi hogar en 1978, así como de la crucifixión mental de 1985-1988 en California con imaginerías como la de la tortura del diente.
Pero debo a mis lectores una aclaración importante. En Hojas susurrantes pude haber dado la equivocada impresión de que el árbol de Palenque ha simbolizado el mundo que no logré, en tanto que mi padre falló en comportarse como lo hizo cuando oí y vi a mis hojas susurrando. Si bien ese fue el mensaje del sueño, debo aclarar que antes de la tragedia mi árbol no significó eso en lo absoluto. De niño y a lo largo de mi temprana adolescencia significó mi crecimiento y la perspectiva de cumplirme en la vida de manera tan lozana, suave y a veces sobrecogedora como cuando lo veía desde mi ventana…





Creo que escribí los borradores de esta entrada en 2007.