Cierto que no es posible transmitir el dolor que uno se autotransmite tan bien en los diarios íntimos, como dije en mi reciente entrada (véase aquí). Lo que puedo hacer es explicar mis análisis a años de distancia. Las anécdotas de marzo del 2000 que recogí en la entrada enlazada trataron de transmitir a quien las escribía, es decir a mí mismo, algo elemental:
He aquí los días en que recibí el golpe más brutal de mi vida adulta: la tala de mi más que querido árbol, el símbolo de mi sana y creciente vida infantil y adolescente antes de que mis padres la destruyeran.
Esos días, sufriendo un auténtico duelo por la pérdida, rompí el hielo con mi irredenta familia y voy a su casa a hablar precisamente con quien me había roto el corazón de chico (rotura que a mi muy tardía edad de cuarenta y un años aún no sanaba, y que me impidió no sólo hacer carrera: sino tener un trabajo estable o siquiera tener pareja alguna). En la citada entrada recogí unos pasajes de mi diario:
En la gran sesión de comunicación con él, papá dijo dos veces: “…cosas que no debí haber hecho” refiriéndose a 1976 “…de las que los hijos nos van a tener que perdonar”.
Y yo lloraba mientras decía eso. Pero el 29 de este mismo mes cambió súbitamente:
“No puedes dormir acá”, dijo padre hoy en la madrugada.
He ahí la cuestión.
En el momento más vulnerable de mi vida adulta, después del asesinato de mi árbol en mi querida casa de Palenque perpetrado por los nuevos residentes, me armo de valor para hablar con mi padre sobre cómo mi vida había sido talada por él.
Durante la confesión de que sus golpes clavaron una estaca que aún no salía de mi corazón, hubo un instante de empatía al grado de que me confesó que algo similar había sucedido en su vida infantil con su propio padre.
Tal pareciera que el impasse de décadas de comunicación iba a romperse, que por fin papá iba a sentarse en mi “habitación” a escuchar a su hijo primogénito—¡como en mi querido sueño que le dio el título a mis Hojas susurrantes! Pero unos días después… sin la menor explicación ¡yo ya no era bienvenido a su casa!
¿Qué sucedió? Todo tiene que ver con el mensaje central de mis Hojas, explicado en el último libro de mi serie:
Nuestro papá pudo haber escogido el bien. Muy independientemente de sus traumas, una lucecita de conciencia pudo haberlo movido a eludir atacar a su Principito una vez que, después del maltrato que le infligieron de pequeño, obtuvo poder sobre nosotros. Podría haberse armado de valor, poner en su lugar a su enloquecida mujer y entrar a hablar a mi recámara, como en mi sueño. Pudo haber escogido romper el eslabón en la cadena de maltratos en la familia.
Pero no lo hizo.
¿Pero por qué no lo hizo? Si hay algo que justifica estas hojas caídas, que como dije son una suerte de comentario talmúdico a mis Hojas susurrantes, es que poseo material biográfico de sobra para entender la mente de mi padre. La mía es una tarea que, a pesar de la puerta que abrió Alice Miller, nadie ha querido entrar: entrar hasta el fondo de las recónditas cámaras del propio dolor. En el mundo entero, nadie que yo sepa ha analizado a su abusivo padre (o a su madre) de manera tan persistente y profunda como, a lo largo de los años, lo he hecho en mis diarios.
La respuesta a la pregunta “Por qué no lo hizo?” es para no ver su propio dolor.
