“En ese instante mi mente voló a…”

Pasaje que no aparecerá en uno de los libros que quiero publicar:

En la escuela también fui reconocido. Cuando tuve la iniciativa de hablar sobre Hegel en plena clase, algo muy raro entre los estudiantes, mi compañero Javier Souto se me acercó al finalizar la clase porque había descubierto que me gustaba pensar. Javier fue un buen amigo ese año en la preparatoria, quizá mi único amigo.

Hay algo que quiero decir de las clases de pintura en el primero de preparatoria. Como dije en mi segundo libro, desde los cuatro años comencé a pintar y logré pintar cuadros de temas modernos, como algunas copias de Modigliani que dibujaba con acuarelas sobre cartón. Además llegué a pintar cosas de mi pura inventiva. La pintura fue algo en lo que me eduqué desde mi más temprana edad y la había abandonado en mi pubertad. Uno podría esperar que me gustara la materia de pintura pero mi mente estaba en otra parte. Tomar clases era algo completamente ajeno a lo que, en un momento dado, a mí me hubiera gustado. Menciono esto porque el forzar a un niño o muchacho a hacer tal o cual cosa da como resultado una tarea desganada: algo diametralmente opuesto a la chispa del creador que fui de niño.

Cuando en una clase el maestro nos pidió pintar un paisaje yo hice lo que, suponía, quería el maestro: un campo típico con casita y sol al fondo. Cuando el maestro me dijo que “era infantil” me sentí desconcertado: en ese instante mi mente voló a las sofisticadas copias que, diez años antes, había hecho sobre Modigliani, van Gogh y muchos otros cuadros. Además, y a pesar de que el llamado a pintar había quedado atrás, aun me llegaban ideas muy originales.

Una de las memorias que no puedo olvidar es cuando estaba en la cocina de Palenque y contemplaba a mi árbol y sus alrededores de noche con la extraña y muy sugestiva luz que llegaba de la casa contigua. ¿De qué color era, magenta? La experiencia nocturna era tan inusual, tan cargada de arrobo y contemplación espiritual, que tenía que plasmarla al lienzo.

La moraleja de la historia es recordar lo que dijo Kenneth Clark: que la escuela ahoga la espontaneidad de una mente joven al grado de estupidizar (“es infantil”) a una mente mucho más madura, pictóricamente hablando, que el resto de los compañeros. Ahora me viene a la memoria un seis que nos puso el maestro a mí y a Antonella, la calificación de aprobación más baja comparado con el resto de los compañeros, porque hice una tarea programada de círculos concéntricos con los colores.

Con las ciencias me iba peor. Como no podía abandonar mi naturaleza de creador, casi a diario le hablaba por teléfono a un compañero del salón llamado Fernando para que me ayudara con las tareas. Pero ni aún así logré pasar matemáticas. Reprobé esa materia todo el año del primero de preparatoria.

Publicado en  on Mayo 13, 2009 at 5:28 pm Dejar un comentario

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