A fin de no pasarle el micrófono al niño herido que lleva dentro—el maltrato que le infligió su propio padre (recreado luego contra su primogénito)—mi padre se subió a un potro de soberbia cognitiva del que nunca se ha bajado. Cuando uno llega a horadar sus defensas, como lo hice momentáneamente en aquellas madrugadas registradas en mi diario, su primera reacción fue un atisbo de empatía—especialmente al ver cómo su hijo, ya tan mayor, trataba de comunicar por vez primera en su vida la tragedia de su vida con todo y lágrimas…
Pero al pasar unos días la “puerta milleriana” que se acaba de abrir hace que se sienta mal no sólo por lo que le hizo a su hijo, sino porque eso tiene implicaciones absolutamente directas sobre cómo él, a su vez, había sido tratado de niño. Y eso es algo que mi padre no se iba a permitir…
La consigna inconsciente de mi padre parece ser: Ante todo, disocia tu pasado, disocia todo átomo de tu dolor. Y si alguien te lo recuerda disocia de tu mente a ese sujeto también (“Y yo lloraba mientras decía eso. Pero el 29 de este mismo mes cambió súbitamente: ‘No puedes dormir acá’, dijo padre hoy en la madrugada”). En otras palabras, cierra de nuevo la puerta que, en tu mente, se acaba de abrir.
Recuérdense las palabras de uno de mis hermanos, sus comentarios a solas conmigo en los años 2000 a 2002 (recogidos en negrillas aquí): “A papá también lo violó mi abuelo: no en sentido sexual, en otro sentido”, y también “esa es la tragedia de mi papá”. Y finalmente “Lo más fácil es odiar a tus víctimas” refiriéndose al parecer al encono que nuestro padre había cobrado contra mí y una prima, ambos víctimas de él.
Dicho de otro modo: Si esa lucecita que en el alma de mi padre se atisbó ese día del 2000 hubiera crecido a través de un examen de conciencia, no habría tenido más remedio que retirarse de la vida mundana por un tiempo a fin de cuestionar toda su estructura psíquica, así como su visión del mundo y sus valores morales (algo análogo a lo que sucedió con Solyenitsin cuando lo encerraron en el Gulag). Pero mi padre no iba a cruzar por esa noche oscura del alma para salir transfigurado una vez procesada su vida y sus actos. Y si no podía cruzar por la triada del arrepentimiento, expiación del pecado e indemnización de sus víctimas, la lucecita de conciencia que súbitamente apareció cuando yo le lloraba (dijo “…cosas que no debí haber hecho” refiriéndose a 1976, “de las que los hijos nos van a tener que perdonar”) tenía que ser apagada a toda costa.
Y eso no sólo significaba hacerle el feo, ese mismo mes, a su hijo quien en buena fe había hecho—agarrándose desesperadamente de la memoria de su querido árbol y de sus ahora asesinadas hojas susurrantes—un esfuerzo hercúleo para comunicarse con su padre por primera vez en la vida. No. El padre tenía que repudiar incluso su propia confesión, y, sobre todo, el contenido emocional de lo que ese mismo mes había confesado:
Papá dio a entender que también se traumó con su padre: “Me sorprende lo que dices [sus bofetadas que partieron mi alma en dos en 1976] pues yo…” y echó rollo de que, de niño, mi abuelo le pegaba los sábados por no estudiar.
Soberbia, porque en años subsecuentes a su confesión del 2000 mi padre… ¡negaría que mi abuelo le había pegado de niño! Afortunadamente, su hermana, mi tía Mercedes (quien a propósito murió el mes pasado y la velamos en Gayosso Félix Cuevas), había corroborado su versión original: mi abuelo le había pegado de niño.
Fue sólo a partir de estos sucesos que la mente de mi padre se convirtió en un libro abierto.
Ahora me resulta claro que, si se mentía a sí mismo y a los demás, era sólo para no sentir el dolor de su niñez. Pero la magia de la represión es una magia engañosa. “Quien no critica al padre se convierte en el padre”, y al no desahogar su rabia y sus heridas contra el perpetrador, el fantasma de mi difunto abuelo, al igual que millones de otros abusivos padres el mío halló un conveniente chivo emisario donde descargar ese dolor no procesado. ¡Descarga tu rabia inconsciente en quien más te quiere, descárgala en tu hijo César quien nada malo te ha hecho!





Hoy que releí la traducción de la primera parte de mi Quetzalcóatl, no pude sino ver a mi padre en esta frase: